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5 de Junio, 2006

Sobre ladrillos y orgasmos

Por Tankian - 5 de Junio, 2006, 23:45, Categoría: General

El otro día terminé un libro muy interesante llamado “El buda de los suburbios”, escrito por el autor de “Mi hermosa lavandería”, libro que no he leído pero buena película. El caso es que me lo acabé y me pregunté <<¿Qué coño leo ahora?>> y me puse a navegar por Internet, copié una lista de libros recomendados por Pérez Reverte, casi 200 obras, la leí y puse en negrita las que ya he leído, menos de veinte, pero es que la lista me parece demasiado académica para ser del todo real.

Con la lista abierta en el Word abría la base de datos de las bibliotecas de Madrid, que hace tiempo era accesible solamente desde las propias bibliotecas y ahora lo es por internet, así me ahorro viajes a por un libro que no está disponible, voy sobre seguro.

Elegí “Los tres mosqueteros”, que he leído a saltos y no en su totalidad, pero la edición que quería, en dos tomos, tenía solo disponible el tomo I, no el II, que estaba prestado. Para leer el primer tomo y después tener que esperar al segundo…pues lo aplacé. Probé entonces por un libro de Burguess que ahora mismo no recuerdo, en la biblioteca tenían siete libros suyos pero no ese, así que decidí compensarlo cogiendo “La naranja mecánica”.

Como había oído que no es un libro largo decidí coger otro libro. Para ser original guardé la lista de Reverte y puse libro favorito en el Google, escogí un foro en el que la gente decía qué libros recomendaban y elegí el que más se nombraba, casi siempre en primer lugar: “Sobre héroes y tumbas” de Ernesto Sábato, del que no había leído nada, pese a que queda muy bien decir que Sábato es lo más, y seguramente lo será, lo que está claro es que no es para mí.

He leído 31 páginas y me ha parecido un coñazo, una pérdida de tiempo y un artificio relamido. Todo eso en 31 páginas, desde la primera a la última…por si se trataba de un comienzo pequeñín y me iba a perder una maravilla he ojeado páginas por el medio, por el final…y nada, es todo así, tan pesado en la página 1 como en la 111, lo cual tiene mérito, no se si mayor el de Sábato por escribirlo así o el de os que lo han leído entero y, más aún, hablan bien de la experiencia.

Con cosas como esta me convenzo de que no estoy hecho para obras tan excelsas, de que realmente hay razas mentales y no pertenezco a la élite, pero mi bajeza me permite decir que me duele aún más que se talen árboles cuando veo para qué se usa el papel en algunas ocasiones. Y lo digo mientras leo los orgasmos de los lectores de <<Sobre héroes y tumbas>>, y no me siento sucio, simplemente engañado.

Que ustedes disfruten de su orgía, yo me conformaré con un pajote a la salud de mi próximo libro, sea cual sea.

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Hamlet Fernández

Por Tankian - 5 de Junio, 2006, 23:36, Categoría: General

Nunca había estado en el Teatro Español, el teatro más antiguo de Madrid (creo) y que conserva la misma orientación del corral que le precedió. Me gustó, despide ese  olorcillo a artesano, a pisadas lejanas que siguen taconeando si uno se queda callado y se pone al asunto. Eso sí, como en la época en que se construyó el teatro dejaba más libres a los espectadores no solían estar mucho tiempo sentados, y ahora sí, en este caso dos horas y media de las que más de la mitad me dediqué a retorcerme como una lagartija, buscando la bendita postura que me aliviará el insoportable dolor  justo en la última vértebra, en los confines de lo que viene llamándose culo.

Antes de entrar al teatro me pasé por la puerta de artistas con mi churri a ver si nos tropezábamos con Eduard Fernández, el Hamlet de la función. Nada más llegar pasó Aitor Mazo, fantasma del padre de Hamlet, actorazo de presencia, currante de tele y cine; nos hicimos una foto con Aitor y estuvimos un ratillo charlando con él, es un tío majísimo, muy cercano, nada que ver con la diva de pastel que es Marisa Paredes, que pasó ya con su mohín sufridor y no posó sus divinos ojos en nuestros plebeyos cuerpos, realmente no me importaba ni me importa la Paredes, siempre tan rancia, artificial y afectada. Marisa Paredes es Gertrudis, madre de Hamlet, y se  dedica a gimotear y a levantar la cabeza hacia los focos, por si las fotos.

El caso es que estábamos charlando con Aitor Mazo y llegó Francesc Orellá, un monstruo de las tablas y ocasionalmente del celuloide (cojonudo en “Smoking Room” aguantando las paranoias de Francesc Garrido), nos hicimos una foto con él y fue igualmente simpático y antidivo.

Ya por entonces había pasado correteando Eduard Fernández, dando vueltas con los auriculares en las orejas y el discman en la mano, superconcentrado, y ver cómo se prepara un monstruo de estos para un papel es una experiencia, como ver a Miguel Ángel colocando los pinceles o a Jim Morrison haciendo gárgaras camino del escenario.

Pregunté a los actores si estando tan concentrado Eduard querría hacerse una foto con nosotros, me contestaron que dependía del momento, que con el papel que tenía era comprensible que estuviera así, aislado. De todos modos me dijeron que le entrara, y total, más se perdió en la guerra.

Cuando Eduard Fernández se iba a meter en el teatro tragué saliva y musité <<Eduard, ¿te importaría hacerte una foto con nosotros>> y, oh Allelhuja, dijo que <<claro>> con la misma voz con la que gritaba a Leonor Waitling con su rabia cornuda en “Son de mar”, con la que incitaba al doctor Fausto en “Fausto 5.0” o conversaba con su hermana muerta en “Obaba”. Y joder, pues me giré buscando las cámaras, los micros y todo eso, porque era estar en una película, pero no.

Me hice una foto con él, y él mismo se ofreció para hacerse otra con mi novia, que era la que nos había sacado la anterior. Le solté la frasecita tonta del seguidor <<Oye, que para mí eres el mejor>>, sonrió y dijo <<que no se te pase>> y desapareció del escenario.

En fin, que me hizo mucha ilusión ver a estos pedazo de actores cara a cara antes de disfrutar de su arte, debería incluirse algo así con la entrada para ser un espectador con más perspectiva, porque la magia de ver cómo se transforman después es aún mayor.

Nos reunimos con La China, ilustre comentarista de este blog y del anterior y compi de edificio en el trabajo, y su maromo, Alejandro. Podría contar de qué hablamos, qué tal lo pasamos, que tal feeling hubo en nuestra “primera cita” y todo eso, pero no, para marujear os vais al portal. (cuota para maruj@s, a la salida estaba mi lado Fernando Tejero, fíjate tú)

Nos tomamos un café en la bonita Plaza de Santa Ana, en la puerta del teatro, y entramos dos minutos antes de las 18, hora de la función.

El escenario consiste en una fachada con unas escaleras hacia el interior, una puerta y un balcón, eso ocupa como ¼ parte del escenario, el resto es una cortina negra de fondo y unos escalones que ocupan lo que suelen ser las seis primeras filas del patio de butacas. Y siempre es así, no hay cambios alucinantes en plan “El fantasma de la Ópera”,  que va, aquí el dinero que se suele gastar en tontadas se ha gastado en actorazos, y salimos ganando con el cambio.

La función, como comentaba antes, dura dos horas y media, y sin descanso, pero no se hace lento, sobre todo si no sufres de dolor de culo. Las transiciones entre escenas prácticamente no existen, cuando un personaje desparece por un lado ya están entrando los de la siguiente escena. Eso se llama sentido del ritmo y muchos directores y montadores deberían ver esta obra para ver si aprenden el concepto.

Se ha eliminado mucho barroquismo en el lenguaje del texto original, algo que particularmente agradezco porque si no me gusta especialmente Shakespeare es precisamente por ese engolamiento y esas florituras que tan poco me importan, pero bueno, él escribía como se escribía en su época pero sobre cosas que nadie escribía, y ahí reside su grandeza.

Shakespeare funciona en cualquier época, con cualquier contexto, y es porque habla de odio, locura, envidia, ansia de poder, amor…y eso pasa en todos sitios. Es algo que no suele pasar con otros autores del siglo XVI.

Llama la atención el buen funcionamiento de la práctica totalidad del reparto, pero brillan sobre los demás Jesús Castejón como Polonio, con una comicidad contagiosa y una dicción natural y perfectamente audible, y Eduard Fernández como Hamlet.

El Hamlet de Fernández no es el figurín posador de Olivier o el cargante gritón de Brannagh, este Hamlet es mordaz, peligrosamente atontado, aparentemente débil y afeminado (él dice <<qué dirán de mí…marica?>>)…un ser complejo que pasa en la obra del encogido y sufriente huérfano al vengador ardiente sin más camino que el salvar la honra de su difunto padre. Inmenso Fernández, si señor, loco, cómico, dolido, …todo en el tiempo que dura la representación, entregado siempre al personaje, física y emocionalmente.

Francesc Orellá es el cómico que recita hasta palidecer entre lágrimas y, al segundo, sonreír burlón, tiñiendo de verdad cada palabra. A ver si encuentro tiempo para ver “La tempestad”, en la que Orellá es Próspero, protagonista absoluto.

Aitor Mazo es una presencia  realmente inquietante como espectro y un convincente asesinado  ficticio como actor de la compañía.

Muy entregada Rebeca Valls en su Ofelia, sobre todo ya desquiciada por el dolor, y además canturrea muy bien, logra que sientas compasión por su locura, tan frágil y maltratada.

Del resto no destaca nadie, están todos bien, más que correctos, si bien me chirria un poco que Helio Pedregal declame como si estuviera anunciando algo e Ivan Hermes me recuerde tanto a la forma de actuar que imperaba en series como “Al salir de clase” o “Upa Dance”, pero supongo que con el tiempo ganará presencia con la voz, porque físicamente es un actor potente y muy expresivo.

Realmente perdí trozos de texto porque no estoy acostumbrado a ver clásicos, tanto que esta ha sido mi primera vez, y apenas me ha dolido, me ha dejado con ganas de mambo.

La recomiendo muy mucho, aunque sea para poder contarle a los nietos que uno vio el Hamlet de Eduard Fernández, que eso viste mucho.

  

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