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Hamlet Fernández

Por Tankian - 5 de Junio, 2006, 23:36, Categoría: General

Nunca había estado en el Teatro Español, el teatro más antiguo de Madrid (creo) y que conserva la misma orientación del corral que le precedió. Me gustó, despide ese  olorcillo a artesano, a pisadas lejanas que siguen taconeando si uno se queda callado y se pone al asunto. Eso sí, como en la época en que se construyó el teatro dejaba más libres a los espectadores no solían estar mucho tiempo sentados, y ahora sí, en este caso dos horas y media de las que más de la mitad me dediqué a retorcerme como una lagartija, buscando la bendita postura que me aliviará el insoportable dolor  justo en la última vértebra, en los confines de lo que viene llamándose culo.

Antes de entrar al teatro me pasé por la puerta de artistas con mi churri a ver si nos tropezábamos con Eduard Fernández, el Hamlet de la función. Nada más llegar pasó Aitor Mazo, fantasma del padre de Hamlet, actorazo de presencia, currante de tele y cine; nos hicimos una foto con Aitor y estuvimos un ratillo charlando con él, es un tío majísimo, muy cercano, nada que ver con la diva de pastel que es Marisa Paredes, que pasó ya con su mohín sufridor y no posó sus divinos ojos en nuestros plebeyos cuerpos, realmente no me importaba ni me importa la Paredes, siempre tan rancia, artificial y afectada. Marisa Paredes es Gertrudis, madre de Hamlet, y se  dedica a gimotear y a levantar la cabeza hacia los focos, por si las fotos.

El caso es que estábamos charlando con Aitor Mazo y llegó Francesc Orellá, un monstruo de las tablas y ocasionalmente del celuloide (cojonudo en “Smoking Room” aguantando las paranoias de Francesc Garrido), nos hicimos una foto con él y fue igualmente simpático y antidivo.

Ya por entonces había pasado correteando Eduard Fernández, dando vueltas con los auriculares en las orejas y el discman en la mano, superconcentrado, y ver cómo se prepara un monstruo de estos para un papel es una experiencia, como ver a Miguel Ángel colocando los pinceles o a Jim Morrison haciendo gárgaras camino del escenario.

Pregunté a los actores si estando tan concentrado Eduard querría hacerse una foto con nosotros, me contestaron que dependía del momento, que con el papel que tenía era comprensible que estuviera así, aislado. De todos modos me dijeron que le entrara, y total, más se perdió en la guerra.

Cuando Eduard Fernández se iba a meter en el teatro tragué saliva y musité <<Eduard, ¿te importaría hacerte una foto con nosotros>> y, oh Allelhuja, dijo que <<claro>> con la misma voz con la que gritaba a Leonor Waitling con su rabia cornuda en “Son de mar”, con la que incitaba al doctor Fausto en “Fausto 5.0” o conversaba con su hermana muerta en “Obaba”. Y joder, pues me giré buscando las cámaras, los micros y todo eso, porque era estar en una película, pero no.

Me hice una foto con él, y él mismo se ofreció para hacerse otra con mi novia, que era la que nos había sacado la anterior. Le solté la frasecita tonta del seguidor <<Oye, que para mí eres el mejor>>, sonrió y dijo <<que no se te pase>> y desapareció del escenario.

En fin, que me hizo mucha ilusión ver a estos pedazo de actores cara a cara antes de disfrutar de su arte, debería incluirse algo así con la entrada para ser un espectador con más perspectiva, porque la magia de ver cómo se transforman después es aún mayor.

Nos reunimos con La China, ilustre comentarista de este blog y del anterior y compi de edificio en el trabajo, y su maromo, Alejandro. Podría contar de qué hablamos, qué tal lo pasamos, que tal feeling hubo en nuestra “primera cita” y todo eso, pero no, para marujear os vais al portal. (cuota para maruj@s, a la salida estaba mi lado Fernando Tejero, fíjate tú)

Nos tomamos un café en la bonita Plaza de Santa Ana, en la puerta del teatro, y entramos dos minutos antes de las 18, hora de la función.

El escenario consiste en una fachada con unas escaleras hacia el interior, una puerta y un balcón, eso ocupa como ¼ parte del escenario, el resto es una cortina negra de fondo y unos escalones que ocupan lo que suelen ser las seis primeras filas del patio de butacas. Y siempre es así, no hay cambios alucinantes en plan “El fantasma de la Ópera”,  que va, aquí el dinero que se suele gastar en tontadas se ha gastado en actorazos, y salimos ganando con el cambio.

La función, como comentaba antes, dura dos horas y media, y sin descanso, pero no se hace lento, sobre todo si no sufres de dolor de culo. Las transiciones entre escenas prácticamente no existen, cuando un personaje desparece por un lado ya están entrando los de la siguiente escena. Eso se llama sentido del ritmo y muchos directores y montadores deberían ver esta obra para ver si aprenden el concepto.

Se ha eliminado mucho barroquismo en el lenguaje del texto original, algo que particularmente agradezco porque si no me gusta especialmente Shakespeare es precisamente por ese engolamiento y esas florituras que tan poco me importan, pero bueno, él escribía como se escribía en su época pero sobre cosas que nadie escribía, y ahí reside su grandeza.

Shakespeare funciona en cualquier época, con cualquier contexto, y es porque habla de odio, locura, envidia, ansia de poder, amor…y eso pasa en todos sitios. Es algo que no suele pasar con otros autores del siglo XVI.

Llama la atención el buen funcionamiento de la práctica totalidad del reparto, pero brillan sobre los demás Jesús Castejón como Polonio, con una comicidad contagiosa y una dicción natural y perfectamente audible, y Eduard Fernández como Hamlet.

El Hamlet de Fernández no es el figurín posador de Olivier o el cargante gritón de Brannagh, este Hamlet es mordaz, peligrosamente atontado, aparentemente débil y afeminado (él dice <<qué dirán de mí…marica?>>)…un ser complejo que pasa en la obra del encogido y sufriente huérfano al vengador ardiente sin más camino que el salvar la honra de su difunto padre. Inmenso Fernández, si señor, loco, cómico, dolido, …todo en el tiempo que dura la representación, entregado siempre al personaje, física y emocionalmente.

Francesc Orellá es el cómico que recita hasta palidecer entre lágrimas y, al segundo, sonreír burlón, tiñiendo de verdad cada palabra. A ver si encuentro tiempo para ver “La tempestad”, en la que Orellá es Próspero, protagonista absoluto.

Aitor Mazo es una presencia  realmente inquietante como espectro y un convincente asesinado  ficticio como actor de la compañía.

Muy entregada Rebeca Valls en su Ofelia, sobre todo ya desquiciada por el dolor, y además canturrea muy bien, logra que sientas compasión por su locura, tan frágil y maltratada.

Del resto no destaca nadie, están todos bien, más que correctos, si bien me chirria un poco que Helio Pedregal declame como si estuviera anunciando algo e Ivan Hermes me recuerde tanto a la forma de actuar que imperaba en series como “Al salir de clase” o “Upa Dance”, pero supongo que con el tiempo ganará presencia con la voz, porque físicamente es un actor potente y muy expresivo.

Realmente perdí trozos de texto porque no estoy acostumbrado a ver clásicos, tanto que esta ha sido mi primera vez, y apenas me ha dolido, me ha dejado con ganas de mambo.

La recomiendo muy mucho, aunque sea para poder contarle a los nietos que uno vio el Hamlet de Eduard Fernández, que eso viste mucho.

  

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