Y reúnes a unos cuantos muchachotes fuertes y perdidos, les pones un uniforme y te vas a jugar por ahí al viejo uno menos veinte, con suerte puedes rondar a unas ptisas morenas y hacerles un poco de uno dos uno dos para liberar la tensión.
Sí, no hay nada como liderar un grupo con tus buenos drugos para enseñar a esos burros quienes son los malchicos que realmente dicen lo que puede pasar y lo que no, y eso es lo bueno porque te sientes bien contigo mismo porque el manejar el cotarro es buena cosa.
Y no hay problemas de prisión, palizas y calabozos, porque tú y tus drugos sois el ejército, y con esa palabrota tienes un pase vip y puedes hacer el ganso y matar y sembrar el caos panchamente. Para qué estar en una pandilla de malchicos harapientos si puedes tener tu uniforme y ser el orden, un militso puto más en este sucio y podrido mundo de militsos ultraviolentos.
Si tus papis bebían, o te pegaban, o te toqueteaban y chupaban, a tí o a tu hermanita, o fumaban en papel de aluminio, o todo a la vez y tu has crecido retorcido y raro y desconfiabas siempre de los chicos de tu edad, y de las chicas ni hablamos, porque tú y yo, querido amigo y hermano, sabemos que si las chicas no vienen hay que buscarlas, a la fuerza.
Si tu eras ultraviolento y no tenías sitio ahora podrás lucir una sonrisa muy blanca porque estás con los tuyos, podrás pisotear el desierto y disfrutar de golosas sesiones de ultraviolencia hasta caer agotado y disfrutar del merecido descanso del guerrero. Y quién sabe, puedes levantarte algún día y mientras desayunas moloco y bollos pringosos y néctares te dirán que has ganado una buena medalla de honor por tu dedicación y ardor ultraviolento.
Sí, druguito, tus metisaca a las niñas moras y tus tolchocos y rajones a sus papis no serán en balde con el ejército, serás un héroe para los libros históricos y los futuros malchicos videaran en tu trayectoria el diáfano y hermoso camino de la ultraviolencia, esa ultraviolencia que siempre nos mata de risa.