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La Suite de los Suicidas

Por Tankian - 20 de Julio, 2006, 0:06, Categoría: Paranoids

Comprendo la hilaridad de la mayoría de la gente cuando surge en una conversación algún fantasma, alguna vivencia sobrenatural, algo que no se pueda explicar. Es lógico y humano reaccionar así ante lo desconocido, al menos es la manera más sencilla de afrontarlo; como decía un viejo amigo <<mientras te ríes no piensas>>.

La circunferencia del planeta, la gravedad, el sistema solar, la influencia de la luna en las mareas, los pulpos gigantes, las maquinas voladoras, la energía eléctrica,…tantas y tantas cosas fueron acogidas con carcajadas, ridiculizadas como meros sueños ignorantes, y ahora vivimos con ello y lo admiramos…la ciencia acalla las burlas cuando toca algo, mientras sus dedos se acercan, y tardan siglos en ocasiones, no hay remedio para la incredulidad y sus incómodas manifestaciones.

He experimentado suficientes fenómenos inexplicables como para ser inmune a los rechazos racionales, simplemente compadezco a esa gente que no ha disfrutado de tales experiencias, tanto provocadoras de miedo como maravillosas. Lo que ocurre es que no hay palabras para expresar esas vivencias, y si las hay no soy el más indicado para unirlas de forma coherente y fiel, si bien confío en que al menos un poco de mi apasionamiento sí quede impregnado en estos párrafos, para que el lector consiga hacerse una idea.

He ofrecido centenares de conferencias en las mejores universidades (Cambridge, Harvard, Salamanca, Yale,…), ante grandes hombres y mujeres, mentes preclaras y fuertes personalidades, y puedo decir sin miedo a equivocarme que la estrella de la función siempre ha sido mi estancia en la habitación 616 del hotel Blackbridge de Bangor, Maine.

No puedo dejar de estar de acuerdo con la mayoría de mis queridos escuchantes, ya que la noche que pasé en la 616 dejó su indeleble huella en mi cuerpo y en mi mente, y me es imposible olvidarlo.

En todas las conferencias leí la trascripción de mis propias palabras firmada por Gregory House, insigne doctor y amigo personal, el cuál me atendió a la salida de la habitación, grabó el afectado relato de mi experiencia y construyó la narración final con ayuda de los implicados. Utilizo su trascripción porque no sería justo confiar en mis propios recuerdos después de una noche tan traumática, tan lejana ya, y a su vez confío totalmente en la profesionalidad y objetividad de mi estimado Gregory.

Procedo pues  a  “transcribir la trascripción”, si me permiten la broma.

 

<< El profesor se presenta en la recepción del Blackbridge pasados seis minutos de las nueve de la noche del 6 de diciembre de 1973. El recepcionista le reconoce y, tras intercambiar saludos, le proporciona la llave de la habitación 616, apartada ya a la espera de su llegada.

El recepcionista le informa de que esa misma mañana se ha efectuado una limpieza rápida y superficial de la habitación en cuestión ya que, como él sabe, ninguna empleada del hotel aceptaría pasar más de cinco minutos en esa estancia.

El profesor deja su bolsa de aseo personal en la recepción y se dirige a la cafetería del hotel, donde el Sr. Torrance, jefe de camareros, le proporciona un termo de café que el profesor ha acordado devolver a la mañana siguiente, seguramente vacío (sic.).

El profesor toma una taza en la barra de la cafetería echando un último vistazo a la documentación sobre la historia de la habitación 616:

“En la primavera de 1883, apenas dos años después de la inauguración del hotel, un vendedor de seguros  es encontrado muerto en la cama de la habitación 616, que tuvo que ser abierta después de tres días sin noticias del señor. El médico que lo reconoció achacó la muerte a un fallo cardiaco, dado el sobrepeso del hombre y su ajetreado modo de vida.

Entre septiembre y diciembre del mismo año fueron once las muertes acaecidas en dicha habitación, por una del resto del hotel en el mismo período. Seis ataques cardiacos, un ahogado en la bañera y cuatro suicidios, los dos últimos el de una mujer de 22 años y su hijo de 5 que, al contrario de lo esperable, saltó por la ventana casi cinco minutos después de su madre tras, según los testigos, pedir ayuda asomado para finalmente arrojarse y caer al lado de su madre, los dos con la misma expresión aterrorizada en el semblante. La demanda de auxilio hizo que la policía y los bomberos derribaran la puerta de la habitación en previsión de algún incendio o la presencia de algún criminal. La habitación estaba silenciosa, en calma,  y las maletas de la mujer y su hijo yacían sobre una mesa, sin abrir siquiera.

La habitación estuvo cerrada 25 años, si bien varias personas cayeron desmayadas al pasar por delante de la puerta; al final la gente pasaba corriendo como alma que lleva el diablo, escapando del misterioso influjo que llegaba más allá de sus  paredes.

En 1909 el hotel cambia de dueños y los nuevos hacen oídos sordos a las advertencias de los trabajadores, incluso cuando varios de ellos abandonan su puesto al conocer la intención de reabrir las maldita 616; prefieren abandonar su trabajo, en algunos casos desde la apertura del edificio, antes que volver a ver abierta la habitación.

La nueva dirección cree que pueden usar la leyenda de la habitación, conocida bien afuera del estado, para mejorar los resultados económicos de su inversión. Acuerdan que esa habitación pase a tener el precio de una suite, pese a ser una habitación simple con baño completo, una cama individual, una mesa, una silla y un armario . Confían en que el morbo y las excentricidades de los ricos  les den la razón, y así es.

Se forma una lista de espera de hasta dos años para ocupar la habitación, y efectivamente grandes magnates y famosos multimillonarios quieren pasar la noche en la 616 pagando más por acelerar su subida en la lista. En la boutique del hotel se ponen a la venta camisas con la leyenda Yo sobreviví a la 616 en la pechera…no se vendió ni una.

Los cuarenta primeros inquilinos de la habitación fallecieron, quince dentro y los otros veinticinco fuera del hotel, de estos diez  murieron víctima de un cáncer repentino que tardó tres meses en el más largo de los casos en consumirles. Los quince restantes realmente murieron en la habitación, pero la dirección del hotel consiguió mover los cuerpos y “quitarse el muerto de encima”.

Se eliminaron las listas de espera aludiendo a un problema de humedades irreparable y tóxico, por lo que en pocos meses cesó la fiebre de la 616 y todo volvió a la calma. Bueno, hasta el 29.

La habitación estuvo casi veinte años cerrada después del nefasto comienzo de la lista de espera La dirección no quería complicarse  la existencia por un plus, y decidieron esperar a que la mala suerte se durmieses, agazapados a la espera de  ocasión propicia.

Y un jueves cualquiera del 1929 Wall Street se derrumbó, muchos millonarios cayeron en la miseria, muchos negocios quebraron y el suicidio se puso de moda. Una pintada en la mismísima puerta de Wall Street apareció a la mañana siguiente “LA 616 DEL BLACKBRIDGE, UN ÚLTIMO LUJO”.

Se desconoce quién lo escribió, pero realmente fue una campaña publicitaria magistral, en el momento y el lugar adecuados, con una clientela preparada.

Fue una campaña que transformó a la 616 en la Suite de los Suicidas desde ese 1929, y así seguía siendo en el Diciembre de 1973.

(CONTINUARÁ…)

 

 

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