El Blog

PONME EN FAVORITOS

Calendario

<<   Julio 2006  >>
LMMiJVSD
          1 2
3 4 5 6 7 8 9
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30
31       

Categorías

Sindicación

El Tiempo Madrid / Barajas
Alojado en
ZoomBlog

La Suite de los Suicidas- Continuación

Por Tankian - 21 de Julio, 2006, 23:23, Categoría: Paranoids

<<El profesor consiguió el permiso del director del hotel, el Sr. Gaunt, quién negó hasta la extenuación el negocio subterráneo de la 616 como última estación para suicidas con medios. Achacaba esa historia a los medios sensacionalistas de los 30 y a la tendencia norteamericana a fabricar monumentos a la tradición con un simple pedrusco.

El Sr. Gaunt se reconoció lector de los trabajos del profesor, si bien quiso apostillar que era justo decir que era mayor el interés de su esposa por “esos temas suyos”, que él los leía como ficción. Sea gracias a su esposa o a él, el caso es que el profesor obtuvo permiso para pasar la noche del 22 al 23 de diciembre de forma gratuita a cambio simplemente de una discreción absoluta hasta la publicación del trabajo resultante, en el que se subrayaría el trato profesional y encomiable del personal del hotel empezando por el Sr. Gaunt.

 

El profesor quería pasar la madrugada en la 616 porque siempre había defendido que todo era una campaña de publicidad iniciada a raíz de la muerte del vendedor de seguros en 1883. Desde entonces los sucesivos propietarios del negocio alimentaron la hoguera echando sus propios troncos, pues un fantasma puede hacer mucho por un hotel, de ahí que todo hotel de alto standing tiene su propio fantasma, como signo de distinción.

Que en una misma habitación se hubieran certificado santísimas muertes sin despertar el interés de la policía era poco menos que impensable, a no ser, claro, que supieran que realmente no había muertos ni nada parecido.

El profesor defendió su postura en muchas tertulias y se enfrentó en sus artículos con varios investigadores que ponían sobre la mesa la extensa documentación sobre el asunto: fotografías, actas de la policía, certificados de defunción, declaraciones de personas implicadas directa e indirectamente a  medios públicos y privados…pero el profesor no se achicaba ante las torres de papel y argumentaba que eso no eran pruebas, que era papel y letras, y cualquiera podía crearlas.

En la última tertulia en la que surgió el tema de la 616, en el café “Old Atwa” de Washington, el profesor se hartó de las mismas argumentaciones de siempre y, dando un puñetazo sobre la mesa, entre el tintineo de las cucharillas en las tazas y los ojos desorbitados de sus compañeros, clamo “No, no y no. No creeré lo que mis ojos no vean, y si para callar sus monótonas frasecillas tengo que pasar una noche en esa habitación, lo haré”.

Dicho y hecho, una semana después el profesor había obtenido el permiso del Sr. Gaunt y había acordado su llegada en la noche del 22 de Diciembre. Salió del despacho con la promesa de que ningún empleado del hotel se le acercaría para intentar persuadirle con historias de fantasmas y apariciones, ya que él era lo bastante maduro como para valorar lo que veía o escuchaba, y no quería hacerlo con prejuicios innecesarios.

 

El profesor abandonó la cafetería a las once en punto, después de releer sus papeles, saludó al Sr. Torrance, recogió su bolsa de mano en la recepción y subió al ascensor. El ascensorista era un chico joven, lo que le tranquilizó, ya que si le hubiera tocado alguno de los veteranos podría haberle intentado convencer en el último momento de que lo que estaba a punto de hacer era una verdadera locura.

Si bien era joven estaba claro que el chico conocía algo de la historia y sabía quién era el profesor, porque al llegar a la sexta planta y abrirse las compuertas musitó un “Suerte, señor” al que el profesor respondió con un “Sí” que dijo sin darse cuenta, lo que le hizo enfadarse consigo mismo por pensar que la necesitaría y con el chico por insinuarlo. Cuando el ascensor comenzó a bajar el profesor seguía inmóvil, de perfil, con la bolsa en una mano y la llave en la otra.

No lo reconoció en el momento, pero poco después el profesor estaba  seguro de que cuando el ascensor abandonó la planta y él comenzó a andar hacía el final del pasillo sintió una urgente necesidad de bajar las escaleras a saltos y abandonar ese edificio. Fue como cuando algo se encendía en el interior para recordar que se habían olvidado las llaves o un grifo, una certeza tan sobrenatural como segura. Incluso se le despertó un dolor en estómago; se paró frente a la habitación 628, inspiró y expiró ruidosamente unas cuantas veces y se regañó por el patetismo de la escena.

El malestar decreció en intensidad, pero quedó ahí, como un murmullo de algo peligroso pero lejano. El profesor lo achacó al café que había tomado y a la estúpida lectura que le había acompañado, miró el reloj y se detuvo frente a la puerta, una puerta normal, como las demás que interrumpían las paredes de ese pasillo, de madera oscura, una mirilla enmarcada en un anillo plateado y una plaquita también plateada justo encima: 616 o,  como decía el teatral Profesor Del Oso “seeeis y unooo y seeeis…trece”, como si eso significará algo, ya que en esa misma planta la 634 y la 627, entre otras, sumaban 13 y no pasaba nada anormal.

El profesor sonrió mientras sujetaba  la llave con los dedos índice y pulgar, y ahí empezaron los problemas.

La puerta no estaba.

Era una silueta en la pared, un trozo de papel más claro que el resto, como si se hubiera retirado un armario o algo similar, pero no era así, ahí había una puerta que daba paso a una habitación, y eso no se puede retirar como un mueble.

El profesor dio tres pasos hacia atrás, miro hacia la izquierda, al fondo del pasillo, donde estaba el ascensor, con un botón que le haría subir para poder salir de ahí. Estiró la mano para tocar el papel limpio y tocó la madera.

La puerta estaba en su sitio.

Y siempre había estado ahí, obviamente, por mucho que un atontado se hubiera dejado impresionar por los documentos que había leído, por mucho miedo que tuviera la puerta estaba donde se puso en 1880, y si una simple alucinación le hacía abandonar realmente era un cobarde bravucón.

No dejó de tocar la puerta mientras introducía la llave en la cerradura, y entonces escuchó un gemido sensual, un “uuuh” femenino y decididamente estimulante justo al llegar al fondo de la cerradura, y había salido de la misma cerradura.

“Que aproveche” dijo en voz alta al pasillo, a la habitación que fuera, giró la llave y empujó la puerta sin sacarla. El débil chirrido de las bisagras era realmente parecido al gemido ahogado de una mujer, una mujer excitada gimiendo debajo de una almohada.

El profesor sacó la llave y cerró la puerta a sus espaldas.

Ahí la tenia, la vieja 616, toda para él.

(CONTINUARÁ)

Permalink :: 58 Comentarios :: Comentar | Referencias (0)

Blog alojado en ZoomBlog.com