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Leed sus labios

Por Tankian - 30 de Noviembre, 2006, 23:41, Categoría: Paranoids

Se queja, el hombre, le duele la espalda de estar tan tieso durante el desfile. Toma sorbos de agua templada arrugando la cara como un cuervo, se queda mirando el vaso durante un minuto, buscando algo que nadie más puede ver, o eso es lo piensa él, que ve cosas que solo él puede alcanzar.  Se acaricia el bigote, me mira.

Siempre me mira serio durante un instante, luego me reconoce y tuerce la boca en un amago de sonrisa o incluso eleva un poco una mano y tamborilea en el aire con sus dedos cortos y pelados. Quiere ser simpático, cuando le conviene, claro. Yo realmente le evito, me quedo siempre a una distancia relativa, como si no estuviera, como si yo fuera un trozo de la pared, una arruga en la cortina o una simple silla; me quedo quieto y le observo, él muchas veces olvida que estoy y es cuando le capto como es, dudando, serio, pensativo, extraño, loco…y él es consciente de que es todo eso, al menos lo es hasta cierto punto, y por eso cuando me reconoce actúa, se comporta como un hombre que saluda a una cámara, torpe y con buenas intenciones, sin gracia, artificial.

En los discursos se retuerce, grita escupiendo nubes de saliva, enrojece, aprieta tanto los puños que a veces se hace marcas sangrantes con las uñas. En esos momentos me giro a la audiencia y siempre doy un respingo, aunque sé lo que voy a ver, un manto de caras enajenadas, ojos desbordados de lágrimas, emocionados, manos en alto, respeto, miedo…una amalgama de emociones que penetran por la lente y me sacuden siempre, cada vez que les miro, el poder de su imagen supera a la del hombre que les posee de esta forma obscena y poderosa.

A veces voy a su casa en la montaña, me siento en un tronco y observo cómo acaricia a sus perros, cómo les hace brincar, les susurra cosas con una vez serena, incluso dulce, una voz que en sus discursos seguramente se acurruca detrás de su pecho, contra su espalda. La lente duda, enfoco y desenfoco su rostro cuando habla con sus mascotas, intento asegurarme de que sonríe, de que su cara parece más joven, y yo dudo también, desconfío porque le sigo siempre, incluso cuando dormita en la silla de su despacho entre visita y visita. Duerme con el ceño fruncido y a veces levanta un dedo acusador y lo baja lentamente; cuando golpean a la puerta es como si saltaran uso fotogramas, le vuelvo a enfocar recto sobre el respaldo, las manos cuadrando los documentos, la cabeza alta, alerta, tenso.

Me han despertado, quiere verme, que le acompañe, algo importante, rumorean, se acaba el Reich, sollozan, caminamos, casi corremos, por lo pasillos blancos, paramos en la sala donde los mandos están inclinados sobre un plano, como estatuas, moviendo los labios y parece que en vez de hablar explotan, y eso es arriba, en el mundo, y las bombas, los disparos, se cuelan en sus bocas y ellos mueven las manos, señalan batallones de soldados que ya han muerto, ordenan movimientos, demasiado tarde, <<si no hay puesto en es plaza se inventa>> clama uno golpeando la mesa. Capto el plano a la luz blanca de los tubos, sus dedos rebotando, arrastrándose, moribundos. Salimos y siguen gritando, reventando.

Llegamos, abren la puerta y él me dice que me sienta, Eva sonríe y bebe algo humeante. Él me mira como nunca antes lo ha hecho, fijamente, como si no hubiera nada en esa habitación, solamente él y yo, mi cámara y yo, y habla, habla durante minutos, durante horas, apilo película sobre la mesa vacía, y él se explica, revela sus secretos, llora, ríe, calla durante eternos segundos, en mi oído izquierdo sorbe Eva, pero no habla, escucha. Y yo escucho, pero no la cámara, ella observa, es el último ojo abierto ante su discurso, el último poseído.

Él se levanta y deja la pistola en la mano de Eva, es como si le regalara algo, un pequeño detalle sin importancia; ella le besa y me sonríe, se pega un tiro, en la frente, queda sentada con la cabeza sobre el pecho. Ya no sorbe.

Me acerco a su cuerpo, le acoso el rostro, me agacho, le miro desde todas partes, en todos los ángulos. El recoge el arma y pronuncia la última frase, se despide de mí. Oigo el click del percutor, me giro con la cámara…

 

Hace unos días leí que un software para la lectura de labios había permitido conocer lo que decía Hitler en las numerosas grabaciones caseras que existen, casi siempre filmadas por su prometida (supuestamente esposa in extremis) Eva Braun.

Por ahora solo se han dado a conocer comentarios intranscendentes en momentos relajados del psicópata de Adolfo, pero estoy seguro de que con el tiempo se irán conociendo más cosas.

El final cortado es un voto de confianza a esas tesis tan argumentadas y discutidas que aseguran que Hitler no murió en ese Bunker, sino que se retiro a Suiza, a jugar con sus perros en el campo, y que murió de viejo, recordando con lágrimas en los ojos esos buenos años en los que masacró a millones de seres humanos, judíos y no judíos.

Quién sabe si no se filmó ese momento final en el que se vuela los sesos o simplemente desaparece tras la puerta.

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