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Maldita la falta

Por Tankian - 1 de Diciembre, 2006, 23:50, Categoría: General

La señora se acomoda la falda que antes era negra y ahora marrón de la mierda, si se le mira desde un balón es un círculo oscuro un agujero, la perspectiva más realista para definirla. No es nadie, hace años que se caducó su DNI y lo perdió una noche, cualquier noche, y ha acabado por olvidar su nombre. Maldita la falta, que decía su madre, porque de su madre se acuerda.

Su padre murió antes de que ella naciera, en la guerra; nunca se paró a preguntar si era de un bando o del otro, ni su madre se lo dijo nunca, maldita la falta. Las dos hablaban solamente de lo que había que limpiar, que cuidado que la señora hoy tiene jaqueca, corre a por leche antes de que bajen, remolona…su mundo, el de las criadas.

A veces les llamaban para saludar cuando había visita, las llamaban sin levantar mucho la voz porque siempre tenían que tener la oreja tiesa por si les necesitaban. Ellas se presentaban con las manos en el delantal, mirando al suelo, aguantando el tipo, los comentarios jocosos. Cuando se iban ella pasaba la vista por la mesa, repleta de comida, de dulces, y se quejaba a su madre, en ese tono susurrante que era su forma natural de hablar, por la práctica, de que ellas siempre comían sopas y verduras. Su madre le miraba apretando los labios y a veces le daba un pescozón y le decía <<maldita la falta que nos hace todo eso>>.

Y el hijo de una vecina la cogió una vez en el portal y la violó y ella no dijo nada a nadie y se quedó preñada. Con el tiempo el señor se dio cuenta y él y la señora la despidieron, por puerca. A su madre no, su madre se  tuvo que quedar porque si no la mandaban a la cárcel, por roja y viuda de un rojo, que debería dar gracias usted a que le dejemos con nosotros.

Y a veces su madre le pasaba comida cuando iba al mercado, y ella ya vivía en la calle, y su madre le daba los bocadillos en papel de periódico sin mirarle para que nadie dijera nada, y se le caían los mocos y las lágrimas y sorbía y le decía que se cuidara, por favor, cuídate.

Y al final se enteró alguien y denunciaron a su madre por ladrona y entró en la cárcel. Y ella se colaba en el tranvía e iba a visitarla y casi no se hablaban, se sentaban las dos y se miraban a la cara, y luego a las ventanas, al cielo, y lloraban, y se despedían rotas por dentro. Los guardias le pellizcaban el culo y ella agachaba la cabeza y apretaba el paso.

Una tarde fue y le dijeron que su madre se había muerto. Pulmonía. El pésame fuel una palmada en el culo, y risas. Se fue corriendo y se sentó en un banco y le ofrecieron vino caliente y bebió si mirar quién lo sujetaba, maldita la falta.

Y ha pasado años de burlas, muchos años de palizas, de amenazas de frío, de rezar en alguna camilla  por morirse de una vez de pulmonía, como su madre. Muchos años de vino, de monedas en una cajita de cartón, de quedarse ya sin lágrimas, seca, podrida, de acariciar una foto de sus padres cuando eran jóvenes, en una feria, asomando las cabezas en una pintura de dos bañistas, sonrientes, sin hija, sin muertes, sin penas. Y ella apretaba a veces la foto cuando se dormía en algún portal y soñaba que se metía en ella y al día siguiente los barrenderos descubrían el hueco aún caliente entre las mantas y los cartones, pero no a ella.

Y hoy esa señora de sucio luto se alisa la falda sintiendo las mismas miradas vacías, escuchando los comentarios perros de la gente porque conserva el oído fino de la criada. Cuenta las monedas, las mete en un sobre marrón y se planta en la puerta del sol arrastrando los pies, con el dolor de cadera que la está matando.

El guardia le dice que aire, que a su sitio y ella asiente pero le tiende el sobre y le dice que se lo haga llegar a la señora Aguirre, de su parte, para que no pase penas, que con las suyas se ha cumplido el cupo de sobra.

El guardia se queda tieso con el sobre en la mano, lo abre y ve las monedas, ve a la mujer y se queda ahí, sin saber qué hacer, sin pensar. Para eso le pagan, aunque alcanza a pensar que la abuela mendiga necesitará esas monedas más que la presidenta, no?

Y la señora enlutada se sienta en su sitio y observa la figura uniformada con el sobre en la mano. Planta el cartel, agacha la cabeza y al minuto se ha olvidado de las monedas.

Maldita la falta.

 

Para Espe Aguirre, a ver si dimite de una puta vez,

Y de paso los demás políticos, que revienten.

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