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Paparruchas recurrentes

Por Tankian - 20 de Diciembre, 2006, 0:40, Categoría: General

Leyendo a Mortiziia me vuelvo a dar cuenta de cómo me estoy transformando al señor Scrooge, no ya en lo que a las navidades se refiere, sino en general, también en la nostalgia. Antes, cuando no tenía apenas nada que echar de menos, era un nostálgico y un pesado que buscaba a antiguos compañeros de clase en webs llenas de patéticos hombrecillos melancólicos…los ex compis que se habían registrado eran mayormente friáis y yo era uno más, un ingenuo pelotudo.

Mortiziia habla de melancolía, de cómo el otro día volvió a pasar una noche con la gente con la que solía pasarlas, esas noches en las que todos hemos querido volver  a ser niños como aquel capítulo que protagonizó Scatman Crothers (el negro de “El resplandor” en “Cuentos asombrosos” sobre unos ancianos que vuelven a ser niños por una noche y la montan en el geriátrico.

El problema es que cuando se hacen cosas así hay dos posibilidades: que te des cuenta de que eres todavía un niño y no tiene tanto sentido  o que ya eres un abuelo y te sientes ridículo y haces bromas fingiendo y también finges recordar anécdotas de tus amigos que no recuerdas o que recuerdas y sabes que están exagerando.

Cuando iba al instituto, y puede que en el primer año de carrera, quedábamos a veces el grupo de amigos del colegio (fijaos que sales del colegio con 14 años y entras a la universidad con 18, así que 4 años se antoja un corto espacio para reuniones melancólicas), y nos emborrachábamos y nos colábamos en el colegio a jugar al escondite y abrazarnos con esa amistad enaltecida por el whiskey de 300 y pico del Pryca, y nos decíamos “te acuerdas de…te acuerdas cuando…te acuerdas, te acuerdas…”, coño, no me voy a acordar si hace dos años, o tres; pero decías “siii” mirando al cielo estrellado y luego “que viejos somos” como unos gilipollas.

Pero bueno, durante los años en los que nos hacemos hombres, o lo intentamos, somos casi siempre gilipollas, y lo malo es que en ese período no te das cuenta y te crees lo más. Hasta cierto punto justifico esas noches de borrachera, pero creo que una noche de esas ahora tendría mucho más sentido y creo que me gustaría tenerla alguna vez, digamos que podría ser una paparrucha igualmente, pero puede que no.

Solíamos quedar cinco, a saber: El Gonza, hoy es policía municipal; Manolo, hoy es policía nacional; Andresito o Gilito, hoy es policía nacional en Alicante capital como los otros dos (si me llegan a decir entonces que esos tres iban a ser policías me da un pasmo); Vicente, que era mi mejor amigo, la última vez que supe de él trabajaba en el 1004 en Sevilla, pero hace tiempo que no sé nada; y yo mismo.

Esto de pararme a pensar en la nostalgia, tan propia de estas fechas, más que nada porque se fomenta para que gastes más teléfono, felicitaciones, regalos, invitaciones…me lleva inexorablemente a recordar a gente de la que no he vuelto a saber nada, y es que no soy tan Scrooge aún, y si lo voy siendo es porque el mundo me ha hecho así.

Creo que todos recordamos a personas que se nos han quedado en la memoria sin saber a veces por qué, incluso sin haber hablado nunca con ellas, a veces solo por haberlas visto un segundo o dos. A mí al menos me pasa, aunque soy tan raro que no sé si es algo común.

La primera que recuerdo es Bárbara, una niña que era vecina y compañera de parvulitos en Irún, cuando tenía yo unos 4 años. La recuerdo regordeta, con gafas de pasta demasiado grandes y muy payasa, y es que yo era el típico niño pedante que da miedo porque parece un abuelo enano, y por eso las cosas de niños de 4 años me parecían payasadas. Mi madre conserva una foto mía vestido de vieja con Bárbara que enseña a todo dios para mi escarnio.

De esa época en Irún también recuerdo a Raúl, que fue vecino en otra casa en la que vivimos. Era hijo de Nieves y Miguel, que por circunstancias que no vienen al caso no querían demasiadas relaciones públicas con mis padres y conmigo, pero luego con el tiempo bien que venían a dar por culo a Alicante. Aparte de Raúl estaban Miguel, el mayor, y la pequeña cuyo nombre no recuerdo. Raúl era un tío extraño que de pequeño se dedicaba a acojonarme poniéndose máscaras, gritando o dándome sustos; tenía cara de loco e incluso más mayores cuando venía a Alicante con sus padres seguía con el empeño de que yo pasara miedo, se sentía realizado. Cuando yo tenía 12 o 13 años se suicidó estampándose contra un camión, y no me sorprendió porque Raúl era el típico chico capaz de suicidarse. Cuando mi madre me lo dijo me lo imaginé detrás mía reventado a punto de darme un susto.

Recuerdo mi obsesión con el asesinato de Carrero Blanco, cómo me pasaba las horas muertas haciendo volar coches de juguete por encima de tapias imaginarias mientras hacia de comentarista como si fuese un partido de fútbol…”Hay viene, hay viene, el coche blanco de Carrero Blanco (risita tonta) por la calle, avanza…avanza…y ¡toooma!...BUM…el coche vuela y salta la valla y cae al lado del Padre Rubio” (es que cayó en el patio de la iglesia en la que se conserva el cuerpo de el Padre Rubio, cerca de la Embajada de EEUU).

Cada vez que pasaba cerca de un muro o de una casa en ruinas comunicaba a quien pasara que ahí habían matado a Carrero Blanco y mi abuelo se ponía tenso porque era franquista y, pese a eso, una persona entrañable.

Recuerdo una compañera de clase en 1º de EGB aquí, en Madrid, en el colegio de la Inmaculada Concepción, que era de monjas y no sé si aún existe, al lado de El corte inglés de Goya, por entonces Galerías Preciados. No recuerdo su nombre, pero sí que fue la primera que me hizo tilín, que a esa edad es que estaba a gusto con ella, no nos pegábamos. En el cumpleaños de uno de los niños ella me dijo que me sentara a su lado y seguramente tuve el equivalente mental infantil de una erección.

En ese año que pase en Madrid, del 84 al 85, tuve un “amor” oficial llamado Vanesa, creo, que era sobrina del por entonces novio de mi tía y era la niña más guapa que yo había conocido. No conservo fotos de ella pero mis recuerdos me la siguen mostrando muy guapa, pero el amor deforma hasta los espejos. Fue la primera con la que jugué a los médicos con 6 añitos, ella hacía de embarazada abierta de piernas y yo el marido que le cogía la mano, su hermano era el médico. Todo se desarrollaba totalmente vestidos, al aire libre y delante de los mayores, que sonreían orgullosos, ignorantes ellos de los primeros destellos pornófilos que me sacudían ante la idea de estar cogiendo la mano de una chica abierta de piernas. Incluso nos dejaban dormir juntos, aunque su madre creo que veía el vicio en mi mirada y por eso siempre se mostraba reticente. De todos modos siempre nos limitábamos a hablar del video de la muerte de Paquirri, otra de mis obsesiones recurrentes.

Años después, con 15 años, contacté con Vanesa y le recordé esas anécdotas y seguramente parecí un enfermo o un triste porque me dijo que me escribiría una carta y nunca llegó, aunque correos es capaz de eso y más.

De ese año madrileño recuerdo que a veces merendaba hasta  tres veces porque mentía a mis abuelos y a mi tía, que me convertí en un niño odioso y mimado y que mi padre pasó vergüenza en el tren Madrid-Alicante porque la gente hacía comentarios sobre aquel niño que era una bola humana y que hablaba como una mala imitación de pijo insoportable. Yo soy él y me dejo abandonado en alguna estación perdida para que me coman los lobos.

Coño, al final me pongo a recordar paparruchas y llevo dos folios, ya es suficiente por hoy. Demasiada nostalgia para un Scrooge como yo.

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