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Un Hulk en nuestro interior

Por Tankian - 18 de Enero, 2007, 0:19, Categoría: General

Siempre me ha fascinado la fragilidad de nuestra condición, la facilidad con la que nuestra personalidad, que creemos tan conocida  y controlada, puede retorcerse y sorprendernos a nosotros mismos. La historia, eso que parece demodé, nos lo recuerda millones de veces y ahora solamente hay que ver el telediario o leer un periódico para que no se nos olvide.

He empezado a leer el libro “Auschwitz: Los nazis y la solución final” de Laurence Rees, de la colección II Guerra Mundial de Planeta DeAgostini (24 € en la Casa del Libro, 4’99€ en el Vips de la plaza de los cubos) y en su introducción incide mucho en esa idea como conclusión después de muchas entrevistas a supervivientes de Auschwitz, a sus verdugos y a otros nazis, también a asesinos de la Rusia de Stalin o del Japón de Hiro Hito.

Otra de las conclusiones es que si hay que medir el salvajismo de rusos, japoneses y alemanes en aquellos años seguramente el Reich se llevaría el bronce. Lo que parece que diferencia a los entrevistados nazis de los demás es que la gran mayoría mantiene sus ideas y no se arrepiente de sus crímenes, mientras que rusos o japoneses suelen escudarse en la fórmula “cumplía ordenes” bajo riesgo de muerte por desobediencia. Cabe recordar que el castigo a un soldado nazi era mucho mayor por robar a un prisionero asesinado que por negarse a ejecutarlo…así de esquematizado estaba todo en el nazismo, esa era su escala moral.

Como decía, muchos de los que sobrevivieron a Auschwitz coinciden en decir que lo que aprendieron de aquello, entre otras cosas, es que la persona más simpática y educada puede convertirse en el ser más sádico y cruel si las circunstancias son propicias. Luego cabe pensar que el contexto nos coarta y que realmente la crueldad está en nuestra naturaleza o al revés. Personalmente creo que son muchos siglos de guerras y salvajismo para que en unos pocos pretendamos ser tan civilizados y virginales.

Supongo que hay mucha gente que juraría y perjuraría que es  incapaz de matar a alguien, es eso de “ese no mataría ni a una mosca”. Pues es cuestión de cabrearles, de desquiciarles lo suficiente, todos tenemos un límite y un cerebro que se nos escapa  casi en su totalidad.

Hace unos años leí en los periódicos sobre un caso que el domingo recordaban en “Cuarto milenio”. Una mujer que llevó a su bebé al médico porque este no dejaba de llorar, y al hacerle unas radiografía se descubrieron 27 agujas en el interior del cuerpo, sobre todo en el abdomen y algunas en la cabeza, con la “suerte” extrañísima de que ninguna de ellas tocaba ningún centro vital y el niño se recuperó sin problemas.

Pues había sido la madre la que le había hecho eso a su propio hijo víctima de una depresión postparto brutal que le hacía querer matar a su hijo, aunque el instinto maternal le hizo querer que muriera sin dolor, de ahí la cautela extrema con la que introducía las agujas.

La mujer fue internada en un manicomio y a los 5 meses fue puesta en libertad porque se había curado totalmente; hoy día vive una vida perfectamente normal y los médicos dicen que fue una depresión que ya pasó, una enajenación delimitada en el tiempo.

Eso es lo terrorífico, que una persona pueda hacer algo así sin realmente querer, víctima de su propia cabeza. Y hablo de ese caso, pero no es raro el de alguien que se despierta y ve que han asesinado a su familia y luego ha sido él; también leí sobre un tipo que mató a hachazos a su vecino porque le había aparcado parte del coche en su aparcamiento y luego él mismo se horrorizaba ante la idea de lo que había hecho, incapaz de explicarlo.

Todos somos capaces de hacer lo que ahora nos resulta cruel, todos hemos hecho cosas que ahora nos parecen despreciables, como pegar a un compañero de clase porque sí o insultar a la niña que acaba de “convertirse en mujer” en gimnasia, en la tradición de Carrie y su “tapónate tapónate”.

Y es que viendo a los niños uno se reafirma en la idea de que somos civilizados, dentro de lo que cabe, por la educación que recibimos, porque no hay nada más cruel que un niño, si bien también son capaces de los gestos más hermosos. Pero es cuestión de adiestramiento, igual que los perros, que por naturaleza son fieles y bondadosos y pueden convertirse en máquinas de matar si se les prepara para ellos.

Es como lo de La Masa, que se convertía en una bestia si le tocaban un poco las bolas a raíz de un accidente en el laboratorio. ¿Y si el accidente químico tiene lugar en nuestra cabecita? ¿Cómo se escapa uno de eso?

Vemos de lejos todo esto porque tenemos más o menos todo al alcance y no tenemos que pelearnos por comer o tener un techo, incluso los que viven en la calle no corren el peligro de que los monten en un tren camino al horror. Creo que estamos atontándonos demasiado para como pinta el panorama y si, ojalá que no, mañana estalla una guerra mundial nos vamos a llevar las hostias a pares y mucho mayores porque cuanto más alto estés mayor será la caída.

Somos muy urbanitas, muy autosuficientes, muy mezquinos y encantadores, pero como se nos acabe el falso estado del bienestar que nos tiene ensimismados nos daremos cuenta de golpe de lo hijos de puta vengativos que somos…yo ya tengo un par de nombres anotados por si acaso.

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