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La Suite de los Suicidas. Final Cut

Por Tankian - 13 de Febrero, 2007, 10:33, Categoría: Paranoids

Pues nada, como los que hayan encontrado una hora para leer mi recomendado relato 1408 de King habrán leído, es casi obligatorio para todo autor amante del género de terror tener su propia versión del relato de hotel encantado. Me sumo a la infinita lista con un relato simple pero creo que efectivo, releído me gusta, y eso es mucho. Creo que la última parte desmerece del conjunto, pero la presión ha sido dura y tenía que terminarlo.

Bajad la intensidad de la luz, acurrucaos en vuestro rincón favorito e imaginad que entráis al hall del viejo hotel Blackbird...

Comprendo la hilaridad de la mayoría de la gente cuando surge en una conversación algún fantasma, alguna vivencia sobrenatural, algo que no se pueda explicar. Es lógico y humano reaccionar así ante lo desconocido, al menos es la manera más sencilla de afrontarlo; como decía un viejo amigo <<mientras te ríes no piensas>>.

La circunferencia del planeta, la gravedad, el sistema solar, la influencia de la luna en las mareas, los pulpos gigantes, las maquinas voladoras, la energía eléctrica,…tantas y tantas cosas fueron acogidas con carcajadas, ridiculizadas como meros sueños ignorantes, y ahora vivimos con ello y lo admiramos…la ciencia acalla las burlas cuando toca algo, mientras sus dedos se acercan, y tardan siglos en ocasiones, no hay remedio para la incredulidad y sus incómodas manifestaciones.

He experimentado suficientes fenómenos inexplicables como para ser inmune a los rechazos racionales, simplemente compadezco a esa gente que no ha disfrutado de tales experiencias, tanto provocadoras de miedo como maravillosas. Lo que ocurre es que no hay palabras para expresar esas vivencias, y si las hay no soy el más indicado para unirlas de forma coherente y fiel, si bien confío en que al menos un poco de mi apasionamiento sí quede impregnado en estos párrafos, para que el lector consiga hacerse una idea.

He ofrecido centenares de conferencias en las mejores universidades (Cambridge, Harvard, Salamanca, Yale,…), ante grandes hombres y mujeres, mentes preclaras y fuertes personalidades, y puedo decir sin miedo a equivocarme que la estrella de la función siempre ha sido mi estancia en la habitación 616 del hotel Black bridge de Bangor, Maine.

No puedo dejar de estar de acuerdo con la mayoría de mis queridos escuchantes, ya que la noche que pasé en la 616 dejó su indeleble huella en mi cuerpo y en mi mente, y me es imposible olvidarlo.

En todas las conferencias leí la trascripción de mis propias palabras firmada por Gregory House, insigne doctor y amigo personal, el cuál me atendió a la salida de la habitación, grabó el afectado relato de mi experiencia y construyó la narración final con ayuda de los implicados. Utilizo su trascripción porque no sería justo confiar en mis propios recuerdos después de una noche tan traumática, tan lejana ya, y a su vez confío totalmente en la profesionalidad y objetividad de mi estimado Gregory.

Procedo pues  a  "transcribir la trascripción", si me permiten la broma.

         << El profesor se presenta en la recepción del Black bridge pasados seis minutos de las nueve de la noche del 6 de diciembre de 1973. El recepcionista le reconoce y, tras intercambiar saludos, le proporciona la llave de la habitación 616, apartada ya a la espera de su llegada.

          El recepcionista le informa de que esa misma mañana se ha efectuado una limpieza rápida y superficial de la habitación en cuestión ya que, como él sabe, ninguna empleada del hotel aceptaría pasar más de cinco minutos en esa estancia.

          El profesor deja su bolsa de aseo personal en la recepción y se dirige a la cafetería del hotel, donde el Sr. Torrance, jefe de camareros, le proporciona un termo de café que el profesor ha acordado devolver a la mañana siguiente, seguramente vacío (sic.). El profesor toma una taza en la barra de la cafetería echando un último vistazo a la documentación sobre la historia de la habitación 616:

"En la primavera de 1883, apenas dos años después de la inauguración del hotel, un vendedor de seguros  es encontrado muerto en la cama de la habitación 616, que tuvo que ser abierta después de tres días sin noticias del señor. El médico que lo reconoció achacó la muerte a un fallo cardiaco, dado el sobrepeso del hombre y su ajetreado modo de vida.

Entre septiembre y diciembre del mismo año fueron once las muertes acaecidas en dicha habitación, por una del resto del hotel en el mismo período. Seis ataques cardiacos, un ahogado en la bañera y cuatro suicidios, los dos últimos el de una mujer de 22 años y su hijo de 5 que, al contrario de lo esperable, saltó por la ventana casi cinco minutos después de su madre tras, según los testigos, pedir ayuda asomado para finalmente arrojarse y caer al lado de su madre, los dos con la misma expresión aterrorizada en el semblante. La demanda de auxilio hizo que la policía y los bomberos derribaran la puerta de la habitación en previsión de algún incendio o la presencia de algún criminal. La habitación estaba silenciosa, en calma,  y las maletas de la mujer y su hijo yacían sobre una mesa, sin abrir siquiera.

La habitación estuvo cerrada 25 años, si bien varias personas cayeron desmayadas al pasar por delante de la puerta; al final la gente pasaba corriendo como alma que lleva el diablo, escapando del misterioso influjo que llegaba más allá de sus  paredes.

En 1909 el hotel cambia de dueños y los nuevos hacen oídos sordos a las advertencias de los trabajadores, incluso cuando varios de ellos abandonan su puesto al conocer la intención de reabrir las maldita 616; prefieren abandonar su trabajo, en algunos casos desde la apertura del edificio, antes que volver a ver abierta la habitación.

La nueva dirección cree que pueden usar la leyenda de la habitación, conocida bien afuera del estado, para mejorar los resultados económicos de su inversión. Acuerdan que esa habitación pase a tener el precio de una suite, pese a ser una habitación simple con baño completo, una cama individual, una mesa, una silla y un armario . Confían en que el morbo y las excentricidades de los ricos  les den la razón, y así es.

Se forma una lista de espera de hasta dos años para ocupar la habitación, y efectivamente grandes magnates y famosos multimillonarios quieren pasar la noche en la 616 pagando más por acelerar su subida en la lista. En la boutique del hotel se ponen a la venta camisas con la leyenda Yo sobreviví a la 616 en la pechera…no se vendió ni una.

Los cuarenta primeros inquilinos de la habitación fallecieron, quince dentro y los otros veinticinco fuera del hotel, de estos diez  murieron víctima de un cáncer repentino que tardó tres meses en el más largo de los casos en consumirles. Los quince restantes realmente murieron en la habitación, pero la dirección del hotel consiguió mover los cuerpos y "quitarse el muerto de encima".

Se eliminaron las listas de espera aludiendo a un problema de humedades irreparable y tóxico, por lo que en pocos meses cesó la fiebre de la 616 y todo volvió a la calma. Bueno, hasta el 29.

La habitación estuvo casi veinte años cerrada después del nefasto comienzo de la lista de espera La dirección no quería complicarse  la existencia por un plus, y decidieron esperar a que la mala suerte se durmieses, agazapados a la espera de  ocasión propicia.

Y un jueves cualquiera del 1929 Wall Street se derrumbó, muchos millonarios cayeron en la miseria, muchos negocios quebraron y el suicidio se puso de moda. Una pintada en la mismísima puerta de Wall Street apareció a la mañana siguiente "LA 616 DEL BLACKBRIDGE, UN ÚLTIMO LUJO".

Se desconoce quién lo escribió, pero realmente fue una campaña publicitaria magistral, en el momento y el lugar adecuados, con una clientela preparada.

Fue una campaña que transformó a la 616 en la Suite de los Suicidas desde ese 1929, y así seguía siendo en el Diciembre de 1973.">>

<<El profesor consiguió el permiso del director del hotel, el Sr. Gaunt, quién negó hasta la extenuación el negocio subterráneo de la 616 como última estación para suicidas con medios. Achacaba esa historia a los medios sensacionalistas de los 30 y a la tendencia norteamericana a fabricar monumentos a la tradición con un simple pedrusco.

El Sr. Gaunt se reconoció lector de los trabajos del profesor, si bien quiso apostillar que era justo decir que era mayor el interés de su esposa por "esos temas suyos", que él los leía como ficción. Sea gracias a su esposa o a él, el caso es que el profesor obtuvo permiso para pasar la noche del 22 al 23 de diciembre de forma gratuita a cambio simplemente de una discreción absoluta hasta la publicación del trabajo resultante, en el que se subrayaría el trato profesional y encomiable del personal del hotel empezando por el Sr. Gaunt.

El profesor quería pasar la madrugada en la 616 porque siempre había defendido que todo era una campaña de publicidad iniciada a raíz de la muerte del vendedor de seguros en 1883. Desde entonces los sucesivos propietarios del negocio alimentaron la hoguera echando sus propios troncos, pues un fantasma puede hacer mucho por un hotel, de ahí que todo hotel de alto standing tiene su propio fantasma, como signo de distinción.

Que en una misma habitación se hubieran certificado santísimas muertes sin despertar el interés de la policía era poco menos que impensable, a no ser, claro, que supieran que realmente no había muertos ni nada parecido.

El profesor defendió su postura en muchas tertulias y se enfrentó en sus artículos con varios investigadores que ponían sobre la mesa la extensa documentación sobre el asunto: fotografías, actas de la policía, certificados de defunción, declaraciones de personas implicadas directa e indirectamente a  medios públicos y privados…pero el profesor no se achicaba ante las torres de papel y argumentaba que eso no eran pruebas, que era papel y letras, y cualquiera podía crearlas.

En la última tertulia en la que surgió el tema de la 616, en el café "Old Atwa" de Washington, el profesor se hartó de las mismas argumentaciones de siempre y, dando un puñetazo sobre la mesa, entre el tintineo de las cucharillas en las tazas y los ojos desorbitados de sus compañeros, clamo "No, no y no. No creeré lo que mis ojos no vean, y si para callar sus monótonas frasecillas tengo que pasar una noche en esa habitación, lo haré".

Dicho y hecho, una semana después el profesor había obtenido el permiso del Sr. Gaunt y había acordado su llegada en la noche del 22 de Diciembre. Salió del despacho con la promesa de que ningún empleado del hotel se le acercaría para intentar persuadir con historias de fantasmas y apariciones, ya que él era lo bastante maduro como para valorar lo que veía o escuchaba, y no quería hacerlo con prejuicios innecesarios.

El profesor abandonó la cafetería a las once en punto, después de releer sus papeles, saludó al Sr. Torrance, recogió su bolsa de mano en la recepción y subió al ascensor. El ascensorista era un chico joven, lo que le tranquilizó, ya que si le hubiera tocado alguno de los veteranos podría haberle intentado convencer en el último momento de que lo que estaba a punto de hacer era una verdadera locura.

Si bien era joven estaba claro que el chico conocía algo de la historia y sabía quién era el profesor, porque al llegar a la sexta planta y abrirse las compuertas musitó un "Suerte, señor" al que el profesor respondió con un "Sí" que dijo sin darse cuenta, lo que le hizo enfadarse consigo mismo por pensar que la necesitaría y con el chico por insinuarlo. Cuando el ascensor comenzó a bajar el profesor seguía inmóvil, de perfil, con la bolsa en una mano y la llave en la otra.

No lo reconoció en el momento, pero poco después el profesor estaba  seguro de que cuando el ascensor abandonó la planta y él comenzó a andar hacía el final del pasillo sintió una urgente necesidad de bajar las escaleras a saltos y abandonar ese edificio. Fue como cuando algo se encendía en el interior para recordar que se habían olvidado las llaves o un grifo, una certeza tan sobrenatural como segura. Incluso se le despertó un dolor en estómago; se paró frente a la habitación 628, inspiró y expiró ruidosamente unas cuantas veces y se regañó por el patetismo de la escena.

El malestar decreció en intensidad, pero quedó ahí, como un murmullo de algo peligroso pero lejano. El profesor lo achacó al café que había tomado y a la estúpida lectura que le había acompañado, miró el reloj y se detuvo frente a la puerta, una puerta normal, como las demás que interrumpían las paredes de ese pasillo, de madera oscura, una mirilla enmarcada en un anillo plateado y una plaquita también plateada justo encima: 616 o,  como decía el teatral Profesor Del Oso "seeeis y uno y seeeis…trece", como si eso significará algo, ya que en esa misma planta la 634 y la 627, entre otras, sumaban 13 y no pasaba nada anormal.

El profesor sonrió mientras sujetaba  la llave con los dedos índice y pulgar, y ahí empezaron los problemas.

La puerta no estaba.

Era una silueta en la pared, un trozo de papel más claro que el resto, como si se hubiera retirado un armario o algo similar, pero no era así, ahí había una puerta que daba paso a una habitación, y eso no se puede retirar como un mueble.

El profesor dio tres pasos hacia atrás, miro hacia la izquierda, al fondo del pasillo, donde estaba el ascensor, con un botón que le haría subir para poder salir de ahí. Estiró la mano para tocar el papel limpio y tocó la madera.

La puerta estaba en su sitio.

Y siempre había estado ahí, obviamente, por mucho que un atontado se hubiera dejado impresionar por los documentos que había leído, por mucho miedo que tuviera la puerta estaba donde se puso en 1880, y si una simple alucinación le hacía abandonar realmente era un cobarde bravucón.

No dejó de tocar la puerta mientras introducía la llave en la cerradura, y entonces escuchó un gemido sensual, un "uuuh" femenino y decididamente estimulante justo al llegar al fondo de la cerradura, y había salido de la misma cerradura.

"Que aproveche" dijo en voz alta al pasillo, a la habitación que fuera, giró la llave y empujó la puerta sin sacarla. El débil chirrido de las bisagras era realmente parecido al gemido ahogado de una mujer, una mujer excitada gimiendo debajo de una almohada.

El profesor sacó la llave y cerró la puerta a sus espaldas.

Ahí la tenia, la vieja 616, toda para él.

Cerró la puerta a su espalda cuando encendió la luz de la entrada, no tenía nada que ver con la habitación, solía hacerlo siempre <<Si, claro>>, era una manía. No le gustaba entrar en una habitación y cerrar la puerta a oscuras.

La habitación sería de unos 30 m2, al entrar había un pequeño pasillo de unos 2 metros y medio, en cuya parte derecha estaba la puerta que daba acceso al cuarto de baño. El profesor abrió la puerta en cuestión, accionó el interruptor de la luz sin abandonar el pasillo y entró, dejó su bolsa encima de un pequeño mueble de baño sobre ruedas que había a la derecha del lavabo; en el mueble había una cesta con artículos de baño y en las bandejas inferiores las toallas, aparentemente limpias y suaves, si bien la idea de comprobarlo no le pareció afortunada al profesor, sin saber bien porqué. Sobre el lavabo un espejo grande cubierto con una fina capa de polvo, el director le había advertido de que la limpieza en esa habitación era superficial, y obedecía al mero instinto pulcro que se supone a todo buen director de hotel.

La bañera era más bien pequeña y de un tono amarillo pálido que claramente no era su color natural, en un estante en una esquina de la bañera había un perro de porcelana, un perro gris con las orejas en punta que enseñaba los colmillos; el profesor se acercó poniéndose de puntillas evitando tocar el borde de la bañera, le llamó la atención el detallismo de la figura, tanto que se habían moldeado varios insectos blancos que poblaban las patas del perro, la técnica empleada era tal que si miraba fijamente los insectos parecían moverse.

Dirigió una última mirada de asco a la figura, pasó la mirada rápidamente por el retrete y el bidet y salió. Abandonó el pasillo y encendió las luces de la habitación, tres bombillas de vela en la lámpara del techo y una lamparilla en cada mesa de noche. La cama era algo grande para ser individual y algo escasa para dos personas, estaba cubierta por una colcha rojo oscuro y el bulto de la almohada le hizo pensar en un niño muerto que descansaba ahí debajo con los brazos pegados al tronco, probablemente con los ojos abiertos.

Rió en voz alta ante ese pensamiento tan fuera de lugar y su propia risa le resultó amenazante, como si hubiera reído el niño muerto bajo la colcha y no él.

El espacio entre el pie de la cama y la pared era escaso porque ahí se encontraba el mueble sobre el que reposaba la televisión y tras cuya portezuela podía haber algo de alcohol…o una mujer amordazada y desnuda, o quizás ahí estaba su hermano y realmente no había muerto de leucemia con 12 años, a lo mejor estaba ahí escondido y si abría la puerta le miraría con ojos de 12 años, con su cabeza desnuda e hinchada, le miraría y le diría <<eres un desgraciado, te alegró que me fuera>> y el profesor no diría nada porque en parte era cierto, y cerrará el mueble para no verle pero seguiría oyendo la respiración ahogada de su hermano la noche que murió ahogado en la cama, aunque él dijo a sus padres que no había escuchado nada.

El profesor soltó una carcajada y empezó a toser sin dejar de reír, y entonces la idea de que su hermano vivía en esa habitación le pareció real. La certeza que le invadió se le agarró al pecho y se sentó en el borde de la cama para respirar profundamente e intentar centrarse.

Un hombre con su preparación, con su reconocimiento, no podía comportarse así, no podía dejarse llevar por historias de fantasmas, no podía salir de esa habitación siendo víctima de sí mismo mientras la habitación se limitaba a eso, a ser una habitación. Rebuscó en los bolsillos de la chaqueta, sacó un caramelo de eucalipto y se lo metió en la boca…el frescor repentino le animó y volvió a ponerse en pie.

En la pared del fondo tal como se entraba en la habitación estaba el armario de una sola puerta y a su izquierda la ventana por la que tanta gente se había tirado. No la abrió porque realmente era una noche gélida y no quería perder el calor de la calefacción. Se quitó la chaqueta y se descalzó, le gustaba el tacto de la moqueta azul oscuro de la habitación, una moqueta demasiado limpia y suave como para pertenecer a una habitación que se limpiaba tan poco. Una moqueta que en cuestión de un par de minutos estaba enfriándose muy rápido, el profesor cogió el mando de la televisión y saltó a la cama, se recostó con la espalda en la pared y encendió el aparato mientras se frotaba los pies, tan fríos de repente.

La imagen apareció en la pantalla con un zumbido de estática y el profesor soltó el mando sin darse cuenta, sus dedos se aflojaron y quedaron así, como la mano de un muñeco, a medio abrir o a medio cerrar. El profesor se inclinó hacía delante y su imagen hizo lo mismo.

En la pantalla se mostraba una panorámica de la habitación tomada desde un punto que correspondía a la posición de la ventana, si bien en las cortinas no se apreciaba nada extraño, menos aún una cámara. A la derecha de la imagen la cama con el profesor observándose absorto, el brillo del televisor reflejado en su rostro, a la izquierda, tras el televisor, el pasillo a oscuras en el que no se vislumbraba la entrada al cuarto de baño. Era como un agujero alargado y totalmente negro.

<<Vaya, vaya, se han tomado en serio esto de controlarme, porque si yo me veo ellos me ven, pueden apostar. Me gustaría ver la cara del genio que ha montado esto…>>y dirigió su puño hacia la cámara invisible y estiró su dedo corazón  mientras soltaba risotadas infantiles. Obvio es que el profesor ignoraba que  no había cámara, no había mando…es más, donde él veía la televisión había una vieja radio de válvulas que probablemente no funcionaba. La dirección del hotel no quería gastar dinero en un televisor para una habitación que no se usaba. No era rentable.

En ese televisor que no existía el profesor vio algo nuevo.

El pasillo ya no era un agujero negro, ahora estaba bañado  por la luz del cuarto de baño. Un llanto crepitó en los altavoces del televisor, saturados, y a los tres segundos sonó en el baño, era un llanto de niño, un niño acatarrado porque sonaba como una vieja locomotora cuando tomaba aire.

En el televisor un niño se asomó desde la puerta del cuarto de baño, la pantalla se fundió.

En la habitación el niño se acercó arrastrando los pies.

En ese momento el profesor asegura que garabateó una nota en papel del hotel, absolutamente aterrorizado ante la inminente aparición del niño. Sintió con frialdad la evidencia de que iba a morir y tanteó en una mesilla de noche, en la que había visto una libreta de notas y una pluma, ambas con el escudo del Blackbridge. Asegura que escribió "Perdona mi soberbia, oh Dios mío, acógeme en tu seno" y arrugó la hoja dentro de un puño para no soltarla.

El niño apareció por la esquina del pasillo pero el profesor apenas pudo mirarle porque el pequeño levantó un brazo en su dirección, ante ese gesto el profesor fue levantado en el aire por una fuerza invisible para a continuación ser estrellado contra la cama. Quedó inmóvil mirando hacia el techo, pudiendo observar cómo en la lámpara bailoteaban las llamas de tres velas que habían sustituido a las bombillas.

Si bien no podía mover la cabeza el profesor era consciente de que ya no estaba acompañado solamente por el niño, sino que era evidente la presencia de varios entes rodeando la cama, agarrándole piernas y brazos, susurrando, llorando, riendo. El resultado era un ronroneo metálico, una especie de mantra incómodo y blasfemo. A baja intensidad distinguía los ladridos de un perro, le vino a la cabeza la figurita del cuarto de baño, los insectos albinos correteando por las patas.

Una mano áspero le abofeteó el lado izquierdo de la cara y quedó mirando hacia la ventana, que se abrió dejando entrar el aire gélido del exterior.

Unos dedos aparecieron en el marco inferior de la ventana y tras ellos unas manos, unos brazo y finalmente un hombre que entró en la habitación resollando y sin dejar de mirar al profesor con sus ojos en blanco; era el vendedor de seguros, la primera víctima de la habitación, y las carnes caídas y ondeantes eran el recuerdo de su exceso de peso. Sin dejar de mirarle se arrodilló y acarició al perro, que efectivamente era una réplica viva de la figura de porcelana; el perro arrancó un colgajo de piel del cuello del hombre, que no dejó de acariciarle.

Entraron al menos una veintena de personas más por la ventana, todos clavando su mirada en el profesor desde que aparecían al otro lado, todos arrodillándose un momento a acariciar al perro.

El profesor comenzó a gritar cuando sintió los colmillos del perro en su muslo derecho, primero rascando y luego hundiéndose; los gritos eran interrumpidos por bofetones propinados por diferentes manos, distintas en tamaño y textura, más todas  poseedoras de una fuerza sobrehumana, a cada golpe el cuello del profesor restallaba como una cuerda de violín desgarrada.

Sentía cómo el perro desgarraba carne, músculos y tendones en sus piernas pero el dolor era lejano, ante todo sentía los tirones, la sensación de  sus propias piernas como seres inertes.

Llegó un momento en que sus propios gritos eran ya monótonos, se sentía como un niño que no deja de llorar aunque ya se haya olvidado del porqué de su llanto. Cuando miró a su izquierda y vio a su hermano jadeando sobre su cara despertó de esa monotonía, sumergiéndose de golpe en el dolor lacerante de sus piernas desgarradas.

Se tiró de la cama y comenzó a reptar hacia la puerta ayudado de las pocas fuerzas que quedaban en sus brazos. Pudo ver de refilón cómo el perro mordisqueaba sus piernas bajo la ventana. Su hermano le seguía jadeando y escupiéndole, caminando lentamente, con la tranquilidad del cazador tras la presa agonizante.

Por mucho que quiso erguirse sobre sus muñones el profesor no alcanzó la manilla de la puerta. No dejó de golpear con los puños mientras veía acercarse al fantasma de su hermano, podía oler el odio de su hermano muerto. La idea de lo que iba a hacerle dejaba el dolor de sus muslos como algo ajeno, el lamento de un compañero de celda.

Su hermano se agachó y, sonriendo, le dijo:

-Profesor, profesor…oh, mierda…>>

Eso es lo que parece ser que exclamó el botones que consiguió abrir la puerta de la habitación tras probar varias llaves. Caí a sus pies balbuceando incoherencias, empapado en sudor y, sí, sin piernas.

Es curioso que nunca se encontraron mis piernas, por increíble que pueda parecer, si bien el perro de porcelana desde aquella noche tuvo unos adornos más, unas manchas rojas en el hocico.

Igualmente inexplicable es que al subirme a la camilla los enfermeros me administraron un sedante que relajó mi cuerpo, incluidos los dedos que seguían sujetado la supuesta nota que yo garabateé en un momento de terror. La nota en cuestión resultó ser el certificado original de defunción de mi hermano y en el dorso, en una letra parecida a la mía, se puede leer <<Jadeo, jadeo, hermano, siempre jadearé".  Cómo llegó ese documento a mi puño sigue siendo un misterio.

Realmente no soy capaz de recordar nada desde el momento en que cerré la puerta de la habitación a mis espaldas hasta que el botones me arrastró fuera profiriendo gritos a diestro y siniestro. Después de ese recuerdo caí en la inconsciencia y solamente recuerdo fugaces despertares en los meses siguientes.

Estuve ingresado 10 meses en los que me fui recuperando de varias roturas, contusiones y demás lesiones. El Doctor House apuntó pacientemente mis relatos afiebrados y, junto con lo que pudo averiguar en el hotel, confeccionó el escrito que les he mostrado y que suelo usar cuando así se me solicita.

Muchas personas no entienden cómo puedo contar una y otra vez lo que ocurrió aquella noche y mi respuesta es siempre la misma. Aunque en el fondo más primitivo de mi ser creo que me pasó todo lo que han leído y más pienso que si soy capaz de seguir contándolo y recordándolo es porque realmente no estoy seguro de que todo eso pasara, y prefiero pensar que es producto de interminable noches de fiebres altas y, justo es decirlo, la fina narrativa de mi estimado Gregory.

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