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ce la mort

Por Tankian - 8 de Mayo, 2007, 0:13, Categoría: General

Los difuntos protestan en sus sepulturas, en Pêre Lachaise, porque están hacinados, para ellos el más allá es un vagón de metro en el que el olor a sobaco es una reminiscencia encantadora, es como el olor a chocolate caliente de la infancia para los muertos.

Los escritores braman citas y blasfemias de tumba a tumba, aunque no pueden verse al no conseguir mover los párpados sí que se escuchan. Los escritores difuntos están enterrados los unos cerca de los otros y tantos años de ojos cerrados los conservan como murciélagos, capaces de saber quién ronca y quién no, cuál se mofa de algún verso o quién llora como un niño algunas noches, todo ello con un margen de error bastante minúsculo.

Uno de ellos se cisca en los muertos (mejorando lo presente, añade) del español Manrique por esas coplas a su puñetero padre con todo eso de que el rico y el pobre acaban en el mismo mar y esas cosas. Qué se lo cuenten a ellos, míseros bohemios que murieron con la botella en la mano de sífilis, de frío o de lo que la ruleta marcara en ese instante; todos enterrados en ataúdes de baratillo que se pudrieron hace muco tiempo…que uno está muerto, sí, pero no es digno estar tragando barro una noche sí y otra también.

Los ricachones están en sus ataúdes de pino, de roble y hasta de mármol, tan a gustito dentro de lo que cabe en sus mausoleos horteras con las estatuas empujándose entre ellas, agobiadas en su quietud.

Los nuevos no son bien recibidos porque quitan lustre al camposanto, y es que los visitantes no van a ver tumbas relucientes del año pasado, si no a admirar las viejas lápidas, a mucha honra viejas e históricas que clama a quien quiera escuchar el propietario de una pequeña tumba de finales del XVIII. Y es que a nadie interesa las historias sobre aviones y aparatos de los recién llegados, no es ese el ambiente que se quiere respirar bajo aquella tierra.

Los hay que siguen subidos en el pedestal y cuentan las visitas a su morada, y los flashes de las cámaras son para ellos una palmadita cariñosa en su esquelética espalda, y saludan a voz en grito mientras los vecinos se burlan <<eso eso, grita hija, a ver si te oyen>>. Y la Piaf llora teatralmente porque sabe que sus convecinos no le hacen ya ni caso a ese amargor suyo tan pregonado, ya ni siquiera escuchan sus canturreos, que fueron todo un acontecimiento en los años que siguieron a su entierro por esos lares. Cuando se cansa no se escuchan los gemidos lastimeros de Edith, pero siguen por dentro, seguro.

Por la parcela 6 sigue el runrún  de que Morrison a veces habla o entona alguna cosa o eructa u otras cosas. El señor cuya tumba se toca con la del ya mencionado no hace ni caso de las historietas porque nunca en su muerte ha oído ni un soplido en el agujero que hay justamente tras su coronilla, y si puede hablar tranquilamente con los demás de la zona no será por su dureza de oído, que lo conserva divinamente.

Los que reposan alrededor de Fred Chopin le oyen silbar cosas que compone, y es que se pasa las horas componiendo más que hablando, y es que alguna vez comenta que no le gusta estar enterrado ahí  y por eso ofrece dos opciones, componer o enfurruñarse, así que casi siempre compone, y como no hace otra cosa lo memoriza todo.

Lo malo de estar enterrado allí son los niños, y no porque sean revoltosos y no haya forma de tenerlos controlados, ojalá. Lo que ocurre es que los niños cuanto más pequeños mueren peor lo pasan después. Los hay que llevan dos siglos allí y siguen llorando de puro pánico a la oscuridad y al escuchar hablar a los muertos por todos los puntos cardinales. También les pasa eso a gente mayor que en vida se había obsesionado con la muerte, aterrados ante la idea de que llegaría algún día. Y claro, llega y es como si su agonía se prolongara, para siempre. Y no digamos ya si además de obsesionados tenían miedo a la oscuridad.

Un barón o conde o algo por el estilo está enterrado de pie en una pequeña casita  y tiene atado al dedo corazón de la mano derecha un cordel que está enganchado a una campanilla que asoma fuera de la construcción, justo por encima del tejado. También tiene dos velas gordas y unos fósforos metidos en una caja metálica. Realmente es angustioso escuchar sus alaridos de pura rabia al no poder mover ni un átomo de su cuerpo (inexistente ya, pero eso también lo desconoce) para hacer sonar la campanilla (a veces sueña con su delicado sonido, incluso los silbidos de Chopin son para él aguijonazos de desesperanza) y mucho menos para encender las velas. El pobre está convencido de que ha despertado de un ataque de catalepsia y hace oídos sordos a los comentarios de los demás, ya que de por sí no acepta que sean muertos los que le aconsejan.

El hombre sigue haciendo fuerzas para mover un dedo, con pausas y medida para no acabar manchando los pantalones, que bastante tienen ya en Paris con lo que van dejando los caballos por la calle.

Ah, los caballos, lo primero que haré al salir de aquí será ir a casa en un carruaje.

En cuanto mueva el dedo.

 

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