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23 de Mayo, 2007

Cap. III

Por Tankian - 23 de Mayo, 2007, 19:26, Categoría: PROYECTO KICKAPOO

>III<

Geoffrey  Gaunt era parte de Kickapoo y se podía decir sin miedo a equivocarse que Kickapoo corría por sus venas como el río Lee corría a las afueras del pueblo, bajo el viejo puente de madera que el abuelo de Geoffrey ayudó a levantar, que su padre reforzó y en cuyas obras de modernización había participado él mismo. Aquel puente era una huella que los Gaunt habían dejado en su tierra, una de tantas.

La librería Gaunt  nació con el pueblo, al principio era una cabaña de madera que se nutría de los libros que llegaban en el tren y con los años pasó ocupar la que fue mansión de los Muster, donada a los Gaunt, y por extensión a Kickapoo, con la única condición de que se usará como librería, a lo que se ayudaba incluyendo en la casa la admirable colección que formaba la biblioteca de la mansión desde tiempos muy lejanos.

La madre de Geoffrey le trajo al mundo en la trastienda de la librería, que había sido habitación del servicio y que fue el lugar en el que soltó su primer berrido porque ahí se encontraba el colchón más cercano cuando se hizo evidente que llegaba el momento.

En sueños Geoffrey contaba que recordaba cómo salió y ya entonces paseó su mirada por los montones de libros apilados contra las cuatro paredes. La gente se reía ante su convencimiento pero de vez en cuando le pedían que lo contara.

Aprendió a leer muy pronto y siempre se le veía con un libro en la mano, suplió el no pisar un aula en su vida con las horas y horas que pasaba entre páginas, devorando y llenándose la cabeza de datos y de historias.

Nunca se habló del hecho de que fuera a llevar la tienda cuando su padre se viera incapaz de hacerlo, era algo evidente y cuando llegó el momento cogió el mando del negocio sin que se tuviera que hablar nada de nada. Los proveedores y los clientes forasteros trataron con él como si siempre hubiera sido así, como si todo el mundo supiera que Geoffrey sería el dueño un día de esos.

Ciertamente Kickapoo era un pueblo peculiar, tenía el honor de que nada menos que diez habitantes del pueblo habían ganado alguna vez en el programa Quiz Wait Full, el concurso estrella de la televisión del condado. También era famoso su concurso anual de cuentos y en la feria del libro del condado se daba cita prácticamente el pueblo entero.

La ancestral afición del pueblo por la lectura venía en gran parte de que hubiera una librería desde los inicios de Kickapoo, desde que era una pequeña aldea, cuatro casas hechas deprisa. El primer letrero que marcaba la entrada al pueblo lo clavó con sus manos el abuelo Gaunt y rezaba “Bienvenido a Kickapoo- visite nuestra librería”.

Geoffrey había dejado claro desde la más tierna infancia que siendo hijo único en él acababa la dinastía Gaunt y desde que quedó patente con sus aventuras amorosas comenzó a latir en la familia la alarma: ¿quién se haría cargo de la librería cuando Geoffrey, ese niño, envejeciera y tuviera que dejarla? ¿Qué sería de Kickapoo sin la librería Gaunt?. Al igual que tantas cosas en el pueblo nunca se hablaba del tema, pero había una sensación desapacible que se mantenía firme con el paso de los años.

El día de su 70 cumpleaños Geoffrey cerró la tienda como de costumbre y pegó una nota junto al cartelito de “Cerrado”.

“Se traspasa el negocio por jubilación. Preguntar dentro”

Esa nota desató un murmullo en Kickapoo, todos sabían que nadie cogería la librería, los Gaunt eran los Gaunt y nadie se creía con derecho a tomar su lugar. Geoffrey lo sabía de sobra y por eso lanzó a rodar la noticia en la feria del libro, un par de meses después de haber pegado la nota en la puerta de la librería.

Un día se dejó caer por el stand de la librería Jake, el hijo de Mónica, una chica que la familia había tenido en la casa desde muy joven y que había sido como una hija para Geoffrey hasta que cayó fulminada por un ataque cardiaco en la misma habitación en la que Geoffrey dio aquel primer repaso a los libros aún rebozado en líquido amniótico. Mónica tenía 38 años y una salud esplendorosa, los médicos no supieron explicar ese inesperado infarto. Jake estudiaba en un internado en la carretera de Castle Rock y allí hizo su vida. De vez en cuando pasaba  ver al “abuelo Geoffrey” y charlaban sobre lo humano y lo divino.

Aquel día en la feria Jake le preguntó si ya había encontrado algún “buen samaritano” que quisiera quedarse con el negocio. Geoffrey negó mientras repasaba una caja de cuentos infantiles que quería poner en oferta y soltó una risilla que Jake reconoció, la risilla marca abuelo Geoffrey que significa más o menos “es de noche, estamos en noviembre y en pelotas en medio del prado ¿qué esperabas, calor?”.

Jake le  comentó que una compañera de trabajo de Emma, su novia, conocía a alguien que buscaba precisamente una librería; Geoffrey le extendió una tarjeta sin dejar de pasar tomos entre los dedos y se olvidó del asunto. Jake tenía centenares de tarjetas como esa en su casa pero se la metió en un bolsillo y al cabo de unos días fue a recoger a Emma a la oficina y se la dio a su compañera, Annie.

 

 

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