Le dijo que podía convertir una rosa blanca en una rosa roja.
Era un truco de la familia, le comentó. Ella reía siempre. Él callaba y miraba al frente.
Hacía frío, de noche, estaban sentados en un banco lleno de pintadas monstruosas, ella se refugiaba bajo su brazo. Fumaban, compartían el humo.
El humo se confundía con las nubes que les salían de la boca.
Le mostró la rosa blanca. Ella rió cansada y agachó la cabeza.
Le dijo que se había ganado ver la magia, el truco familiar, repitió.
Ella salió de su abrazo, se puso recta con las manos sobre los muslos como una alumna interesada. Él puso la rosa a la altura de los labios de ella, ella la beso riendo.
Lo hizo.
La admiración la enmudeció. Los grillos lanzaban alaridos.
El golpe sordo de ella contra el suelo fue el aplauso. Él sonrió.
La rosa era roja.