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Cap. X

Por Tankian - 4 de Julio, 2007, 12:59, Categoría: PROYECTO KICKAPOO

X

- Pobrecilla, tan joven, y en la flor de la vida. Nunca sabes cuando te va a tocar a ti.

La señora Combs era mayor, pero no una anciana. No era absolutamente nada parecido al resto de mujeres de su edad, no, ella era diferente, y eso era lo que había conquistado años atrás al imprevisible Matthew Combs.

El matrimonio no siempre había vivido allí, la verdad es que procedían de muy lejos, cada uno de una punta diferente del país. Matthew se había criado en Los Ángeles, en los alocados años 50, con chicos y chicas que correteaban por la playa con sus tablas de surf y sus coches descapotables, con aquella música tan moderna a todo volumen. Aquellos años tan cruciales habían hecho mella en el joven e inocente Matthew, que por aquel entonces solo tenía 8 años.

A los 18 comenzó sus estudios en la U.C.L.A., pues siempre le había llamado la atención el cine, ese mundo fantástico en el que tu podías crear tu propio universo y mostrárselo a la gente, que atravesase sus retinas y llegase a los más profundo de su alma.

Matthew descubrió en la universidad todo el esplendor del movimiento hippie. Conoció a mucha gente que hablaba de la paz mundial, el amor libre, el misticismo oriental y todo aquello que en aquel momento Matthew reclamaba: libertad. Y así, en un viaje a San Francisco, la ciudad emblema del hippismo, la conoció: Theresa Lee Sweetville. Ninguna droga le había hecho sentirse de aquel modo jamás. Su cara era de porcelana, la piel tersa y suave, como si tan solo tuviese 15 años,  con aquellos ojos azules claros, tan claros que podías ver perfectamente a través de ellos; el reflejo del sol en su pelo castaño cobrizo, y esa sonrisa pura y virginal acabaron cautivando el corazón del entonces alocado y extravagante Matthew. A los 3 meses estaban casados. A los 6 años, él había muerto.

- Lo sé mamá, es una desgracia. ¿Cómo ha pasado?

- No lo sé hijo, con la sorpresa ni se me ha pasado el preguntarlo.

- Es igual. De todos modos a lo que había venido era para despedirme. Ayer vi la librería y es exactamente lo que necesito ahora, una salida para desembarazarme de todo lo que está pasando a mí alrededor.

- Ay mi pequeñín, que bien ha hablado siempre.- Exclamo, le agarró dulcemente del mentón y le besó en la mejilla. Los dos sonrieron.

- La verdad es que esta está siendo la peor etapa de mi vida: primero lo tuyo del corazón…

- No digas tonterías, ya dijo el médico que era un ataque pasajero y sin… como, como dijo…

- Sin presuntas repercusiones.- A lo que acompañó un suspiro de desconsuelo por parte de Charlie.- Pero eso no me basta. Además, después  vino lo de Laura, ahora Sandy…no puede ir peor.- Y Charlie se hundió entre sus piernas, acariciándose la nuca con la palma de las manos.

- Cariño, a mí me tienes aquí, y mientras sea así no tienes que preocuparte.

Charlie miró a su madre. Ella seguía conservando aquellos ojos cristalinos que embaucaron a su padre y que, en modo alguno, también le embaucaban a él, haciéndole sentir mas cómodo y tranquilo.

Tras pasar un rato abrazado Charlie cogió la cazadora, se despidió de su madre y desapareció por la puerta. Adiós mamá, pensó Charlie.

Siempre había mantenido con su madre más que una relación de madre e hijo, sino que ella había sido siempre como su mejor amiga. Ella había sido siempre tan abierta, cotilleaban, él de pequeño le contaba quien le gustaba, pasaban horas y horas charlando, pero sin embargo, nunca había podido llorar delante de su madre. Nunca se lo había permitido, ni siquiera con la muerte de su padre, a pesar de tener tan solo 5 años en aquel momento. Era esa necesidad de seguir a flote, si él no mantenía la compostura su madre acabaría derrumbándose; él tenía que ser fuerte y aguantar. Y esa costumbre le había llevado a tratar de ser el pilar de todo lo que le rodeaba, pero, cuando poco a poco todo lo que él estaba sujetando se desmoronaba, el equilibrio y la balanza comenzaban a agrietarse, sumiéndole en el dolor que llevaba toda la vida reprimiendo.

Llegó a casa, acarició a Hendrix y se sentó en la cama. Entonces pudo llorar.

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