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Cap XIII

Por Tankian - 12 de Julio, 2007, 13:05, Categoría: PROYECTO KICKAPOO

XIII

El supermercado era grande y profusamente iluminado, como un quirófano o una nave alienígena; Charlie se quedó parado en la entrada hasta que el chorro de aire frío que despedía una rejilla le empezó a escocer en la nuca. Se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón y palpó el rectángulo de la cartera con la lascivia de una cazafortunas sobando su Visa platino. Así se sentía de repente, con unas ganas tremendas de comprar cosas, como si aquello fuera una joyería de Sunset Boulevard y no un “Sammy’s Price” (ni le sonaba, ni puñetera falta que le hacía).

Por el hilo musical Garth Brooks cantaba sobre un descapotable y una jovencita en el arcén, Charlie caminaba marcando el ritmo con el cuello pese a que odiaba el country desde su más tierna infancia. Cogió un carro y pasó por la barra de entrada, encima de la estantería de bollería un cártel impreso con varios dibujitos del Word confirmaba que en pedidos superiores a los 30$ el reparto a domicilio era gratuito. Charlie metió en el carro una cesta de plástico para coger lo que iba a necesitar ese día y el resto pediría que se lo llevaran.

Recorrió los pasillos tomando impulso y subiéndose a la barra trasera del carro para deslizarse unos metros, saltaba en cuanto veía algo que coger y silbaba las canciones que susurraban los altavoces. No había nadie exceptuando a la cajera, una chica regordeta que leía una revista mientras estiraba un chicle. Todas las estanterías estaban repletas y exquisitamente ordenadas pero no había rastro de reponedores, no había reponedores en la costa, pensó Charlie antes de empezar a reír sin saber bien por qué, la chica levantó la vista, le miro durante un par de segundos, hizo una pompa y volvió a su lectura.

Charlie llenó el carro de todo lo que se suponía que debía tener una cocina bien surtida, la cesta era una mitad de chocolates y zumos y la otra un pastel de atún para microondas y varias bolsitas de frutos secos, eso sería su sustento hasta que le llegara el resto.

Cuando  rellenó la hoja de pedido y se la devolvió a la cajera esperaba que ésta hiciera algún comentario sobre la dirección o que algún gesto la delatara, pero se limitó a darle la copia e informarle de que a primera hora de la mañana se lo llevarían porque el muchacho encargado estaba examinándose en Derry. Charlie le agradeció la atención a la coronilla de la chica, que había vuelto a agachar la cabeza, y salió con sus bolsas al exterior, a ese mundo caluroso en el que no se cantaba sobre banjos y montones de heno.

 

En el corto trayecto entre el supermercado y su casa Charlie se comió dos barritas Mars, un bote de zumo de mora y un puñado de almendras azucaradas. Este curioso ansia por devorar azúcares y conservantes parecía eclipsar algo que no encajaba, una pieza en la cabeza de Charlie que no estaba donde tenía que estar. A Charlie nunca le había gustado demasiado el dulce, aún recordaba las broncas a Laura por comer esas guarrerías a escondidas. Quizá ese repentino impulso glotón era un acto inconsciente de recuerdo, una reafirmación ahora que huía de su pasado, una aclaración ante quien correspondiera.

 

Charlie metió el contenido de las bolsas en la nevera y dejó el pastel de atún en un plato al lado del microondas, lo agujereó con el dedo y se lo chupó, algo que no había hecho desde que su madre le regañó por agujerear la tarta de manzana de su duodécimo cumpleaños.

Se sentó en el taburete tras el mostrador de la librería y encendió el ordenador que había instalado al lado de la caja registradora que había limpiado y que le encantaba conservar. Con el ordenador podía acceder a la Red de Libreros de Maine y a las direcciones electrónicas de los principales proveedores, con lo cuál los procedimientos eran mucho más rápidos y los pedidos se gestionaban en bastante menos tiempo que con Gaunt, que seguía apostando por el correo postal porque los ordenadores no le inspiraban ninguna confianza.

Había puesto un cartel en la puerta anunciando la reapertura para el día 10, lo que le dejaba seis días para terminar la base de datos con todos los volúmenes con los que contaba en la librería. Gaunt le había dejado sus listados a máquina pero estaban llenos de anotaciones y correcciones y Charlie llevaba demasiado tiempo en el perverso mundo de los inventarios informatizados y no pensaba abandonarlo.

Abrió la base de datos, había introducido seis folios de la lista de Gaunt y le quedaban otros treinta, por lo tanto tenía que ponerse en serio si quería tenerlo todo a tiempo, más cuando al pasar todos los listaos podría saber qué pedido hacer y no le apetecía empezar con retrasos en su llegada al pueblo; Gaunt le advirtió de que la gente en Kickapoo era muy exigente con los libros, eran algo muy importante en la comunidad y ser su librero podía ser como ser el alcalde o el sheriff, pero ser un mal librero podía ser mala cosa.

Sonó el aviso de nuevo correo electrónico, Charlie miró el reloj del ordenador, llevaba unas cuatro horas tecleando, por las rendijas de  la persiana de la puerta  se colaba el sol aún con fuerza. Encendió un cigarrillo y entró en la bandeja de entrada entornando los ojos.

Efectivamente tenía un mensaje nuevo recibido a las 18:13 del 4/06/2007, el remitente estaba en blanco y el Asunto era EL VECINO DEL MURO DE AL LADO. Charlie abrió la captura que había hecho en su día en el Google Earth y la observó con atención. No había duda, el único muro vecino a su casa era el del cementerio.

El cigarrillo le quemó un dedo y lo arrojó al suelo maldiciendo entre dientes. Se acomodó en el taburete y abrió el mensaje de su vecino.

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