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21 de Septiembre, 2007

Murmullos

Por Tankian - 21 de Septiembre, 2007, 0:58, Categoría: Paranoids

Voy a presentar un relato a un concurso convocado por una web, como no se me ocurría nada nuevo he cogido algo que escribí en este mismo blog,  breve y que me dejó bastante contento  y lo he estirado hasta destrozarlo:

Se acercó a la ventana mientras intentaba centrarse el nudo de la corbata con unos dedos anestesiados y torpes que podían pertenecer a cualquiera. Su reflejo en el cristal se adivinaba como un fantasma, el rostro blanco, el traje oscuro casi invisible.

El cielo se aclaraba tras las azoteas, resistían algunas estrellas temblorosas, se partía el firmamento entre la noche y el amanecer, los colores no eran bellos, si no tristes y fríos.

Tras la puerta de la habitación los murmullos llegaban desde la cocina, los ruidos más nimios le parecían amplificados como si el pasillo fuera infinito. Los siseos de las faldas al agitarse, el tintineo de las tazas entrechocando, la catarata del café desde la cafetera, todos ruidos obscenos, mal disimulados, jocosos…los murmullos hablaban sobre él, sonaban como un grupo de ancianas enlutadas en la iglesia, como su abuela rezando el rosario cada noche el acostarle, la letanía que se arrastraba, las cuentas de madera en su mano rasposa.

Se sentó al borde de la cama y tensó la espalda a la espera de su abrazo, de sus manos ardiendo en sus brazos, sus senos en la espalda, un buenos días esbozado, un beso en la nuca, su aliento. Entre los murmullos de la cocina creyó percibir una risilla ahogada por unos dientes apretados, las gotas de café contra el suelo. Se levantó de un salto, se giró, levantó las sábanas, palpó para asegurarse, suspiró.

Pasó un rato agarrando el pomo de la puerta, se sentía como aquellas veces en las que su madre le compraba ropa ridícula y le obligaba a ponérsela para que le vieran las vecinas, le ardía la cara.

Al abrir la puerta el pasillo le pareció efectivamente más largo, en el otro extremo la puerta de la cocina estaba abierta y las cabezas giraron, crujieron los cuellos oxidados. Allá a lo lejos la cocina parecía una pantalla y la gente vestida de negro que le miraba era un conjunto escultórico, una horda de almas a las que él observaba con temor.

Bajó la mirada y se metió en el cuarto de baño, cuando cerró la puerta los murmullos volvieron más graves, más evidentes.

Abrió el grifo del agua fría, tapó el desagüe y lleno el lavabo hasta que el agua  amenazó con desbordar. Dobló la corbata hacia su espalda y metió la cara en el agua con los ojos cerrados, las orejas asomaban y los sonidos burbujeaban.

Quitó el tapón y se secó los zapatos, cuando el agujero se tragó el agua acercó la boca y le llamó en voz baja. Pegó una oreja, se mojó, era agradable. No le contestó.

Salió del  baño y entró en la cocina, se encogió pero cuando sintió el primer abrazo rompió a llorar. Todos  le abrazaban y le empujaban hacia otros brazos, le pasaban de un abrazo a otro, él lloraba mareado. Una mano caliente le secó  las lágrimas.

Cuando el féretro comenzó a descender con un zumbido él se soltó de los brazos que le sujetaban para que no se derrumbara; al liberarse las piernas se le doblaron y necesitó apoyarse en un hombro para no caer. La última flor de la corona desaparecía de su vista cuando se irguió y se acercó al borde del agujero. Los murmullos eran ahora gritos  y cacareos, varias personas dieron un paso adelante para agarrarle, el cura carraspeó y bajó su librillo unos centímetros. Él levantó la mano y su palma les calmó.

Sacó el anillo y se lo llevó a los labios, el sol le arrancó un pequeño resplandor a los restos de saliva. Se arrodilló, el féretro estaba cerca, el hoyo no era demasiado profundo y eso le tranquilizó.

<<Cariño, escúchame, (una ráfaga de aire agitó las flores de la corona, el lazo acarició la tapa), ¿quieres ser mi esposa, cariño? Sé que suena estúpido, pero necesito que me contestes>>

Abrió la manó, el anillo golpeó la madera, giró de pie varias veces y quedó inmóvil. Se levantó y se dejó llevar por una multitud de brazos de llantos fingidos, volvió la vista, a esa distancia no se advertía el agujero en la hierba.

En el coche pegó la frente a la ventanilla, sus padres se susurraban cosas delante y su abuela le agarraba una mano, estaba tan fría, le daba angustia. Cuando llegaron la frente le dolía; bajó del coche sin despedirse, escuchó cómo se alejaba cuando giró la llave en la portería.

Abrió el buzón y todas las cartas para ella las dejó dentro, solamente cogió un folleto de publicidad en el que la gente reía enseñando los dientes. Al cerrarlo cogió la etiqueta con sus nombres, el buzón quedó huérfano y abierto.

En el ascensor pulsó el botón y mientras subía alargó su brazo izquierdo para rodearle la cintura, su brazo dibujó la curva y cayó fulminado, su mano inerte golpeo su cadera.

Entró en la casa y el silencio le apretó la nuez, tragó saliva, cerró al puerta y se apoyó en la pared con las llaves colgando de un dedo. Se escurrieron y sonaron como un plato al romperse.

En el salón el contestador parpadeaba, el piloto rojo parecía la boquilla de un cigarro encendido entre unos labios obsesivos. Se acercó y pulsó la luz.

Crepitar, un golpe.

Su voz.

<< Sí >>

 

 

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