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19 de Noviembre, 2007

Cap XVIII

Por Tankian - 19 de Noviembre, 2007, 12:21, Categoría: PROYECTO KICKAPOO

XVIII

Colgó el teléfono y caminó por la cocina sin rumbo alguno. Sus labios ya no podían silbar y en su cabeza, como pilotos kamikazes, miles de pensamientos y tejemanejes se estrellaban entre sí intentando encontrar sentido a lo ocurrido. Pero por muy rápido que pensase nada bastaba para dar con la respuesta adecuada.

Las bolsas que el chaval había traído seguían esparcidas en el suelo de la cocina, apoyándose unas con otras en un intento de no volcarse del todo. Charlie apartó por un momento la mente de su investigación propia y comenzó a sacar de las bolsas las ingentes cantidades de comida que no recordaba haber comprado, al menos no tantas desde luego. Y entre bolsa y bolsa, y filetes de pollo y empanadillas congeladas, Charlie giró sin saber muy bien por qué, la cabeza y clavó su mirada en la puerta trasera de la cocina. Allí se encontraba la extraña mujer del paraguas, y aunque no radiaba el sol de aquella ocasión, desde luego su uso seguía siendo totalmente inadecuado. La mujer sonreía; las marcadas franjas de su cara, de entre las cuales no se adivinaba con seguridad cuál era la boca, sonreían también, de una manera perversa, mientras la sombra del paraguas oscurecía aquel ajado rostro. Pero no miraba a Charlie, sus ojos apuntaban más atrás, a un espacio vacío cerca de la puerta interior de la cocina, cuando levantó la frágil mano que tenía libre y la agitó de un lado a otro como una adolescente el día de su graduación.

Charlie miró alrededor tratando de ver si, por cualquier motivo, Hendrix se encontraba por allí y era él quien recibía tan afable saludo. Pero no, estaba solo. Entonces Charlie levantó también el brazo, sonrío, sin poder dejar de mostrar extrañeza, y la saludó como ella hacía con la cocina. La mujer giró la cabeza y todas las arrugas se relajaron como si estuviesen sujetas por un resorte. Lo que era una especie de boca dejó de sonreír y sus ojos ya no brillaban con aquella alegría, al igual que la mano que bailaba de un lado a otro se paró de golpe, bajando poco a poco a su posición natural. Charlie siguió sonriendo, pues no sabía que hacer en aquella situación, inusual como poco. La anciana siguió asesinándolo con la mirada durante otros diez segundos y, como si de un fantasma se tratara, fue desapareciendo poco a poco al otro lado de la puerta de la cocina.

Un silencio ensordecedor enmudeció la cocina y Charlie continuó en la misma posición durante otro minuto, sin poder explicar a que había venido aquella situación. “Esto cada vez está más jodido”, pensó Charlie, quien no podía imaginarse antes de llegar a Kickapoo que las cosas iban a ser así. Y en aquel total silencio oyó como alguien caminaba cerca de la puerta principal. Antes de llevarse otra extraña sorpresa acudió a toda velocidad a la puerta para comprobar qué estaba sucediendo.

Cuando la abrió lo único que pudo ver fue una cinta de vídeo a los pies de la puerta, sin ninguna etiqueta ni caja y polvorienta, con barro reseco encajado en los bordes que la delimitaban. La recogió del suelo, la limpió todo lo que pudo con la manga de la camisa y entró de nuevo en la casa dispuesto a ver el regalo que le habían dejado. Introdujo la cinta en el reproductor que el señor Gaunt, “en paz descanse”, dejó allí al comprar la librería y apretó el botón de play en el mando.

La imagen que aparecía era la de una ventana, en mitad de la noche, con luz en su interior, pero Charlie no reconocía dicha casa. La cámara se acercaba poco a poco, como unos 50 centímetros y se volvía a detener, sin dejar de apuntar nunca hacia la ventana iluminada, que irradiaba una luz naranja que iluminaba la parte que se encontraba frente a esta, con un pequeño camino de tierra que rodeaba la fachada. Pero entonces la luz de la casa se apagaba y pocos segundos después la grabación hacía lo mismo.

Charlie no se movió del sitio, ni se inmuto, mientras trataba de reconocer aquella casa que, por algo que no sabía muy bien qué, le sonaba de algo, cuando cayó en lo que su cerebro andaba rondando.

Salió despedido hacia la puerta de entrada. La abrió de un empujón y corrió por los alrededores tratando de encontrar a quien fuese que le hubiese dejado aquella cinta en el umbral de su puerta. Cuando dio por imposible encontrar al autor, volvió cabizbajo a la casa, arrastrando los pies, mirando de vez en cuando por si veía a alguien, pero no pasó nada, solo sus pies rozando el arenoso suelo.

Cuando entró de nuevo se sentó en la primera silla que vio y echo un vistazo por la casa, como inseguro. Aquel vídeo, aquella casa, era como el que había recibido pocas noches atrás en el e-mail, solo que este nuevo era más largo y se podía ver como al final se cortaba la luz del interior que iluminaba el camino de tierra circundante. Pero ¿por qué él?, ¿qué tenía que ver con aquella ventana?, ¿acaso debería buscarla, por sabe Dios qué motivo?

Cortó todas las preguntas que le rondaban y siguió sacando comida de las bolsas, en silencio, casi inerte; al fin y al cabo, era otro día más en Kickapoo.

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