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15 de Enero, 2008

Cap XIX

Por Tankian - 15 de Enero, 2008, 0:20, Categoría: PROYECTO KICKAPOO

XIX

Charlie acabó la informatización del catálogo justo a tiempo para la apertura. Encargó una limpieza a conciencia en la librería a la señora Noodles, recomendada por Chuck, ya que aparte de su vecina también limpiaba de vez en cuando en su casa.

Edna, que así se llamaba, era una mujer pequeña y robusta, de esas que no tienen una edad definida, se podría aventurar alguna entre los 50 y los 65 y no sorprenderse con la respuesta. Había nacido en el pueblo, según le comentó Chuck cuando Charlie le preguntó por alguien que pudiera limpiarle el local, y vivía sola en la casa que había sido de sus padres y que se había quedado a la muerte de estos, ya que era hija única.

Toda la información sobre Edna que pudo reunir salió de la boca del muchacho, ya que la señora no abría la suya salvo para lo estrictamente necesario, y aún entonces se adivinaba la desgana. Eso sí, la librería la dejó resplandeciente y con un ligerísimo aroma a limón que realmente encantó a Charlie tanto que le preguntó el producto que había usado. Edna le dijo que le haría llegar una botella y salió de la casa como había entrado, veloz como un rayo.

La mañana de la apertura Charlie se despertó un par de horas antes de lo normal, nervioso como cuando iba de excursión en la escuela. Se preparó un buen tazón de café con un chorrito de miel y se acodó en la ventana del salón que daba a la fachada a observar el amanecer mientras daba pequeños sorbos.

Entonces paró un coche frente a la casa, bajó un hombre vestido con un una camiseta de tirantes y una bermudas, ambas verdes, que se acercó a la puerta de la librería levantando nubecillas de polvo sobre sus chanclas. Desapareció del campo visión de Charlie al subir los tres peldaños del porche y volvió a aparecer al momento mirando el reloj de su muñeca izquierda. Entró al coche y arrancó, tocó una vez el claxon a modo de ¿saludo? y volvió a la carretera, saliendo de cuadro por la izquierda tras el muro del cementerio, dirección al puente.

Charlie supuso que el hombre paró para confirmar la fecha de apertura o el horario, le sorprendió el gesto sin saber por qué, posiblemente no esperaba que en un pueblo pasara algo así, tan habitual en la ciudad. Ciertamente era una pamplina pensar en algo tan normal, así que en un par de sorbos su cabeza repasaba los pedidos que había hecho para esa primera semana e imaginaba cómo serían sus primeros compradores.

Cuando apuró el café y se disponía a darse una ducha otro coche paró bajo la ventana y el conductor repitió los movimientos del anterior, bocinazo incluido. Cuando partió proa hacia el Lee una furgoneta desde la que llegaba una música inidentificable aparcó sin abandonar del todo el asfalto y su ocupante, un chico con el pelo recogido en una coleta, representó la misma escena, punto por punto.

En los diez minutos que Charlie permaneció asomado con la boca bien abierta un total de doce personas visitaron su porche, dejando todos el escenario con sendos toques de claxon.

Charlie se duchó frotándose con ganas por si de esa forma pudiera quitarse la sorpresa del cuerpo. Empezaba a comprender las advertencias de Gaunt respecto a la importancia de la librería para el pueblo, y esa materialización de algo abstracto y que le sonaba tan exagerado tenía algo de mágico y otro tanto de acongojante.

Cuando bajaba las escaleras con el tazón vacío en una mano escuchó la furgoneta de Chuck parando frente al garaje. Desde que se habían conocido Chuck había pasado varias veces cuando tenía algún hueco; siempre aparcaba frente al garaje y golpeaba con los nudillos el portón, nunca había llamado a la puerta principal, la de la librería, porque decía que el iba a la casa, no al negocio, dando a entender una confianza entre los dos que declaraba ufano.

Charlie salió al garaje y levantó el portón, Chuck le dio una botella sonriendo con los ojos enrojecidos por el sueño:

-La señora Noodles dice que tome, su producto- era una botella de agua mineral de medio litro llena de algo como una limonada espumosa- dice que con esto debería bastarle para casi un año-

-¿Con esto?- Charlie agitó la botella y el contenido apenas tembló un poco, burbujitas subiendo desde el fondo lentamente-

-Si, dice que cuando quiera usarlo cuatro bolas pequeñas de algodón y ponga cada una en una esquina de la librería antes de irse a la cama. A la mañana siguiente los algodones estarán duros como una piedra y el aire fresco y oloroso- Chuck consultó el reloj y se encaminó a la furgoneta- Esas han sido sus palabras, ni una coma más ni una menos-

-Perfecto, le daré las gracias en cuanto la vea. Que tengas un buen día.

-Y usted señor Combs, le quedan diez minutos para el gran estreno.

-Cielos, diez minutos. Hasta luego, Chuck

-Hasta luego señor…Charlie, suerte.

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