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Cap XX

Por Tankian - 27 de Febrero, 2008, 0:33, Categoría: PROYECTO KICKAPOO

XX

Mientras observaba fijamente la puerta de la librería y como la luz penetraba por el cristal dejando ver las microscópicas partículas de polvo revoloteando a su alrededor, Charlie se metía cuidadosamente la camisa por el pantalón, la cual había comprado hacía relativamente poco tiempo. Faltaban unos escasos 5 minutos y afuera el sol brillaba sobre la desértica carretera que separaba la librería del resto del pueblo, que en aquel momento debía encontrarse refugiado en sus casas del imperante sol que observaba cada uno de sus movimientos.

Abrió la puerta para ver si alguno de aquellos coches estaba aparcado alrededor, pero no, el mas absoluto silencio acompañaba al vacío que rodeaba la librería; tal vez al ser el primer día llegarían más tarde, pensaba Charlie, en parte para auto-consolarse.

Entonces recordó que tenía que llamar a Annie, y de paso le diría que fuese algún día a la librería y diesen una vuelta por el pueblo.

- ¿Sí?

- Hola Annie, soy Charlie.

- Ey, ¿qué tal?

- Bien, hoy es el gran día- Comentó, con un hilo de ilusión e inseguridad en la voz que bien podía recordar a un niño que llega al colegio por primera vez.

- ¡Oh, es verdad!, menuda cabeza tengo. ¿Tienes todo preparado? ¿Está todo en su sitio? Estarás nervioso, ¿no?

- Sí, sí, sí, todo está bien, realmente no es la primera vez así que bueno, creo que podré con ello- Aunque por dentro realmente tenía una extraña sensación que no podría explicar, pero obvió aquel detalle- Oye, ¿encontraste lo que te pedí?

- Uy, es verdad, se me ha pasado completamente, perdona. En cuanto lo encuentre te aviso.

- Tranquila, no pasa nada. Avísame y así te acercas y ves cómo ha quedado la librería- Miró el reloj y tan sólo faltaba poco más de un minuto para abrir- Bueno, tengo que ir abriendo.

- Ok, mucha suerte.

- Gracias, dale un abrazo a los pequeños. Adiós.

- Adiós Charlie.

Colgó y bajó las escaleras a trompicones. Cuando faltaban tres escalones se paró en seco, congelado. La puerta se encontraba abarrotada, como si todo el pueblo hubiese salido corriendo de su casa para llegar a la librería a la hora exacta. Miró el reloj y faltaban exactamente 7 segundos. El camino que le separaba de la puerta lo anduvo sin apartar la vista de la aglomeración que se encontraba tras la puerta, poco a poco, como tanteando la situación, tratando de encontrar una explicación. Otra situación extraña, tendría que empezar a apuntarlas y hacer recuento los fines de semana.

Abrió la puerta y la gente mantuvo exactamente la misma posición mientras le seguían fijamente con la mirada, vigilando cada movimiento. Dio la vuelta al cartel de la puerta y fue hacia el mostrador caminando hacia atrás, y la imagen no cambiaba, todos seguían igual, sin pestañear, escudriñando todos sus movimientos, cada bocanada de aire que tomaba y cada chorro de aire que espiraba. En su mayoría eran ancianos, pero también podía verse algún que otro hombre de no más de 40 años, o un hombre con unas gorra descosida de los Packers, gafas de sol y un tupido bigote que tapaba su labio superior y rodeaba la comisuras de su boca, el cual llamó la atención de Charlie porque no paraba de mascar chicle una y otra vez con la boca abierta.

En cuanto tomó asiento en el mostrador la multitud apartó la vista de él y entró muy cuidadosamente y, como si se tratase de una iglesia, cada lugareño que iba apareciendo por el umbral se santiguaba mientras miraba por un segundo al suelo. Solamente a partir del quinto misterioso cliente que entró se dio cuenta de que todos lo hacían con los dedos cruzados. Tampoco le dio importancia, sería una costumbre del lugar, y ya le habían advertido de que la librería era un lugar sagrado para la gente del pueblo. Siguieron entrando, con el mismo ritual todo ellos, cuando cayó en la cuenta de que estaban apareciendo los que habían parado horas antes con el coche y se habían asomado a la puerta de la tienda, como si comprobasen la hora en la que la tienda abría.

En cuanto el último estaba dentro cerró la puerta tras él y, como todos los demás, se acercó a las estanterías y sin coger ningún libro repasaba todos los títulos que tenía expuestos. Charlie no podía dejar de preguntarse qué estaba pasando allí en ese momento, cómo todos podían indagar en los libros sin llegar a pararse en ninguno de ellos, cogerlo, echarle un vistazo o lo que quiera que sea, pero las aproximadamente treinta personas que estaban ahí hacían lo mismo, casi simultáneamente, como si fuesen en multitudinario equipo de la policía científica, la librería la escena de un cruento crimen y Charlie el principal sospechoso, con las esposas puestas y dispuesto a prestar declaración. Pero una señora se acercó para sacarle de su estupefacción.

- Has abierto una hora antes.

- Eh, oh disculpe,- Charlie volvió en sí al oír la voz de la anciana- no señora, he abierto exactamente a las nueve en punto.

- Me da igual lo que ponga el cartel, Geoffrey abría a las diez- contestó la señora, sin dejar de mostrar una sonrisa complaciente, que poco acompasaba a las palabras que habían salido de su boca- aquí nos gusta dormir más que en la ciudad, ¿verdad?

Entonces algunas voces en la librería se alzaron afirmando el comentario.

- De acuerdo señora, veré si puedo adaptar el horario.

- Muchas gracias muchacho.- Y la sonrisa se expandió aun más por las mejillas de la mujer, mientras acercaba su mano arrugada a la de Charlie.

Tras media hora todos habían desaparecido, pero todos los libros se encontraban en su sitio y la caja estaba vacía; no había sido un buen comienzo.

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