Mientras observaba fijamente la puerta de la librería y como la luz penetraba por el cristal dejando ver las microscópicas partículas de polvo revoloteando a su alrededor, Charlie se metía cuidadosamente la camisa por el pantalón, la cual había comprado hacía relativamente poco tiempo. Faltaban unos escasos 5 minutos y afuera el sol brillaba sobre la desértica carretera que separaba la librería del resto del pueblo, que en aquel momento debía encontrarse refugiado en sus casas del imperante sol que observaba cada uno de sus movimientos.
Abrió la puerta para ver si alguno de aquellos coches estaba aparcado alrededor, pero no, el mas absoluto silencio acompañaba al vacío que rodeaba la librería; tal vez al ser el primer día llegarían más tarde, pensaba Charlie, en parte para auto-consolarse.
Entonces recordó que tenía que llamar a Annie, y de paso le diría que fuese algún día a la librería y diesen una vuelta por el pueblo.
- ¿Sí?
- Hola Annie, soy Charlie.
- Ey, ¿qué tal?
- Bien, hoy es el gran día- Comentó, con un hilo de ilusión e inseguridad en la voz que bien podía recordar a un niño que llega al colegio por primera vez.
- ¡Oh, es verdad!, menuda cabeza tengo. ¿Tienes todo preparado? ¿Está todo en su sitio? Estarás nervioso, ¿no?
- Sí, sí, sí, todo está bien, realmente no es la primera vez así que bueno, creo que podré con ello- Aunque por dentro realmente tenía una extraña sensación que no podría explicar, pero obvió aquel detalle- Oye, ¿encontraste lo que te pedí?
- Uy, es verdad, se me ha pasado completamente, perdona. En cuanto lo encuentre te aviso.
- Tranquila, no pasa nada. Avísame y así te acercas y ves cómo ha quedado la librería- Miró el reloj y tan sólo faltaba poco más de un minuto para abrir- Bueno, tengo que ir abriendo.
- Ok, mucha suerte.
- Gracias, dale un abrazo a los pequeños. Adiós.
- Adiós Charlie.
Colgó y bajó las escaleras a trompicones. Cuando faltaban tres escalones se paró en seco, congelado. La puerta se encontraba abarrotada, como si todo el pueblo hubiese salido corriendo de su casa para llegar a la librería a la hora exacta. Miró el reloj y faltaban exactamente 7 segundos. El camino que le separaba de la puerta lo anduvo sin apartar la vista de la aglomeración que se encontraba tras la puerta, poco a poco, como tanteando la situación, tratando de encontrar una explicación. Otra situación extraña, tendría que empezar a apuntarlas y hacer recuento los fines de semana.
Abrió la puerta y la gente mantuvo exactamente la misma posición mientras le seguían fijamente con la mirada, vigilando cada movimiento. Dio la vuelta al cartel de la puerta y fue hacia el mostrador caminando hacia atrás, y la imagen no cambiaba, todos seguían igual, sin pestañear, escudriñando todos sus movimientos, cada bocanada de aire que tomaba y cada chorro de aire que espiraba. En su mayoría eran ancianos, pero también podía verse algún que otro hombre de no más de 40 años, o un hombre con unas gorra descosida de los Packers, gafas de sol y un tupido bigote que tapaba su labio superior y rodeaba la comisuras de su boca, el cual llamó la atención de Charlie porque no paraba de mascar chicle una y otra vez con la boca abierta.
En cuanto tomó asiento en el mostrador la multitud apartó la vista de él y entró muy cuidadosamente y, como si se tratase de una iglesia, cada lugareño que iba apareciendo por el umbral se santiguaba mientras miraba por un segundo al suelo. Solamente a partir del quinto misterioso cliente que entró se dio cuenta de que todos lo hacían con los dedos cruzados. Tampoco le dio importancia, sería una costumbre del lugar, y ya le habían advertido de que la librería era un lugar sagrado para la gente del pueblo. Siguieron entrando, con el mismo ritual todo ellos, cuando cayó en la cuenta de que estaban apareciendo los que habían parado horas antes con el coche y se habían asomado a la puerta de la tienda, como si comprobasen la hora en la que la tienda abría.
En cuanto el último estaba dentro cerró la puerta tras él y, como todos los demás, se acercó a las estanterías y sin coger ningún libro repasaba todos los títulos que tenía expuestos. Charlie no podía dejar de preguntarse qué estaba pasando allí en ese momento, cómo todos podían indagar en los libros sin llegar a pararse en ninguno de ellos, cogerlo, echarle un vistazo o lo que quiera que sea, pero las aproximadamente treinta personas que estaban ahí hacían lo mismo, casi simultáneamente, como si fuesen en multitudinario equipo de la policía científica, la librería la escena de un cruento crimen y Charlie el principal sospechoso, con las esposas puestas y dispuesto a prestar declaración. Pero una señora se acercó para sacarle de su estupefacción.
- Has abierto una hora antes.
- Eh, oh disculpe,- Charlie volvió en sí al oír la voz de la anciana- no señora, he abierto exactamente a las nueve en punto.
- Me da igual lo que ponga el cartel, Geoffrey abría a las diez- contestó la señora, sin dejar de mostrar una sonrisa complaciente, que poco acompasaba a las palabras que habían salido de su boca- aquí nos gusta dormir más que en la ciudad, ¿verdad?
Entonces algunas voces en la librería se alzaron afirmando el comentario.
- De acuerdo señora, veré si puedo adaptar el horario.
- Muchas gracias muchacho.- Y la sonrisa se expandió aun más por las mejillas de la mujer, mientras acercaba su mano arrugada a la de Charlie.
Tras media hora todos habían desaparecido, pero todos los libros se encontraban en su sitio y la caja estaba vacía; no había sido un buen comienzo.
Charlie acabó la informatización del catálogo justo a tiempo para la apertura. Encargó una limpieza a conciencia en la librería a la señora Noodles, recomendada por Chuck, ya que aparte de su vecina también limpiaba de vez en cuando en su casa.
Edna, que así se llamaba, era una mujer pequeña y robusta, de esas que no tienen una edad definida, se podría aventurar alguna entre los 50 y los 65 y no sorprenderse con la respuesta. Había nacido en el pueblo, según le comentó Chuck cuando Charlie le preguntó por alguien que pudiera limpiarle el local, y vivía sola en la casa que había sido de sus padres y que se había quedado a la muerte de estos, ya que era hija única.
Toda la información sobre Edna que pudo reunir salió de la boca del muchacho, ya que la señora no abría la suya salvo para lo estrictamente necesario, y aún entonces se adivinaba la desgana. Eso sí, la librería la dejó resplandeciente y con un ligerísimo aroma a limón que realmente encantó a Charlie tanto que le preguntó el producto que había usado. Edna le dijo que le haría llegar una botella y salió de la casa como había entrado, veloz como un rayo.
La mañana de la apertura Charlie se despertó un par de horas antes de lo normal, nervioso como cuando iba de excursión en la escuela. Se preparó un buen tazón de café con un chorrito de miel y se acodó en la ventana del salón que daba a la fachada a observar el amanecer mientras daba pequeños sorbos.
Entonces paró un coche frente a la casa, bajó un hombre vestido con un una camiseta de tirantes y una bermudas, ambas verdes, que se acercó a la puerta de la librería levantando nubecillas de polvo sobre sus chanclas. Desapareció del campo visión de Charlie al subir los tres peldaños del porche y volvió a aparecer al momento mirando el reloj de su muñeca izquierda. Entró al coche y arrancó, tocó una vez el claxon a modo de ¿saludo? y volvió a la carretera, saliendo de cuadro por la izquierda tras el muro del cementerio, dirección al puente.
Charlie supuso que el hombre paró para confirmar la fecha de apertura o el horario, le sorprendió el gesto sin saber por qué, posiblemente no esperaba que en un pueblo pasara algo así, tan habitual en la ciudad. Ciertamente era una pamplina pensar en algo tan normal, así que en un par de sorbos su cabeza repasaba los pedidos que había hecho para esa primera semana e imaginaba cómo serían sus primeros compradores.
Cuando apuró el café y se disponía a darse una ducha otro coche paró bajo la ventana y el conductor repitió los movimientos del anterior, bocinazo incluido. Cuando partió proa hacia el Lee una furgoneta desde la que llegaba una música inidentificable aparcó sin abandonar del todo el asfalto y su ocupante, un chico con el pelo recogido en una coleta, representó la misma escena, punto por punto.
En los diez minutos que Charlie permaneció asomado con la boca bien abierta un total de doce personas visitaron su porche, dejando todos el escenario con sendos toques de claxon.
Charlie se duchó frotándose con ganas por si de esa forma pudiera quitarse la sorpresa del cuerpo. Empezaba a comprender las advertencias de Gaunt respecto a la importancia de la librería para el pueblo, y esa materialización de algo abstracto y que le sonaba tan exagerado tenía algo de mágico y otro tanto de acongojante.
Cuando bajaba las escaleras con el tazón vacío en una mano escuchó la furgoneta de Chuck parando frente al garaje. Desde que se habían conocido Chuck había pasado varias veces cuando tenía algún hueco; siempre aparcaba frente al garaje y golpeaba con los nudillos el portón, nunca había llamado a la puerta principal, la de la librería, porque decía que el iba a la casa, no al negocio, dando a entender una confianza entre los dos que declaraba ufano.
Charlie salió al garaje y levantó el portón, Chuck le dio una botella sonriendo con los ojos enrojecidos por el sueño:
-La señora Noodles dice que tome, su producto- era una botella de agua mineral de medio litro llena de algo como una limonada espumosa- dice que con esto debería bastarle para casi un año-
-¿Con esto?- Charlie agitó la botella y el contenido apenas tembló un poco, burbujitas subiendo desde el fondo lentamente-
-Si, dice que cuando quiera usarlo cuatro bolas pequeñas de algodón y ponga cada una en una esquina de la librería antes de irse a la cama. A la mañana siguiente los algodones estarán duros como una piedra y el aire fresco y oloroso- Chuck consultó el reloj y se encaminó a la furgoneta- Esas han sido sus palabras, ni una coma más ni una menos-
-Perfecto, le daré las gracias en cuanto la vea. Que tengas un buen día.
-Y usted señor Combs, le quedan diez minutos para el gran estreno.
Colgó el teléfono y caminó por la cocina sin rumbo alguno. Sus labios ya no podían silbar y en su cabeza, como pilotos kamikazes, miles de pensamientos y tejemanejes se estrellaban entre sí intentando encontrar sentido a lo ocurrido. Pero por muy rápido que pensase nada bastaba para dar con la respuesta adecuada.
Las bolsas que el chaval había traído seguían esparcidas en el suelo de la cocina, apoyándose unas con otras en un intento de no volcarse del todo. Charlie apartó por un momento la mente de su investigación propia y comenzó a sacar de las bolsas las ingentes cantidades de comida que no recordaba haber comprado, al menos no tantas desde luego. Y entre bolsa y bolsa, y filetes de pollo y empanadillas congeladas, Charlie giró sin saber muy bien por qué, la cabeza y clavó su mirada en la puerta trasera de la cocina. Allí se encontraba la extraña mujer del paraguas, y aunque no radiaba el sol de aquella ocasión, desde luego su uso seguía siendo totalmente inadecuado. La mujer sonreía; las marcadas franjas de su cara, de entre las cuales no se adivinaba con seguridad cuál era la boca, sonreían también, de una manera perversa, mientras la sombra del paraguas oscurecía aquel ajado rostro. Pero no miraba a Charlie, sus ojos apuntaban más atrás, a un espacio vacío cerca de la puerta interior de la cocina, cuando levantó la frágil mano que tenía libre y la agitó de un lado a otro como una adolescente el día de su graduación.
Charlie miró alrededor tratando de ver si, por cualquier motivo, Hendrix se encontraba por allí y era él quien recibía tan afable saludo. Pero no, estaba solo. Entonces Charlie levantó también el brazo, sonrío, sin poder dejar de mostrar extrañeza, y la saludó como ella hacía con la cocina. La mujer giró la cabeza y todas las arrugas se relajaron como si estuviesen sujetas por un resorte. Lo que era una especie de boca dejó de sonreír y sus ojos ya no brillaban con aquella alegría, al igual que la mano que bailaba de un lado a otro se paró de golpe, bajando poco a poco a su posición natural. Charlie siguió sonriendo, pues no sabía que hacer en aquella situación, inusual como poco. La anciana siguió asesinándolo con la mirada durante otros diez segundos y, como si de un fantasma se tratara, fue desapareciendo poco a poco al otro lado de la puerta de la cocina.
Un silencio ensordecedor enmudeció la cocina y Charlie continuó en la misma posición durante otro minuto, sin poder explicar a que había venido aquella situación. “Esto cada vez está más jodido”, pensó Charlie, quien no podía imaginarse antes de llegar a Kickapoo que las cosas iban a ser así. Y en aquel total silencio oyó como alguien caminaba cerca de la puerta principal. Antes de llevarse otra extraña sorpresa acudió a toda velocidad a la puerta para comprobar qué estaba sucediendo.
Cuando la abrió lo único que pudo ver fue una cinta de vídeo a los pies de la puerta, sin ninguna etiqueta ni caja y polvorienta, con barro reseco encajado en los bordes que la delimitaban. La recogió del suelo, la limpió todo lo que pudo con la manga de la camisa y entró de nuevo en la casa dispuesto a ver el regalo que le habían dejado. Introdujo la cinta en el reproductor que el señor Gaunt, “en paz descanse”, dejó allí al comprar la librería y apretó el botón de play en el mando.
La imagen que aparecía era la de una ventana, en mitad de la noche, con luz en su interior, pero Charlie no reconocía dicha casa. La cámara se acercaba poco a poco, como unos 50 centímetros y se volvía a detener, sin dejar de apuntar nunca hacia la ventana iluminada, que irradiaba una luz naranja que iluminaba la parte que se encontraba frente a esta, con un pequeño camino de tierra que rodeaba la fachada. Pero entonces la luz de la casa se apagaba y pocos segundos después la grabación hacía lo mismo.
Charlie no se movió del sitio, ni se inmuto, mientras trataba de reconocer aquella casa que, por algo que no sabía muy bien qué, le sonaba de algo, cuando cayó en lo que su cerebro andaba rondando.
Salió despedido hacia la puerta de entrada. La abrió de un empujón y corrió por los alrededores tratando de encontrar a quien fuese que le hubiese dejado aquella cinta en el umbral de su puerta. Cuando dio por imposible encontrar al autor, volvió cabizbajo a la casa, arrastrando los pies, mirando de vez en cuando por si veía a alguien, pero no pasó nada, solo sus pies rozando el arenoso suelo.
Cuando entró de nuevo se sentó en la primera silla que vio y echo un vistazo por la casa, como inseguro. Aquel vídeo, aquella casa, era como el que había recibido pocas noches atrás en el e-mail, solo que este nuevo era más largo y se podía ver como al final se cortaba la luz del interior que iluminaba el camino de tierra circundante. Pero ¿por qué él?, ¿qué tenía que ver con aquella ventana?, ¿acaso debería buscarla, por sabe Dios qué motivo?
Cortó todas las preguntas que le rondaban y siguió sacando comida de las bolsas, en silencio, casi inerte; al fin y al cabo, era otro día más en Kickapoo.
Las sienes comenzaron a latir con furia, sonaban como unos bongos detrás de los ojos; Charlie caminaba balanceándose a la puerta, todo oscilaba como si la librería estuviera en un barco y éste en una maldita tormenta. Una silueta se adivinaba tras la cortina de la puerta, también se balanceaba.
Volvió a sonar el timbre y la silueta se acercó un poco más:
-Señor Combs,…¿hola?
Charlie descorrió los pestillos, giró el pomo, que se le escurría, y apretó los dientes ante su primer encuentro cara a cara con un muerto viviente. El señor Gaunt llevaba una visera roja con letras blancas y le hablaba:
-Buenos días, le traigo su compra, lamento haber tardado tanto pero tuve que…-Charlie soltó el aire con tanta violencia que el chico hizo una pausa y, al ver que se mantenía en pie, reanudó el saludo-…ir a la ciudad y al volver tenía varios pedidos acumulados-
-Bien, acerca el coche al garaje, por ahí llegarás antes a la cocina-
-Vaya, es garaje es nuevo, es un buen añadido, señor Combs, sí señor- el chico tendría unos 17 o 18 años, era un poco más alto que Charlie, lo parecía más aún por lo delgado que estaba, el pelo rubio sucio le caía desordenado sobre la nuca, sonreía entrecerrando los ojos y hablaba con una corrección que no cuadraba con su estética juvenil. Le cayó bien a Charlie desde el primer momento- entonces allá voy
-Muy bien, yo voy a la cocina y te abriré desde dentro-
La visita del muchacho y el soleado panorama a su espalda despejaron a Charlie como un cuenco de agua fría. Las oscuras imágenes de la pasada noche resultaban ahora ridículas y no podía hacer otra cosa que avergonzarse de su infantil comportamiento.
Charlie se dirigió a la cocina silbando, abrió la puerta que comunicaba con el garaje y lamentó no tener un poco de limonada o similar que ofrecer al repartidor; abrió el congelador, al menos había una cubitera medio llena.
Cuando se metieron todas las bolsas el suelo de media cocina había desaparecido bajo la avalancha. Charlie recordaba haber gastado una buena cantidad, pero no imaginaba que hubiera dado para tanto.
Sirvió cola en un par de vasos y los llenó de cubitos de hielo hasta que el refresco amenazó con desbordarse. Mientras lo bebían Chuck, que así dijo llamarse el muchacho, le contó que hacía repartos en el supermercado como algo temporal porque se le daban bien los ordenadores y después del verano haría la prueba de ingreso para la escuela Flix de informática de Castle Rock, cuya sede casualmente estaba dos locales más allá de la antigua librería de Charle, de hecho hacía pedidos de libros de informática exclusivamente para los alumnos, y de paso varios de ellos barrían con las novelas de fantasía, todo tipo de refritos del señor de los anillos y cómics en edición lujosa.
Chuck le contó que vivía con su padre, que trabajaba en el taller al este del pueblo, y con su hermana Lisey, que tenía treinta años y era una solterona que seguía saliendo con sus amigas solteronas y atontadas, según las propias palabras de Chuck. Charlie no le preguntó por su madre, y el chico tampoco comentó nada al respecto, si bien los dos callaron durante un minuto y el silencio se rompió cuando el teléfono sonó en el interior de la casa. Chuck se despidió y salió al garaje cerrando la puerta a su espalda.
Charlie llegó al teléfono sin dejar de silbar:
-Sí
-Señor Combs
-Yo mismo
-Soy Ed Siten
-Siten…
-Amigo del Geoffrey
-Ah, sí, ¿en qué puedo servirle, Ed?, justo pensaba llamar al señor Gaunt después de comer
-Le llamaba porque Geoffrey sufrió un infarto la pasada madrugada
Charles separó el auricular unos centímetros, se le llenó la cabeza de algo negro, formas entremezcladas que vibraban, pero no podía identificar nada, eran sensaciones. Escuchó como Siten le llamaba a lo lejos, volvió a pegar el auricular a la oreja
-Dios mío, Ed, lo siento tanto
-Le llamo porque Geoffrey hablaba muy bien de usted, y realmente estaba aliviado dejando el negocio en sus manos. Estoy seguro de que de haber podido le habría avisado- Charles buscó sorna en el tono de voz de Siten, pero parecía pura tristeza sincera-, por eso lo hago yo
-Muchas gracias, Ed, cualquier cosa que pueda necesitar, ya sabe dónde encontrarme
La luz de la luna se colaba por entre las rejillas de la persiana. A pesar de que las ventanas se encontrasen cerradas la casa estaba congelada y de la boca de Charlie escapaban espirales de vaho a cada bocanada. En la casi completa oscuridad de la habitación solo se podía distinguir el reflejo de los ojos de Hendrix, que le observaban a lo lejos, tumbado en la cama.
- ¿Hay alguien ahí? – Preguntó a la inmensa oscuridad, suplicando no encontrar respuesta por su parte.
Y por supuesto no la hubo, pero en su lugar los peldaños de la escalera comenzaron a crujir, y pasos cortos y rápidos avanzaban hacia el piso de abajo ;Charlie respiraba a toda velocidad, con el pulso golpeándole el corazón como si tratara salir de él.
Las gotas de sudor frío, que con el aire gélido de la habitación arañaban la cara de Charlie, descendían velozmente para acabar en las comisuras de sus labios, mientras en su cabeza las voces le susurraban que podía hacer. Le decían: “huye, sal corriendo de esta puta casa” o “coge un palo y líate a hostias con lo primero que pase”, pero el seguía petrificado en el suelo, de cuclillas bajo el escritorio con la mirada fija en lo que al menos él creía que eran las escaleras.
Los pasos se detuvieron a su lado. Su corazón se encogía por momentos y las voces gritaban cada vez más y más alto, no sabía que hacer y el temblor que recorría su cuerpo no le permitía pensar fríamente. Y cuando estaba a punto de salir corriendo, aquello que había bajado las escaleras le lamió la cara y se pegó a su tambaleante cuerpo, mientras sollozaba apenado. Sintió un alivio indescriptible cuando se dio cuenta de que se trataba de Hendrix, pero cayó en algo; entonces, ¿quién estaba en la cama?
Cuando levantó la vista para volver a mirar a la cama, aquellos ojos no estaban. Intento tranquilizarse pensando que realmente habría sido Hendrix, pero no servía de nada, por dentro sabía que no era él, que algo o alguien más estaba en la casa.
El crujir de la moqueta detrás suya le hizo girarse como un relámpago y allí volvió a verlos. Aquellos ojos brillaban con una luz propia, le observaban fijamente, pero a la vez se sumergían en su interior y sentía como si le retorcieran las tripas y el corazón. Aquellos pequeños faros se encontraban a escasos 10 centímetros suyos, y a su vez podía oír un leve y fatigoso gemido que emanaba de algún orificio de esa criatura invisible, y, en un segundo plano, unas voces lejanas gritaban y sollozaban palabras ininteligibles, como en un torbellino del que solo emitía chillidos de dolor.
Entonces Charlie se desmayó.
<<No hay salida, sigue la luz de entre las ramas, corre, corre, ¡corre!>>
El perro comenzó a lamer la mejilla de Charlie, mientras este se encontraba tendido en el suelo. Cuando se incorporó en la cama se llevó la mano a la nuca y palpó lo que parecía un inminente chichón que seguramente le iba a amargar el día. No recordaba nada de lo sucedido, algunos flashes recorrían su cerebro pero sin llegar a pararse, lo que le daba un recuerdo muy poco nítido de lo que había vivido aquella noche anterior. Lo que si recordaba con total claridad era la llamada del inoportuno Geoffrey Gaunt, el cual, no entendía Charlie muy bien por qué motivo, le había gastado una broma de muy mal gusto, por lo que cogió el teléfono para llamar al bromista moribundo. Charlie sonrió pensando que desde hacia unos días siempre que se levantaba de la cama lo primero que hacía era hablar con el señor Gaunt, y tras ese breve pensamiento, marcó el número del móvil.
- Hola, buenos días señor Gaunt, ¿se divirtió usted anoche?
- Le parecerá bonito, hay que tener poca vergüenza y mal gusto.- Contestó una mujer a la que Charlie no había conocida jamás en su vida. Y colgó.
Charlie se apartó el teléfono de la oreja y lo miró extrañado. Intentaba recordar si había marcado bien el número y estaba totalmente convencido de que así había sido. “Se habrán cruzado las líneas”, pensó, y así abandonó el teléfono en el escritorio y se dirigió a la habitación para cambiarse.
Aquellos ojos, ahora lo recordaba. La simple imagen de aquellos ojos felinos escrutándole le paró el corazón. ¿Qué podía ser? ¿Quién podía ser? Prefirió no seguir pensando y fue metiendo poco a poco las piernas en los roídos pantalones vaqueros, y en cuanto se los subió hasta la cintura llamaron a la puerta.
- Señor Combs, ¿está usted ahí?, ya le dije que vendría.
El teléfono despertó a Charlie, la hora del salvapantallas se enfocó al frotarse los ojos, eran las 2:30 de la madrugada. Estuvo a punto de caer, no recordaba que se había dormido en la silla. Al girarse a su izquierda sus ojos pasaron por un instante por la puerta de la librería.
Había alguien afuera. Cuando volvió a dirigir la mirada a ese punto las sombras que proyectaban las nubes al tapar la luna eran lo único que se movía en el exterior.
Descolgó sin apartar la mirada de la puerta:
-¿Sí?
-Señor Combs…Charlie…
-¿Gaunt?, Geoffrey,…es muy tarde, ¿ha ocurrido algo?
-Estaba paseando a la luz de la luna y me acordé de usted
-Me alegro, Geoffrey, pero estaba durmiendo, he tenido un día hasta arriba de trabajo
-Salí a dar una vuelta pero ahora simplemente camino y no me gusta cómo huele el aire…
-Gaunt, creo que debería acostarse
-…porque yo pensaba que no volvería a oler ese jodido cementerio y aquí huele igual. Me apetece bailar, quizá hay algún club por esta zona del pueblo, no lo conozco
-Mire, voy a colgar. Mañana le llamaré y nos ponemos un poco al día, ahora mismo no me encuentro con fuerzas para charlar y los dos sabemos que usted tampoco está en condiciones.
-Hay alguien esperando el autobús, Charlie, le voy a pedir un cigarro…
Charles colgó. Apagó el ordenador y encendió la luz de la escalera antes de apagar la lámpara del mostrador; cuando pensó en ello se dio cuenta de que no había hecho algo así desde que vio El exorcista en la tele siendo muy pequeño. Sinceramente, no entendía la relación entre una niña que se masturba con un crucifijo y una llamada de Gaunt borracho.
Cuando iba por la mitad de la escalera el teléfono empezó a sonar, el primer timbrazo sonó como si alguien le gritara pegado a su nuca, giró con tal violencia que a punto estuvo de caer por segunda vez en pocos minutos. Se apoyó en la pared y tras un par de segundos decidió contestar en la habitación. El teléfono sonaba muy alto, demasiado.
Corrió por el pasillo encendiendo las luces que encontraba a su paso, cuando tocó el auricular el volumen bajó visiblemente, o eso le pareció. Se quedó en cuclillas con la mano en el teléfono confiando en que dejaría de sonar. Al tercer timbre descolgó:
-Geoffrey, le dije…
-He hablado con ese hombre
-Me parece perfecto, pero de verdad necesito dormir un poco
-Me ha dicho que estoy muerto, Charlie, y creo que es verdad- un escalón crujió al final del pasillo, Charles se sentó en la cama
-Geoffrey, a la luz de día nos reiremos de esta conversación-
-Oh, Charles, no es justo- Gaunt sollozaba, su voz tenia eco. Charles habría jurado que el eco era la voz de Laura- yo me fui de allí, me lo estaba pasando condenadamente bien y me han cogido, y ahora tengo mucho miedo porque está llegando gente a la parada del autobús y muchos lloran
-Haga una cosa, cuelgue y llame a emergencias, en un par de minutos alguna patrulla le recogerá-
-Esa es otra cosa, Charlie, no llevo el móvil encima; no sé cómo diablos estoy hablando contigo, hijo.
-Geoffrey, dígame si ve la placa con el nombre de la calle, el nombre de alguna tienda…algo. Voy a llamar yo, no se mueva de ahí
-La chica- una voz de mujer susurró algo al otro lado de la línea, Gaunt tragó saliva sonoramente
-¿La chica?, no le entiendo
-Dice que está subiendo por la escalera
Un ráfaga de aire entró por la puerta de la habitación, Charles dejó caer el teléfono, que golpeó contra le mesilla de noche, se oía el pitido de la comunicación interrumpida. Un golpe sordo sonó en las escaleras, Charles se levantó, se le puso la piel de gallina en todo el cuerpo.
-¿Hola?-se sintió ridículo, lo peor es que su voz le dio miedo.
Las manos le temblaban y el puntero del ratón en la pantalla se tambaleaba sin rumbo de un punto a otro de la misma. El mensaje estaba abierto pero aún Charlie no se atrevía a mirarlo, no había reunido el coraje suficiente para leer lo que ese misterioso vecino quería mostrarle. Charlie miraba a la pantalla pero con los ojos vacíos, sin fijarse en nada de lo que había, con pequeñas pero inminentes lágrimas brotando de sus lacrimales. Sacó el paquete de tabaco y con el pulso alterado sacó otro cigarro y se lo llevó rápidamente a la boca. Cogió aire por la boca y lo exhaló suavemente varias veces, tratando de relajarse de algún modo. Cuando por fin pudo relajarse se inclinó sobre la pantalla apoyando los codos en el escritorio, rodeando así el teclado del ordenador. Clavó su mirada llorosa sobre la pantalla y leyó el mensaje… pero no había nada escrito. Como un resorte echó el cuerpo hacia atrás que cayó como muerto en el respaldo del asiento. El cuerpo aun le temblaba pero se le escapó una risa de alivio, la cual iba apareciendo a rachas debido al aun latente nerviosismo. El mail lo habría mandado algún bromista, habría visto la dirección en cualquier sitio y solo querría asustar a algún desconocido. Charlie echó la ceniza sobre su mano y se levantó, cerró la ventana del e-mail y apagó la pantalla.
Tras la tensión a Charlie lo que mejor le venía era una copa. Aun con una sonrisa en los labios fue yendo hacia la cocina, cogió el whiskey de uno de los armarios superiores un copa y se lo sirvió sentado en la mesa, pensando en la de cosas que podrían pasarle ahora que había comenzado de nuevo, que todoiba a ser diferente y que las horas ya no pasarían muertas una tras otra, agarradas de la mano y gritando en manada al pobre Charlie, burlándose de lo solo que estaba ahora en el mundo. Se acabó.
Apuró las últimas gotas de whiskey que quedaban aun rezagadas en el fondo del vaso y se acostó. Lo último que pensó al acostarse mientras miraba hacia la pantalla del ordenador que desde esa posición le daba la espalda a lo lejos, habitaciones más allá de la suya, fue lo mucho que le apetecía encontrar gente nueva en Kickapoo.
<<No hay salida, sigue la luz de entre las ramas, corre, corre, ¡corre!>>
Charlie despertó. El corazón palpitaba con una fuerza descomunal, como si quisiera salir de la cárcel de hueso y carne y ver la luz que nunca había podido ver. Charlie se mantuvo inclinado sobre sus rodillas en la cama mirando a su alrededor. Giró poco a poco la cabeza, como cuando tienes la certeza de que algo te va a ocurrir y te da miedo afrontarlo pero tu curiosidad natural te impulsa y no puedes evitar mirar. La pantalla del ordenador estaba encendida. A lo lejos, dos habitaciones más allá la luz blanca que desprendía el monitor le daba un ambiente espectral a la vieja habitación repleta de estanterías y libros que las poblaban, observando todos de espaldas, sin atreverse a girar el lomo y mirar de frente a la pantalla y lo que esta escondía.
Charlie se acercó sigiloso hacia la pantalla, aun con las gotas de sudor surcando húmedos caminos por sus sienes. Se detuvo detrás de la pantalla, planteándose si sentarse delante de esta y ver lo que pasaba o acostarse y esperar a que la luz del sol permitiese que todo se viera más claro y pudiese pensar más tranquilamente. Finalmente decidió sentarse y ver que ocurría. La pantalla mostraba de nuevo aquel e-mail, pero esta vez no había sido él quien lo había abierto. Miró a un lado y a otro pero no vio a nadie, las manos comenzaron a temblarle y no pudo detener sus piernas mientras estas se agitaban de una manera desmesurada. El mensaje era el mismo. Nada. No había escrita ni una sola letra pero entonces Charlie se dio cuenta de algo que antes había pasado por alto. Había un vídeo adjuntado al mail. Presionó sobre él con el ratón y la ventana de “abrir”, “guardar” y “cancelar” apareció, pero Charlie no sabía que hacer, sentía un miedo atroz de abrirlo y ver lo que pudiera ser aquel vídeo. Cuando esto sucedía en las películas Charlie siempre había criticado la extremada e irreal valentía de los personajes, pero entonces lo entendió y no podía apagar y acostarse de nuevo sin saber lo que mostrara aquel video, así que lo abrió.
En el video aparecía una ventana tras la cual se podía apreciar un escritorio con un montón de papeles desordenados y algún libro de edición de bolsillo desperdigado por la mesa. No había nadie en el vídeo, el cual tenía una calidad lamentable y de vez en cuando se desenfocaba y volvía a enfocarse, pudiendo apreciar en ciertos momentos con un mayor detalle lo que aquella habitación desconocida ocultaba. Charlie lo miró atónito tratando de encontrar alguna pista de por qué lo habían enviado a él aquel vídeo. Pero nada, y entonces el vídeo terminó. La luz de la pantalla hacía que la vista de Charlie se emborronase por unos instantes,y cuando giró la cabeza para ver por detrás de la pantalla pudo ver pegada al umbral de la puerta que conectaba con la siguiente habitación a una chica. Charlie no pudo contener un leve grito que salió arañando su garganta, se echó hacia atrás bruscamente en la silla y se llevó las manos a la boca. Algunas lágrima comenzaron a aflorar de sus ojos y el corazón entonces empezó a latir más rápido aun de lo que ya estaba. Cuando su vista se aclaró la chica ya no estaba. Lo poco que pudo distinguir de la chica es que era joven, el pelo enmarañado, con rastros de lo que antes podía haber sido una larga melena rizada, la cabeza estaba inclinada levemente hacia atrás y unos ojos que saltaban de sus órbitas le miraban fijamente, haciendo muecas de odio y asco con la boca. Charlie no se atrevió a salir de la habitación en toda la noche y al tiempo se quedó dormido en la silla del escritorio.
<< Jamás podrás conocer los secretos de lo que se esconde al otro lado. >>
El supermercado era grande y profusamente iluminado, como un quirófano o una nave alienígena; Charlie se quedó parado en la entrada hasta que el chorro de aire frío que despedía una rejilla le empezó a escocer en la nuca. Se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón y palpó el rectángulo de la cartera con la lascivia de una cazafortunas sobando su Visa platino. Así se sentía de repente, con unas ganas tremendas de comprar cosas, como si aquello fuera una joyería de Sunset Boulevard y no un “Sammy’s Price” (ni le sonaba, ni puñetera falta que le hacía).
Por el hilo musical Garth Brooks cantaba sobre un descapotable y una jovencita en el arcén, Charlie caminaba marcando el ritmo con el cuello pese a que odiaba el country desde su más tierna infancia. Cogió un carro y pasó por la barra de entrada, encima de la estantería de bollería un cártel impreso con varios dibujitos del Word confirmaba que en pedidos superiores a los 30$ el reparto a domicilio era gratuito. Charlie metió en el carro una cesta de plástico para coger lo que iba a necesitar ese día y el resto pediría que se lo llevaran.
Recorrió los pasillos tomando impulso y subiéndose a la barra trasera del carro para deslizarse unos metros, saltaba en cuanto veía algo que coger y silbaba las canciones que susurraban los altavoces. No había nadie exceptuando a la cajera, una chica regordeta que leía una revista mientras estiraba un chicle. Todas las estanterías estaban repletas y exquisitamente ordenadas pero no había rastro de reponedores, no había reponedores en la costa, pensó Charlie antes de empezar a reír sin saber bien por qué, la chica levantó la vista, le miro durante un par de segundos, hizo una pompa y volvió a su lectura.
Charlie llenó el carro de todo lo que se suponía que debía tener una cocina bien surtida, la cesta era una mitad de chocolates y zumos y la otra un pastel de atún para microondas y varias bolsitas de frutos secos, eso sería su sustento hasta que le llegara el resto.
Cuandorellenó la hoja de pedido y se la devolvió a la cajera esperaba que ésta hiciera algún comentario sobre la dirección o que algún gesto la delatara, pero se limitó a darle la copia e informarle de que a primera hora de la mañana se lo llevarían porque el muchacho encargado estaba examinándose en Derry. Charlie le agradeció la atención a la coronilla de la chica, que había vuelto a agachar la cabeza, y salió con sus bolsas al exterior, a ese mundo caluroso en el que no se cantaba sobre banjos y montones de heno.
En el corto trayecto entre el supermercado y su casa Charlie se comió dos barritas Mars, un bote de zumo de mora y un puñado de almendras azucaradas. Este curioso ansia por devorar azúcares y conservantes parecía eclipsar algo que no encajaba, una pieza en la cabeza de Charlie que no estaba donde tenía que estar. A Charlie nunca le había gustado demasiado el dulce, aún recordaba las broncas a Laura por comer esas guarrerías a escondidas. Quizá ese repentino impulso glotón era un acto inconsciente de recuerdo, una reafirmación ahora que huía de su pasado, una aclaración ante quien correspondiera.
Charlie metió el contenido de las bolsas en la nevera y dejó el pastel de atún en un plato al lado del microondas, lo agujereó con el dedo y se lo chupó, algo que no había hecho desde que su madre le regañó por agujerear la tarta de manzana de su duodécimo cumpleaños.
Se sentó en el taburete tras el mostrador de la librería y encendió el ordenador que había instalado al lado de la caja registradora que había limpiado y que le encantaba conservar. Con el ordenador podía acceder a la Red de Libreros de Maine y a las direcciones electrónicas de los principales proveedores, con lo cuál los procedimientos eran mucho más rápidos y los pedidos se gestionaban en bastante menos tiempo que con Gaunt, que seguía apostando por el correo postal porque los ordenadores no le inspiraban ninguna confianza.
Había puesto un cartel en la puerta anunciando la reapertura para el día 10, lo que le dejaba seis días para terminar la base de datos con todos los volúmenes con los que contaba en la librería. Gaunt le había dejado sus listados a máquina pero estaban llenos de anotaciones y correcciones y Charlie llevaba demasiado tiempo en el perverso mundo de los inventarios informatizados y no pensaba abandonarlo.
Abrió la base de datos, había introducido seis folios de la lista de Gaunt y le quedaban otros treinta, por lo tanto tenía que ponerse en serio si quería tenerlo todo a tiempo, más cuando al pasar todos los listaos podría saber qué pedido hacer y no le apetecía empezar con retrasos en su llegada al pueblo; Gaunt le advirtió de que la gente en Kickapoo era muy exigente con los libros, eran algo muy importante en la comunidad y ser su librero podía ser como ser el alcalde o el sheriff, pero ser un mal librero podía ser mala cosa.
Sonó el aviso de nuevo correo electrónico, Charlie miró el reloj del ordenador, llevaba unas cuatro horas tecleando, por las rendijas dela persiana de la puertase colaba el sol aún con fuerza. Encendió un cigarrillo y entró en la bandeja de entrada entornando los ojos.
Efectivamente tenía un mensaje nuevo recibido a las 18:13 del 4/06/2007, el remitente estaba en blanco y el Asunto era EL VECINO DEL MURO DE AL LADO. Charlie abrió la captura que había hecho en su día en el Google Earth y la observó con atención. No había duda, el único muro vecino a su casa era el del cementerio.
El cigarrillo le quemó un dedo y lo arrojó al suelo maldiciendo entre dientes. Se acomodó en el taburete y abrió el mensaje de su vecino.
Mudarse implica muchos cambios, pero a Kickapoo aun más, y Charlie era consciente de esto. En gran medida era un intento de romper con su pasado, pero no todo había sido desgraciado, para nada. Aun quería conservar todas las cosas de Laura, y seguramente lo haría durante toda la vida.
Charlie se quedó contemplando la oscura pantalla vacía del televisor durante unos minutos tras apagarla. Era una Telefunken antigua, de aquellas que tenían los botones de los canales a la derecha y que al apagarla la imagen se iba diluyendo y concentrando hacia el centro, acabando en una delgada línea blanca, como si todo el universo se condensara en un solo punto y luego dejaba tras de sí un rastro blanco de polvo incandescente. Sacó un paquete de tabaco que había comprado antes de llegar a Kickapoo, cogió un cigarro del interior y lo acompañó con la mano suavemente hasta la boca, saboreando cada instante antes de encenderlo.
Tenía la costumbre de chupar el filtro antes de encendérselo para que este no se quedara pegado a los labios, hasta que dejó de fumar 7 años atrás. Cuando lo dejó Charlie llevaba 12 años fumando, a 2 cajetillas por día, sin tener ni una sola tregua en todos esos años, pero Laura no paraba de insistirle en que lo dejara día tras día, y así, logró finalmente convencerle. Pero ahora la situación era diferente y Charlie necesitaba volver a sentir el humo penetrando en sus pulmones.
Paseó por su nueva casa lentamente, sonriendo y con un cigarro entre los labios. Definitivamente, todo estaba empezando a mejorar.
<<No hay salida, sigue la luz de entre las ramas, corre, corre, ¡corre!>>
Al despertarse la cama estaba empapada en sudor. Recordaba haber soñado pero no sobre qué.
Salió de su casa y antes de subirse al coche se encendió un cigarrillo. Encendió el coche y en la radio, el locutor que pinchó “The End” el día que vino a ver la librería por primera vez parloteaba sobre grupos musicales, drogas y la decadente pero “enrollada” – se trataba de un viejo melancólico de sus años salvajes – juventud de los 60. Cuando este calló empezó a sonar Queen con la dulzura de los coros y el piano de “A New Life Is Born”. A Charlie le encantaba esa canción y esta era la mejor ocasión para escucharla. Con ánimos de entrar por primera vez en el pueblo Charlie metió primera y emprendió el camino de unos escasos 5 kilómetros hasta el núcleo del pueblo.
Al llegar aparcó el coche en el primer hueco que vio libre, aunque la realidad es que en el pueblo no había muchos coches por lo que había una infinidad de sitio para aparcar. Aquello era lo más similar al paraíso que Charlie podía haber imaginado jamás.
El señor Gaunt le había dicho que el mercado se encontraba cerca de la entrada del pueblo pero que preguntase por si acaso, que el pueblo por dentro era más grande de lo que podía parecer por fuera, por lo que lo primero que hizo Charlie fue preguntar a la primera persona que vio.
- Hola, perdone, ¿podría decirme dónde está el mercado?
Charlie no obtuvo respuesta. Era una señora anciana que iba con un paraguas a pesar de que había un sol resplandeciente justo encima de la plaza en la que se encontraban. Al mirar a su alrededor Charlie observó como la gente le miraba al pasar. Era un pueblo pequeño y un extranjero era siempre recibido como un misterio oculto. Finalmente la anciana reaccionó y sonrió exageradamente, soltando ruiditos agudos y entrecortados y con los ojos achinados bajo la sombra del paraguas.
- Oh claro joven, como no, le acompañaré y así también compro algo.
La extraña anciana agarró del brazo a Charlie y le acompañó con pasos cortitos. El cuerpo iba por delante de sus diminutos pies enfelpados por lo que parecía que siempre estaba a punto de tropezarse y estrellarse contra el suelo, pero eso no llegó a pasar.
- Es nuevo, ¿verdad?
- Sí, veo que lo han notado.- Contestó Charlie sonriendo.
- ¿Se va a quedar mucho tiempo aquí?
- Bueno, la verdad es que me encuentro muy bien aquí, así que de momento va para largo.
- ¿Y donde se aloja usted?- Continuó la mujer con su interrogatorio.
- He comprado la casa de Geoffrey Gaunt.
La mujer se paró en seco y agarró fuertemente el brazo de Charlie. Aquel comportamiento asustaba a Charlie pero la anciana seguía clavando sus ojos envueltos en arrugas en los suyos. Poco a poco su expresión fue derivando a una triste mirada de pena.
- No me diga que el señor Gaunt ha muerto.
Charlie suspiró aliviado.
- Oh no, por supuesto que no. No quería seguir con la librería y me la ha vendido a mí.
- Menos mal. Aquí es.
La anciana cerró el paraguas, dio media vuelta y se fue lo más rápido que sus piernas podían llevarla.
- Esa señora está un poco trastornada.- Le comentó Charlie a Laura, sonrió y miró al cielo.
Charlie llegó a su nuevo hogar en la mañana del 4 de julio, cuando aparcó en el garaje de la casa pudo escuchar a poca distancia el bullicio del desfile, estiró los brazos y aspiró aire hasta que le rebosaron los pulmones; mientras soltaba el aire escuchaba los grititos de los niños y la música de la banda, y se dio cuenta de que al fin lo había hecho, había cambiado de vida y si antes escuchaba discusiones y coches ahora eran niños y música. Que me aspen si eso no es un buen cambio.
Desde que cerró el trato con Geoffrey Gaunt hasta esa llegada definitiva había hecho el trayecto unas cuantas veces para acondicionar la casa (básicamente pintar y construir el garaje, ya que si la biblioteca le cautivó no lo hizo menos el resto de la vivienda), presentarse a los distribuidores de Gaunt y llevar las cosas desde el piso de Castle Rock, que esa misma mañana acababa de vender por 50 millones, por lo tenía un futuro bastante desahogado para pasarlo entre libros, quizá se animaría a ponerse a escribir, todo era posible.
En todos los viajes que hizo a Kickapoo aceleró al llegar al puente de madera con la radio a todo volumen, no hizo caso de un grito amortiguado detrás de sus ojos. El truco le funcionaba y con eso le bastaba.
Gaunt fue fiel a su palabra y al día siguiente de la firma de los papeles llenó una furgoneta de alquiler de cosas y se marchó, dejándole muebles, vajilla, electrodomésticos, herramientas, ropa de cama y demás como regalo de bienvenida. Charlie le mandó un cheque y tres botellas de buen vino a la dirección de contacto que le había dejado y al cabo de unos días recibió unsobre que contenía una postal de Tijuana, una foto de Gaunt bailando con la cara enrojecida y una de las botellas de vino en la mano y el cheque.
Charlie sacó del coche un par de cajas y las colocó en la estantería metálica que había montado al fondo del garaje, en el último estante, el delas cosas de Laura. Al dejarlas las acarició por unos segundos como si el cartón fuera su piel, un cohete le sobresaltó y empujó la caja que estaba acariciando un poco hacia el fondo para terminar el gesto de la forma más natural.
Entró a la casa por una puerta que comunicaba el garaje con la cocina, abrió la nevera y sacó un poco de asado que había dejado allí cuando llevó la estantería. Sabía que el bricolaje no era lo suyo y fue previsor llevando comida para la larga jornada que le costaría montarla.
Mientras se calentaba el asado anotó en la libretita de imán de la puerta de la nevera que tenía que ir a hacer la compra esa misma tarde porque no tenía nada de nada exceptuando un par de manzanas y una botella de zumomediada. Allí no podía llamar al centro comercial y hacer el pedido a domicilio, y la verdad es que hasta eso le gustaba, esa pequeña aventura de entrar al pueblo por primera vez y buscar el supermercado, porque eso si que había, se lo había dicho Gaunt: <<Incluso me parece demasiado grande para la clientela que tiene>>
Subió al segundo piso con el recipiente de asado y se sentó a comer viendo la tele. Cuando la encendió emitían anuncios y cuando terminó seguían. Apagó la televisión y descorrió la cortina de la ventana de la salita; podía ver la carretera que llevaba al pueblo, si bien técnicamente en ese tramo ya estaba en Kickapoo, lo estaba desde que se pasaba el cartel <<ese gato colgado, destripado>>. Al otro lado de la carretera el arcen era una fina franja de tierra que acababa en un desnivel que daba al bosque, y es que según le había contado Gaunt una noche el pueblo se había levantado en un claro perfectamente circular en medio del bosque, nunca se supo cómo se había creado ese círculo perfecto.
Charlie había buscado el pueblo en el Google Earth aquella noche al volver a Castle Rock y efectivamente,en el centro de la mancha verde del bosque destacaba el pueblo como introducido en una burbuja (ese pensamiento pareció rebotar en su cabeza como un susurro en una caverna). Dentro del círculo entraba, en su suroeste, el cementerio y el pequeño cuadrado en uno de sus vértices que era su casa.; justo delante de la casa surgía la carretera hacía el oeste como un brazo surgiendo del círculo, bajo la carretera la línea azul del río Lee, que marcaba el final del bosque por ese lado, en suotra orilla el paisaje era amarillo y al este del pueblo pasaba lo mismo, más allá del pueblo se extendía un poco más el bosque y moría en un mar amarillo, esta vez sin la línea azul como límite.El último pensamiento de Charlie antes de cerrar el programa lo anunció a su habitación en voz alta, lo cuál le incomodó.
-La carretera del puente es la única entrada y salida del pueblo, eso o correr (¿correr?) por el bosque.
- Pobrecilla, tan joven, y en la flor de la vida. Nunca sabes cuando te va a tocar a ti.
La señora Combs era mayor, pero no una anciana. No era absolutamente nada parecido al resto de mujeres de su edad, no, ella era diferente, y eso era lo que había conquistado años atrás al imprevisible Matthew Combs.
El matrimonio no siempre había vivido allí, la verdad es que procedían de muy lejos, cada uno de una punta diferente del país. Matthew se había criado en Los Ángeles, en los alocados años 50, con chicos y chicas que correteaban por la playa con sus tablas de surf y sus coches descapotables, con aquella música tan moderna a todo volumen. Aquellos años tan cruciales habían hecho mella en el joven e inocente Matthew, que por aquel entonces solo tenía 8 años.
A los 18 comenzó sus estudios en la U.C.L.A., pues siempre le había llamado la atención el cine, ese mundo fantástico en el que tu podías crear tu propio universo y mostrárselo a la gente, que atravesase sus retinas y llegase a los más profundo de su alma.
Matthew descubrió en la universidad todo el esplendor del movimiento hippie. Conoció a mucha gente que hablaba de la paz mundial, el amor libre, el misticismo oriental y todo aquello que en aquel momento Matthew reclamaba: libertad. Y así, en un viaje a San Francisco, la ciudad emblema del hippismo, la conoció: Theresa Lee Sweetville. Ninguna droga le había hecho sentirse de aquel modo jamás. Su cara era de porcelana, la piel tersa y suave, como si tan solo tuviese 15 años,con aquellos ojos azules claros, tan claros que podías ver perfectamente a través de ellos; el reflejo del sol en su pelo castaño cobrizo, y esa sonrisa pura y virginal acabaron cautivando el corazón del entonces alocado y extravagante Matthew. A los 3 meses estaban casados. A los 6 años, él había muerto.
- Lo sé mamá, es una desgracia. ¿Cómo ha pasado?
- No lo sé hijo, con la sorpresa ni se me ha pasado el preguntarlo.
- Es igual. De todos modos a lo que había venido era para despedirme. Ayer vi la librería y es exactamente lo que necesito ahora, una salida para desembarazarme de todo lo que está pasando a mí alrededor.
- Ay mi pequeñín, que bien ha hablado siempre.- Exclamo, le agarró dulcemente del mentón y le besó en la mejilla. Los dos sonrieron.
- La verdad es que esta está siendo la peor etapa de mi vida: primero lo tuyo del corazón…
- No digas tonterías, ya dijo el médico que era un ataque pasajero y sin… como, como dijo…
- Sin presuntas repercusiones.- A lo que acompañó un suspiro de desconsuelo por parte de Charlie.- Pero eso no me basta. Además, despuésvino lo de Laura, ahora Sandy…no puede ir peor.- Y Charlie se hundió entre sus piernas, acariciándose la nuca con la palma de las manos.
- Cariño, a mí me tienes aquí, y mientras sea así no tienes que preocuparte.
Charlie miró a su madre. Ella seguía conservando aquellos ojos cristalinos que embaucaron a su padre y que, en modo alguno, también le embaucaban a él, haciéndole sentir mas cómodo y tranquilo.
Tras pasar un rato abrazado Charlie cogió la cazadora, se despidió de su madre y desapareció por la puerta. Adiós mamá, pensó Charlie.
Siempre había mantenido con su madre más que una relación de madre e hijo, sino que ella había sido siempre como su mejor amiga. Ella había sido siempre tan abierta, cotilleaban, él de pequeño le contaba quien le gustaba, pasaban horas y horas charlando, pero sin embargo, nunca había podido llorar delante de su madre. Nunca se lo había permitido, ni siquiera con la muerte de su padre, a pesar de tener tan solo 5 años en aquel momento. Era esa necesidad de seguir a flote, si él no mantenía la compostura su madre acabaría derrumbándose; él tenía que ser fuerte y aguantar. Y esa costumbre le había llevado a tratar de ser el pilar de todo lo que le rodeaba, pero, cuando poco a poco todo lo que él estaba sujetando se desmoronaba, el equilibrio y la balanza comenzaban a agrietarse, sumiéndole en el dolor que llevaba toda la vida reprimiendo.
Llegó a casa, acarició a Hendrix y se sentó en la cama. Entonces pudo llorar.
Charlie permaneció con las manos en el volante una media hora, cerró los ojos por si de esa manera se captaba mejor la que fuera que quería captar. Se sentía como la noche en la que vio “Encuentros en la tercera fase” en el cine del centro comercial.
Charlie tenía unos diez años y salió de la sala jadeando de pura emoción, saltó sobre la bicicleta y pedaleó con rabia para no llegar tarde. Claro, la película era una señal, él siempre había sospechado algo pero sus padres se reían cuando él les confiaba sus temores.
Derrapó y miró hacia arriba sujetando la bici con una mano, le brillaban los ojos y el labio inferior casi le rozaba el pecho. Ahí estaba,casi estaba terminado, la luna se multiplicaba reflejándose sobre la mole…el Edificio Atwa “El hogar de sus sueños” (qué tonto, cómo no había caído, él soñaba con ese lugar y el mismo cartel le daba la razón).
Charlie sabía que aquello no era una simple urbanización para forasteros, no señor. Atwa era un complejo de recepción para naves extraterrestres, allí iban a aterrizar en breve, solamente necesitaban un humano que les abriera las puertas.
Era un niño, sí, un niño que seguía durmiendo con una lamparita encendida, de acuerdo, pero era el elegido y ahí estaba, para cumplir su cometido, los marcianos no se habían gastado el dinero en una película para nada.
Se escurrió entre las dos puertas de la verja y empezó a subir por la escalera de incendio; en cada uno de los cinco descansillos Charlie se paró para ver la ciudad desde las alturas, la maraña de luces titilando y el aire alborotándole el flequillo…si eso no era lo más no quería ni imaginar qué lo era.
Llegó a la azotea, allí el aire ya era un vendaval que le hizo sonreír, se suponía que así todo era más heroico. Se sentó en el centro tapado con un plástico, cruzó las piernas, cerró los ojos y comenzó con el mantra…
venid, venid, venid…
…tenía la sensación de que el ulular del viento era más fuerte, eso sólo podía significar una cosa…
venid, venid, venid…
…cerró los ojos con más fuerza y levantó los brazos, el plástico crepitaba en las puntas de sus dedos, era una antena humana, ojalá Sandy pudiera verle…
…Sandy, Sandy, Sandy..
…era preciosa, oh sí, y en gimnasia le había cogido la mano.
Charlie bajó las escaleras arrastrando los pies y con una sonrisa de oreja a oreja. No había hecho falta que la nave aterrizara delante de sus narices, le habían transmitido su misión por ondas telepáticas.
Debía conquistar a Sandy.
El claxon de una camioneta hizo que Charlie diera un respingo, al cabo de unos segundos consiguió recordar dónde estaba, arrancó y dejó atrás el puente. Por primera vez en mucho tiempo sonreía, de oreja a oreja.
Llegó a Castle Rock con la sonrisa esculpida en la cara, hacía muchos años que no se había acordado de Sandy, su primer beso fue con ella, su primera novia. Sandy, lo obsesionado que estuvo con ella, las lágrimas cuando la vio morreándose con Joe Dubois. Fue toda una tragedia en su incipiente adolescencia y llegó a creer que tendría que convivir con ese dolor, …
pero llegó Laura y se olvidó del dolor, de las lágrimas y de Sandy.
Compró una lata de tallarines con queso, al llegar a casa los vertió en un cazo y se acercó al contestador, apretó el botón para escuchar los mensajes. La salsa de queso bullía y de repente le sonaba a muchos gusanos revolviéndose en el fango.
<<Charlie, hijo, soy mamá. Te llamo para recordarte que quiero la nueva dirección en cuanto llegues a un acuerdo y el número en cuanto te instalen el teléfono, no quisiera tener que repetírtelo. Llámame si no llegas tarde.
…el queso borboteaba, salpicaba la encimera, Charlie corrió y lo retiro del fuego, su madre calló pero no colgó, dijo algo más…
Por cierto, hoy he visto a Stu, tu amigo del colegio, me ha dicho que ayer mismo murió esa amiguita tuya…Sandy, pobrecilla, tan joven…supuse que querrías saberlo>>
Charlie esperaba, o más bien deseaba escuchar una respuesta sencilla, campechana, como: “bueno, me hago mayor y llevo en este pueblo toda la vida, quiero conocer mundo el tiempo que me queda”, una palmadita en el hombro y una carcajada bonachona, pero algo en su interior trataba de convencerle de que no era la respuesta que iba a obtener por parte del arrugado Geoffrey Gaunt.
- Bueno, la verdad es que es como una tradición familiar. Tengo 73 años, que es la edad a la que murió el primero de nuestra familia, y desde entonces vivos o muertos nos retiramos y dejamos el negocio a nuestro descendiente, pero claro, yo he tenido una vida muy célibe.- Lo cual suscitó una sonrisa amable en ambos.- así que aquí estamos, cumpliendo con la tradición.
- Bueno, esperaba algo más simple, no sé, más cotidiano.
- Comprendo que alguien acostumbrado a coger el coche todos los días y ponerse ese endemoniado cachivache en las orejas para oír música por la calle se sienta…no sé…se sienta incomodado ante estas cosas, pero le aseguro que aquí son algo de lo más normal.
- No, por favor, no me malinterprete, me refería a que es un motivo personal en el cual yo no tengo opinión ninguna. De todos modos, ¿no va a echar de menos esto?
- Bueno.- comenzó el viejo Gaunt, suspirando, mientras acariciaba la empobrecida madera de la enorme estantería.- la verdad es que creo que sí, pero bueno, quien soy yo para romper la tradición, ¿no?
- Hombre, la verdad es que si aun se encuentra usted con fuerzas y ganas de seguir podría no romper, pero sí atrasar un poco la tradición, incluso crear usted una nueva. Tal vez haya algo más por lo que usted no este cómodo aquí.
Y a las palabras las acompañó un silencio sepulcral, que aunque durase 5 segundos a Charlie le pareció una vida entera. El señor Gaunt cambió repentinamente su mirada, su rostro se enturbió, escrutando los pensamientos de Charlie, uno a uno.
- Mire, señor Combs, no entiendo muy bien que trata usted de encontrar, ni siquiera sé si usted mismo conoce aquello que busca, pero yo hablo claro y mis palabras han sido muy, muy exactas, ¿de acuerdo?
Charlie dudó por un instante ante aquel brusco cambio de actitud y, al rato, recobró el aliento.
- Claro, señor Gaunt.
Gaunt levantó sus canosas y pobladas cejas, sonrió y continuó con la conversación.
- Muy bien, ahora nos entendemos. Entonces, ¿pongamos que se lo dejo en unos 17 millones?
- Déjeme un momento para recapacitar.
- Por supuesto, pero no olvide su promesa, una respuesta inmediata.- Y Gaunt apuntó con su largísimo dedo hacia su frente, dando golpecitos lentos y sincopados, en un tono burlón pero agradable. Charlie sonrió. Gaunt sonrió.
Charlie salió a la entrada de la librería con el vaso de limonada aun fresca en la mano y miró a su alrededor. Charlie trataba de convencerse a sí mismo de que todo lo sucedido en su llegada al pueblo había sido un mal fario. A menudo pasa, una cosa te sale mal y entonces todo empiezo a derrumbarse cuesta abajo, pero, al final del despeñadero, siempre aparecía una librería preciosa que podría cambiar el rumbo de tu vida, ¿no es así?
No podía convencerse tan fácilmente. Algo le rondaba la cabeza, algo le detenía y clavaba sus uñas en su alma, succionando su voluntad y susurrándole, pero no entendía que decía la voz. ¿Qué quieres de Charlie?, ¿acaso no puede retomar su vida? Pero la voz no escuchaba, la voz hacía caso omiso, flotaba alrededor de Charlie y le sumía en un mar de dudas. Pero la voz se apagó y, entonces, Charlie se decidió.
Entró en la tienda totalmente convencido, con el paso firme y sereno para darle una contestación final a aquel extraño anciano.
- Me la quedo.
- ¿Está usted seguro?, le aseguro que luego no admitiré devoluciones.