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Murmullos

Por Tankian - 21 de Septiembre, 2007, 0:58, Categoría: Paranoids

Voy a presentar un relato a un concurso convocado por una web, como no se me ocurría nada nuevo he cogido algo que escribí en este mismo blog,  breve y que me dejó bastante contento  y lo he estirado hasta destrozarlo:

Se acercó a la ventana mientras intentaba centrarse el nudo de la corbata con unos dedos anestesiados y torpes que podían pertenecer a cualquiera. Su reflejo en el cristal se adivinaba como un fantasma, el rostro blanco, el traje oscuro casi invisible.

El cielo se aclaraba tras las azoteas, resistían algunas estrellas temblorosas, se partía el firmamento entre la noche y el amanecer, los colores no eran bellos, si no tristes y fríos.

Tras la puerta de la habitación los murmullos llegaban desde la cocina, los ruidos más nimios le parecían amplificados como si el pasillo fuera infinito. Los siseos de las faldas al agitarse, el tintineo de las tazas entrechocando, la catarata del café desde la cafetera, todos ruidos obscenos, mal disimulados, jocosos…los murmullos hablaban sobre él, sonaban como un grupo de ancianas enlutadas en la iglesia, como su abuela rezando el rosario cada noche el acostarle, la letanía que se arrastraba, las cuentas de madera en su mano rasposa.

Se sentó al borde de la cama y tensó la espalda a la espera de su abrazo, de sus manos ardiendo en sus brazos, sus senos en la espalda, un buenos días esbozado, un beso en la nuca, su aliento. Entre los murmullos de la cocina creyó percibir una risilla ahogada por unos dientes apretados, las gotas de café contra el suelo. Se levantó de un salto, se giró, levantó las sábanas, palpó para asegurarse, suspiró.

Pasó un rato agarrando el pomo de la puerta, se sentía como aquellas veces en las que su madre le compraba ropa ridícula y le obligaba a ponérsela para que le vieran las vecinas, le ardía la cara.

Al abrir la puerta el pasillo le pareció efectivamente más largo, en el otro extremo la puerta de la cocina estaba abierta y las cabezas giraron, crujieron los cuellos oxidados. Allá a lo lejos la cocina parecía una pantalla y la gente vestida de negro que le miraba era un conjunto escultórico, una horda de almas a las que él observaba con temor.

Bajó la mirada y se metió en el cuarto de baño, cuando cerró la puerta los murmullos volvieron más graves, más evidentes.

Abrió el grifo del agua fría, tapó el desagüe y lleno el lavabo hasta que el agua  amenazó con desbordar. Dobló la corbata hacia su espalda y metió la cara en el agua con los ojos cerrados, las orejas asomaban y los sonidos burbujeaban.

Quitó el tapón y se secó los zapatos, cuando el agujero se tragó el agua acercó la boca y le llamó en voz baja. Pegó una oreja, se mojó, era agradable. No le contestó.

Salió del  baño y entró en la cocina, se encogió pero cuando sintió el primer abrazo rompió a llorar. Todos  le abrazaban y le empujaban hacia otros brazos, le pasaban de un abrazo a otro, él lloraba mareado. Una mano caliente le secó  las lágrimas.

Cuando el féretro comenzó a descender con un zumbido él se soltó de los brazos que le sujetaban para que no se derrumbara; al liberarse las piernas se le doblaron y necesitó apoyarse en un hombro para no caer. La última flor de la corona desaparecía de su vista cuando se irguió y se acercó al borde del agujero. Los murmullos eran ahora gritos  y cacareos, varias personas dieron un paso adelante para agarrarle, el cura carraspeó y bajó su librillo unos centímetros. Él levantó la mano y su palma les calmó.

Sacó el anillo y se lo llevó a los labios, el sol le arrancó un pequeño resplandor a los restos de saliva. Se arrodilló, el féretro estaba cerca, el hoyo no era demasiado profundo y eso le tranquilizó.

<<Cariño, escúchame, (una ráfaga de aire agitó las flores de la corona, el lazo acarició la tapa), ¿quieres ser mi esposa, cariño? Sé que suena estúpido, pero necesito que me contestes>>

Abrió la manó, el anillo golpeó la madera, giró de pie varias veces y quedó inmóvil. Se levantó y se dejó llevar por una multitud de brazos de llantos fingidos, volvió la vista, a esa distancia no se advertía el agujero en la hierba.

En el coche pegó la frente a la ventanilla, sus padres se susurraban cosas delante y su abuela le agarraba una mano, estaba tan fría, le daba angustia. Cuando llegaron la frente le dolía; bajó del coche sin despedirse, escuchó cómo se alejaba cuando giró la llave en la portería.

Abrió el buzón y todas las cartas para ella las dejó dentro, solamente cogió un folleto de publicidad en el que la gente reía enseñando los dientes. Al cerrarlo cogió la etiqueta con sus nombres, el buzón quedó huérfano y abierto.

En el ascensor pulsó el botón y mientras subía alargó su brazo izquierdo para rodearle la cintura, su brazo dibujó la curva y cayó fulminado, su mano inerte golpeo su cadera.

Entró en la casa y el silencio le apretó la nuez, tragó saliva, cerró al puerta y se apoyó en la pared con las llaves colgando de un dedo. Se escurrieron y sonaron como un plato al romperse.

En el salón el contestador parpadeaba, el piloto rojo parecía la boquilla de un cigarro encendido entre unos labios obsesivos. Se acercó y pulsó la luz.

Crepitar, un golpe.

Su voz.

<< Sí >>

 

 

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Lo que se encuentra en los cajones

Por Tankian - 20 de Agosto, 2007, 23:52, Categoría: Paranoids

Hoy me he encontrado una funda de plástico que contiene unos escritos que daba por perdidos, poca cosa, un par de relatos y los 12 primeros capítulos de lo que iba a ser mi primera novela, la misma que sigo persiguiendo.

Los relatos son penosos pero uno de ellos he decidido transcribirlo y colgarlo aquí como un mero acto de nostalgia. Lo escribí en el verano del 99, recién regresado de Cambridge y después de haber decidido que abandonaba la universidad y me lanzaba al mundo de los currelas, que es algo muy trágico cuando se supone que serás un licenciado más en Derecho. De hecho lo escribí a mano entre servicios mientras trabajaba como mensajero en moto, que fue mi primer empleo al volver de Reino Unido.

Si bien me da mucha vergüenza releerlo y más que lo lea la gente lo estoy pasando a ordenador tal y como lo escribí, con cada punto, coma y error que llevaba, y eso es duro porque tal y como lo voy pasando se me van los dedos para rescribirlo, pero no se trata de eso, creo que pese a ser muy malo tiene cierta magia que he ido perdiendo, al leerlo recuerdo cómo escribía por entonces y creo que he perdido ese puntito de ingenuidad que es tan necesario. Es evidente al leerlo que por entonces mi único espejo para a escritura era King, y puede que de ahí venga el desparpajo del que hablo.

Son tres folios y cuelgo la mitad, más adelante colgaré la segunda, cuando la pase.

Lo del primer intento de novela sí que me ha hecho ilusión y quiero releerlo, justo ahora que hacen 10 años de que lo dejé por imposible. Pero son demasiados folios para transcribirlo, si alguien conoce algún programa de OCR fiable que me lo diga y lo paso con el escáner.

 

TANATORIO

Encendió la luz larga, las gotas cubrían como aguijonazos la visera del caso, la levantó y entornó los ojos…la lluvia dolía, le bombardeaba la cara. No veía nada, todo era negro y húmedo, condenadamente húmedo. Tuvo que girar bruscamente hacia la cuneta porque un coche pasó muy cerca de él, el claxon le sobresaltó y le faltó poco para caer fuera de la carretera. En ese momento el walkie sonó <<No lo voy a coger…joder, no lo voy a coger, ¿son más de las diez!>>; el puto timbre del walkie no paraba de sonar, buscó a tientas el interruptor de apagado y lo apretó sin dejar de mirar hacia el frente. Aceleró un poco y metió la cabeza un poco entre los hombros para resguardarse de la lluvia lo que pudo. Pasó el cartel amarillo que conocía de sobra… POLÍGONO INDUSTRIAL RABASA

…ya estaba cerca del almacén, se había acabado el peor dia de su “prometedora carrera como mensajero”; veinte putos servicios bajo el agua. Y el walkie volvió a sonar; masculló entre dientes y paró la moto…se quitó el casco y acercó el aparato al oído, la electricidad estática anunciaba la comunicación con la oficina:

-Dime…¿me copias?-no se ocupó en disimular la mala hostia que le corroía-

-Jose, ¿dónde estás?- era la secretaria, con la voz masculina que tanto la caracterizaba-

-Estoy llegando…repito…estoy llegando-“así que te jodes, busca a otro pardillo”- en cinco minutos estoy ahí-

-Esto…-la supervisora habla al fondo con su voz también masculina- hazme un favor, guapo, recógeme un sobre en el tanatorio “La Siempreviva” (bonito nombre para un tanatorio, sí señor)…lo recoges y te subes-

-(Y una mierda así de grande, ha pasado más de una hora de mi turno, son más de las diez de la noche…así que voy a la oficina, facturo y a casita). Vale, voy para allá- eso se llama “espíritu trabajador”; y por eso mismo ahora hay que atravesar toda la ciudad de noche con la lluvia dando por culo-

-Gracias boniPIII-no le dejó acabar, apagó el walkie y arrancó la moto-.

 

Miró el reloj al bajar de la moto, las diez y media, ató la moto con prisas y entró en el jardín del tanatorio, se paró y miró el edifico con más atención de la normal: un edificio moderno (la muerte no tiene edad), de color verde (como el moho), nada majestuoso (la muerte si lo es, ¿verdad?), con esa antena roja y blanca presidiendo como una torreta de vigilancia (¿para qué sirve esa antena), ¿quién se comunica por ella?) “es una antena entre dos mundos” pensó y sonrió.

Se acomodó la mochila y dio dos pasos más, y se volvió a parar….volvió a mirar el edificio, y la idea le vino clara e insultante a la cabeza: el edificio estaba vivo, vaya si lo estaba…cerró los ojos y pudo oír los latidos lentos y regulares del tanatorio. En esa oscuridad, con los ojos cerrados, no lo veía como un edificio prefabricado, lo veía como…sí, como un grotesco ataúd gigante que se convulsionaba pariendo pequeños ataúdes membranosos que se retorcían gorgojeantes en el aire, y oía como esa criatura emitía un sonido, era algo así como un ronroneo, el ronroneo de un gato gigante. Fabricaba ataúdes con ese ronroneo, con el ruido de la maquinaria sonando sin cesar…abrió los ojos. Frente a él el tanatorio permanecía quieto e inofensivo (es un edificio, tío, solo eso, estás desvariando); estaba cansado, podidamente cansado, cogería lo que tuviera que coger y se iría, era de locos pensar que un edificio se mueve…pero, como dijo Galileo “sin embargo, se mueve”.

Entró en el hall principal, frente a él estaba el ascensor, que en ese momento subía al segundo piso, donde una niña reposaba en un pequeño ataúd de caoba en la sala 4, su vecina de la sala 6 era una anciana que había muerto durmiendo a los 92 años de edad (los hay con suerte). A su  derecha estaba el escaparate que mostraba coronas de flores, lazos con pésames grabados en bonitas letras doradas, tarros con grabados en marfil para albergar cenizas…de todo, sí señor, se puede comprar de todo porque “Señora, con nosotros da gusto morirse, olvide sus miedos, ¿por qué asustarse cuando hablamos de la muerte? ¡¡alegre esa cara, mujer, porqueeeeeeee USTED ESTÁ CON NOSOTROS, muerta pero con nosotros!!. Coja mi brazo y acompáñeme por nuestro Death Shop*…veamos, ¿qué le parece esta corona de gladiolos y rosas? ¡amarillas, blancas y AZULES!, de todos los colores querida, sí es cara pero…la calidad tiene un precio y, qué diablos, usted no lo pagará, JAJAJA, ¿y sabe por qué?, porqueeeeeee USTED ESTÁ CON  NOSOTROS. Si no le gusta esta corona en particular puede admirarse eligiendo entre las miles, qué digo miles ¡¡millones!! De coronas que tenemos para usted. Y claro, qué mejor para una buena corona que esta hermosa cinta de seda violeta, veamos qué pone: ejem, noooOOO teeeEEEEEE olvidamos, ¡¡¡ooooooohhhhhhh111 un gran OH para algo tan bonito, ¿me equivoco, querida?, no me diga que con esto no merece la pena diñarla, jejeje. Pero claro, me olvidaba, a lo mejor es usted de sangre caliente y quiere probar nuestro horno crematorio, perfecto, pase y quémese usted misma…esperemos un par de minutos (silbando), aquí está, hola querida, ¿qué tal?, vaya, parece que nuestro horno ZVC 26000, NÚMERO UNO EN EL MERCADO le ha dejado hecha polvo, ¿no es cierto? JAJAJA. Pero tranquila, no se va a quedar aquí en el suelo, porque alguien podría pisarla, o un gamberro podría soplarle algo al oído, JAJAJA, y eso no sería nada agradable, ¿verdad, amiga mía? ; antes me he dado cuenta de que usted no podía quitarle el ojo de encima a esta maravillosa vasija dorada que tengo en mis manos, jejeje, pues…vasija, esta es tu dueña y, ejem, amiga, esta es tu vasija MUA  MUA. Yo mismo la meto,… ajá, ya está, adios amiga; ya he tapado la vasija con esta increíble tapa de nácar, y no se preocupe porqueeeeeeeee AMIGA MIA, ESTÁS CON NOSOTROS”.

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Empatía

Por Tankian - 25 de Julio, 2007, 0:56, Categoría: Paranoids

El hombre tararea el taconeo de sus zapatos italianos en el parking, mira la hora varias veces en el trayecto para escuchar el susurro de la tela acariciándole el antebrazo, se monta en el coche y se mira en el retrovisor, intenta alzar las cejas pero le duele porque su gesto natural es el ceño fruncido, el eterno enfado. Durante un segundo añora una cara, la suya, pero el tacto del volante le hacen volver en sí. Es grande y eso es lo que vale.

Hoy ha despedido a otro, un cuarentón que acumulaba demasiados retrasos porque su hijo está enfermo, o eso dice. Le ha llamado al despacho sin hablarle, con gestos, como se debe hacer. El personaje se ha quedado de pie delante de la mesa frotándose las manos en los pantalones, llenando de sudor asqueroso los pantalones del traje, el cerdo, con sus ojeras y el pelo pegajoso y esa vocecilla que es un gemido como si fuera  una puta vieja.

Cuando le ha puesto delante el finiquito se le ha quedado mirando y ha contado mentalmente hasta que el otro se ha puesto a llorar, a balbucear, a temblar…oh dios, se ha excitado y cuando el tipo se ha largado con su chaqueta barata en el brazo a cerrado con pestillo y se ha masturbado imaginando que se follaba a su mujer mientras él y su niño moribundo le miraban con los ojos vidriosos. Si eso no era poder qué coño importaba con lo bien que le sentaba.

El hombre llega a su chalet, deja el coche detrás del mini de su mujer y entra, cuando cierra la puerta emite un gemido y se le caen las llaves y cuando caen acierta a comprender que suenan como una sola llave.

No está en su casa.

Está en el extremo de un pasillo, a su izquierda un mueble blanco horroroso y una foto, un niño escuálido en una silla para niños pequeños y una mujer gorda sonriendo mientras le coge una mano.

El hombre avanza hacia la luz anaranjada que sale de una habitación, en la cama el niño de la foto es un adolescente desnudo con las piernas peludas y muy delgado que observa el techo con la lengua colgando. La gorda está arrodillada a su lado y le lava el culo con una esponja grande y llena de mierda, llora mientras lo hace y suspira, de vez en cuando para y le acaricia la cabeza al chico, que gruñe sin dejar de mirar al techo.

El hombre gira y sale corriendo de la casa y desde fuera es su chalet y su coche aún está caliente y coge el móvil y llama a su mujer.

-Oye…soy yo

-¿Cómo?...-es su mujer, suena rara

-Que soy yo, dónde estás?

-Disculpe, se ha equivocado, ¿por quién pregunta?-al fondo un hombre habla, dentro del chalet el chico ladra, o algo así.

-Mira, no estoy para tonterías…-se oyen unos chasquidos en la línea y habla un hombre

-Oiga, ya le han dicho que se ha equivocado, déjelo ya

-Tú….tú-es él, le ha reconocido la vocecilla, pero no habla igual, habla más alto y vocaliza más…habla como él (“como hablabas tú, imbécil”, dice alguien)

-Hijo de puta, a mí no me vas a…-la gorda sale llorando de la casa, se tambalea y grita, se acerca a él con las palmas de las manos goteando de algo que apesta

-Que te den-y cuelga.

La mujer se abalanza contra él y le abraza y tira de su ropa y huele a muerto, a podrido, el chico gruñe y el gruñido se multiplica y rebota como si el cielo fuera un techo y estuvieran todos encerrados. Él móvil cae y revienta y se queda parpadeando la pantalla y emite un zumbido que suena como una risa asmática. La mujer se derrumba y los gruñidos son más agudos y el coche no está, el chalet tampoco, todo es una habitación amarillenta y el chico se retuerce y se golpea la coronilla contra la cabecera de la cama y yo lanzo alaridos y el reloj se me funde en el brazo y desaparece debajo de la piel y el tic tac tic tac tic tac me está quebrando la cabeza desde dentro y la mujer repta por el pasillo y aparece al otro lado de la puerta suplicando y sorbiéndose los mocos y yo doy saltos porque no sé qué coño hacer y la puerta se cierra y por las esquinas unos altavoces invisibles escupen mi nombre “AL DES-PA-CHO” y lo repite sin cesar y entre vez y vez crepita como aceite hirviendo y el chico golpea la pared con sus garras y la mujer está abollando la puerta y escucho sus pisadas corriendo por el pasillo al otro lado de la pared y todo da vueltas y no sé quién soy y no quiero saberlo.

 

 

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Mi querida musa

Por Tankian - 25 de Julio, 2007, 0:54, Categoría: Paranoids

Si miras hacia arriba me verás y al verme querrás llorar y el sufrimiento será seco porque de mí depende que las lágrimas te refresquen las pestañas y puedo decir qué forma tendrán las gotas que caigan y hasta donde se deslizarán; las lágrimas podrán aliviarte si así lo quiero o abrasarte si me guía el odio.

Yo tengo la pluma y todo lo que tú ves grande es para mí un montoncillo de letras que puedo derrumbar con un chasquido de mis dedos, tu mundo no es nada, no lo olvides. Si quieres que todo siga como está trátame bien, que no se te ocurra desparecer ni un día porque cuando quieras contarme algo puede que ya no me interese.

Si te quejas del frío puedo describir ráfagas heladoras que te hagan tiritar y estarás desnuda en plena calle tiritando mientras a tu alrededor la gente camina acalorada y te lanzan miradas agresivas, serás el hazmerreír y las madres animarán a sus tímidos hijos para que te violen y serás la más puta y nadie te respetará, y te dolerá todo y siempre y cada vez más, ad infinitum.

Todo eso lo haré si no vuelves a guiarme desde el pedestal de soberbia que te has labrado a mi costa, tu poder ya no es el que era porque puedo borrarlo y no serás más que otro personaje que se muere asfixiado en mi bloqueo.

Sigue bloqueándome, mantenme a raya, hazlo si lo disfrutas, pero hazlo sin dejar de vigilar tu nuca porque no oirás mis pasos ni mi respiración, o sí, quién sabe, todo el tiempo que tu ausencia me deja lo dedicaré a escribir la escena más excelsa que se haya escrito, la de tu muerte.

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El hombre vela

Por Tankian - 23 de Junio, 2007, 3:03, Categoría: Paranoids

El estallido, el impacto, la onda expansiva, la sensación de que lo que tiene delante de sus ojos se estira y se encoge con una succión monstruosa, el aguijonazo de sus tímpanos reventando.

El calor, la sensación roja que le empuja y le pega contra el mostrador, los lengüetazos que le abrasan. Entre el murmullo del horror recuerda en lo que parece la vida de otro aquella tarde sentado en el suelo viendo “El mago de Oz”, y en la pantalla en blanco y negro que le reserva la sorpresa del color para años más tarde la bruja perversa grita “Me derrito, Me derrito!!!” y él lanza alaridos.

Se derrite, se mira los brazos y son de cera y el dolor lacerante es el hilo que le une con la realidad, agradece la carnalidad del dolor porque se va a volver loco, su cuerpo es una vela hecha jirones.

Antorchas corren por los pasillos, chocan unas con otras y los gritos se adivinan bajo el crepitar de las llamas.

El hombre vela quiere que le soplen, un soplido agradable de abuela, una pequeña ráfaga  refrescante.

Recuerda los pies de la bruja bajo la casa y se lanza a la carrera hacia la luz de la calle, esquiva antorchas humanas con los ojos enrojecidos. Afuera todos soplan, lo sabe.

Seguimos soplando al hombre vela.

20 años después del atentado de ETA en el Hipercor de Barcelona las víctimas siguen pidiendo ayuda, se sienten olvidadas. En todos nosotros está aliviarles, cada uno como pueda.

El hombre vela dice en la radio que mientras los políticos les usen no se solucionará nada.

Soplemos.

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El truco de la rosa

Por Tankian - 29 de Mayo, 2007, 23:47, Categoría: Paranoids

Le dijo que podía convertir una rosa blanca en una rosa roja.

Era un truco de la familia, le comentó. Ella reía siempre. Él callaba y miraba  al frente.

Hacía frío, de noche, estaban sentados en un banco lleno de pintadas monstruosas, ella se refugiaba bajo su brazo. Fumaban, compartían el humo.

El humo se confundía con las nubes que les salían de la boca.

Le mostró la rosa blanca. Ella rió cansada y agachó la cabeza.

Le dijo que se había ganado ver la magia, el truco familiar, repitió.

Ella salió de su abrazo, se puso recta con las manos sobre los muslos como una alumna interesada. Él puso la rosa a la altura de los labios de ella, ella la beso riendo.

Lo hizo.

La admiración la enmudeció. Los grillos lanzaban alaridos.

El golpe sordo de ella contra el suelo fue el aplauso. Él sonrió.

La rosa era roja.

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Breve historia de amor

Por Tankian - 24 de Mayo, 2007, 23:43, Categoría: Paranoids

Siempre había evitado ir a entierros, ponía excusas extrañas y no se presentaba, nunca.

Su primer entierro era el de su amada, y seguía buscando una excusa que deshiciera la costra de dolor que le atenazaba el pecho mientras desaparecían las últimas flores que tapaban el ataúd, se hundían las coronas a saltos, dos operarios iban soltando la cuerda con solemne torpeza.

Se acercó al borde, los que le rodeaban dieron unos pasos adelante y estiraron los brazos hacia él, curvaron los dedos de las manos como vaqueros de plástico, esperaban el momento en el que se tirara al agujero para agarrarle.

Sacó la cajita roja, la abrió y la sacudió, se oyó el tintineo del anillo golpeando la madera y su susurro

<<Cásate conmigo>>

Dedicó el viaje de vuelta a mirar el cielo, oía las voces de sus padres parloteando, su madre hipando, probablemente le decían cosas. La buscaba por alguna parte del cielo y cuando llegaron le dolía la frente del frío del cristal.

Se despidió de sus padres sin mirarles, lloviznaba.

Dejó caer las llaves en la mesilla de la entrada, sonaron como un ramillete de anillos sobre una caja de pino. Un mensaje en el contestador, un 1 rojo.

Pulsó el botón verde, un pitido.

El ruido de una línea muerta.

Su voz.

<<Sí, quiero>>

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Reflexiones de mierda sobre Paris

Por Tankian - 3 de Mayo, 2007, 23:38, Categoría: Paranoids

No pude ver el balcón al que se asomaba Jim para fumar, probablemente para echar un trago o para que el aire le disfrazara un poco la resaca. Seguramente se apoyaba en la barandilla y miraba Vosges a su izquierda, y si se animaba bajaba y paseaba un momento para sentarse en la plaza a escribir un rato.

La fachada estaba cubierta por un gran toldo, feo y sucio, detrás los andamios como un esqueleto raro, uniforme y tocapelotas. Tengo una foto en la portería y quiero pasarle filtros especiales para ver si el espectro de Jim se tambalea a mi lado; en los botones del portero hay etiquetas insulsas y ninguna me dice que Jim y Pam viven ahí.

Durante una centésima de segundo busque entre las etiquetas con la ilusión de que su nombre apareciera, como un imbécil. No llegó a desilusionarme, no tanto, pero uno nunca sabe cuándo va a abrirse una puerta en el tiempo por la que colarse. Desde que Donnie Darko descubrió los tubos que salen de la gente tengo más interés por las tetas, o más bien por el espacio entre ellas.

En Paris sería maravilloso, más aún, que se descubriera alguna puerta temporal, un callejón mágico o algo así, porque allí retroceder unos años parece algo atractivo. Bien pensado retroceder en el tiempo ya es atractivo en cualquier sitio.

En Bastilla habría escuchado los gritos del pueblo en lugar de los motores de los coches. Deberían prohibir los vehículos de motor en Paris, todo el mundo debería ir en bici o andando, así todo sería mejor.

En el Louvre puede que no me interese un agujero temporal porque sería la casa de los reyes y no se podría ver por dentro, y las piezas griegas o egipcias no estarían allí, para ver una momia tendrá que ir al desierto a pasar calor, a que me devoren los mosquitos. El Louvre creo que está bien como está, con sus Tullerías delante plagadas de grupos de chinos que no paran de hacer fotos.

El Sena podría volver al pasado para poder bañarse en él, aunque si retrocediéramos mucho perderíamos muchos puentes que no se pueden perder. Debe ser complicado esto de regular los agujeros en el tiempo.

Por muy famosa que sea yo sí que me iría al París sin la torre Eiffel porque individualmente me impresiona, pero pienso que sin ella toda la zona sería más bonita.

Ahora que lo pienso, puede que la casa de Jim  no tenga balcón o simplemente que no diera a la fachada, puede que toda mi fantasía se base en algo erróneo, puede que toda esta mierda sea eso, mierda y no reflexiones en voz alta.

Entre usted y yo, amigo, este escrito se autodestruyó en su primera línea, no debe leerlo, aunque a estas alturas es tarde.

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La Suite de los Suicidas. Final Cut

Por Tankian - 13 de Febrero, 2007, 10:33, Categoría: Paranoids

Pues nada, como los que hayan encontrado una hora para leer mi recomendado relato 1408 de King habrán leído, es casi obligatorio para todo autor amante del género de terror tener su propia versión del relato de hotel encantado. Me sumo a la infinita lista con un relato simple pero creo que efectivo, releído me gusta, y eso es mucho. Creo que la última parte desmerece del conjunto, pero la presión ha sido dura y tenía que terminarlo.

Bajad la intensidad de la luz, acurrucaos en vuestro rincón favorito e imaginad que entráis al hall del viejo hotel Blackbird...

Comprendo la hilaridad de la mayoría de la gente cuando surge en una conversación algún fantasma, alguna vivencia sobrenatural, algo que no se pueda explicar. Es lógico y humano reaccionar así ante lo desconocido, al menos es la manera más sencilla de afrontarlo; como decía un viejo amigo <<mientras te ríes no piensas>>.

La circunferencia del planeta, la gravedad, el sistema solar, la influencia de la luna en las mareas, los pulpos gigantes, las maquinas voladoras, la energía eléctrica,…tantas y tantas cosas fueron acogidas con carcajadas, ridiculizadas como meros sueños ignorantes, y ahora vivimos con ello y lo admiramos…la ciencia acalla las burlas cuando toca algo, mientras sus dedos se acercan, y tardan siglos en ocasiones, no hay remedio para la incredulidad y sus incómodas manifestaciones.

He experimentado suficientes fenómenos inexplicables como para ser inmune a los rechazos racionales, simplemente compadezco a esa gente que no ha disfrutado de tales experiencias, tanto provocadoras de miedo como maravillosas. Lo que ocurre es que no hay palabras para expresar esas vivencias, y si las hay no soy el más indicado para unirlas de forma coherente y fiel, si bien confío en que al menos un poco de mi apasionamiento sí quede impregnado en estos párrafos, para que el lector consiga hacerse una idea.

He ofrecido centenares de conferencias en las mejores universidades (Cambridge, Harvard, Salamanca, Yale,…), ante grandes hombres y mujeres, mentes preclaras y fuertes personalidades, y puedo decir sin miedo a equivocarme que la estrella de la función siempre ha sido mi estancia en la habitación 616 del hotel Black bridge de Bangor, Maine.

No puedo dejar de estar de acuerdo con la mayoría de mis queridos escuchantes, ya que la noche que pasé en la 616 dejó su indeleble huella en mi cuerpo y en mi mente, y me es imposible olvidarlo.

En todas las conferencias leí la trascripción de mis propias palabras firmada por Gregory House, insigne doctor y amigo personal, el cuál me atendió a la salida de la habitación, grabó el afectado relato de mi experiencia y construyó la narración final con ayuda de los implicados. Utilizo su trascripción porque no sería justo confiar en mis propios recuerdos después de una noche tan traumática, tan lejana ya, y a su vez confío totalmente en la profesionalidad y objetividad de mi estimado Gregory.

Procedo pues  a  "transcribir la trascripción", si me permiten la broma.

         << El profesor se presenta en la recepción del Black bridge pasados seis minutos de las nueve de la noche del 6 de diciembre de 1973. El recepcionista le reconoce y, tras intercambiar saludos, le proporciona la llave de la habitación 616, apartada ya a la espera de su llegada.

          El recepcionista le informa de que esa misma mañana se ha efectuado una limpieza rápida y superficial de la habitación en cuestión ya que, como él sabe, ninguna empleada del hotel aceptaría pasar más de cinco minutos en esa estancia.

          El profesor deja su bolsa de aseo personal en la recepción y se dirige a la cafetería del hotel, donde el Sr. Torrance, jefe de camareros, le proporciona un termo de café que el profesor ha acordado devolver a la mañana siguiente, seguramente vacío (sic.). El profesor toma una taza en la barra de la cafetería echando un último vistazo a la documentación sobre la historia de la habitación 616:

"En la primavera de 1883, apenas dos años después de la inauguración del hotel, un vendedor de seguros  es encontrado muerto en la cama de la habitación 616, que tuvo que ser abierta después de tres días sin noticias del señor. El médico que lo reconoció achacó la muerte a un fallo cardiaco, dado el sobrepeso del hombre y su ajetreado modo de vida.

Entre septiembre y diciembre del mismo año fueron once las muertes acaecidas en dicha habitación, por una del resto del hotel en el mismo período. Seis ataques cardiacos, un ahogado en la bañera y cuatro suicidios, los dos últimos el de una mujer de 22 años y su hijo de 5 que, al contrario de lo esperable, saltó por la ventana casi cinco minutos después de su madre tras, según los testigos, pedir ayuda asomado para finalmente arrojarse y caer al lado de su madre, los dos con la misma expresión aterrorizada en el semblante. La demanda de auxilio hizo que la policía y los bomberos derribaran la puerta de la habitación en previsión de algún incendio o la presencia de algún criminal. La habitación estaba silenciosa, en calma,  y las maletas de la mujer y su hijo yacían sobre una mesa, sin abrir siquiera.

La habitación estuvo cerrada 25 años, si bien varias personas cayeron desmayadas al pasar por delante de la puerta; al final la gente pasaba corriendo como alma que lleva el diablo, escapando del misterioso influjo que llegaba más allá de sus  paredes.

En 1909 el hotel cambia de dueños y los nuevos hacen oídos sordos a las advertencias de los trabajadores, incluso cuando varios de ellos abandonan su puesto al conocer la intención de reabrir las maldita 616; prefieren abandonar su trabajo, en algunos casos desde la apertura del edificio, antes que volver a ver abierta la habitación.

La nueva dirección cree que pueden usar la leyenda de la habitación, conocida bien afuera del estado, para mejorar los resultados económicos de su inversión. Acuerdan que esa habitación pase a tener el precio de una suite, pese a ser una habitación simple con baño completo, una cama individual, una mesa, una silla y un armario . Confían en que el morbo y las excentricidades de los ricos  les den la razón, y así es.

Se forma una lista de espera de hasta dos años para ocupar la habitación, y efectivamente grandes magnates y famosos multimillonarios quieren pasar la noche en la 616 pagando más por acelerar su subida en la lista. En la boutique del hotel se ponen a la venta camisas con la leyenda Yo sobreviví a la 616 en la pechera…no se vendió ni una.

Los cuarenta primeros inquilinos de la habitación fallecieron, quince dentro y los otros veinticinco fuera del hotel, de estos diez  murieron víctima de un cáncer repentino que tardó tres meses en el más largo de los casos en consumirles. Los quince restantes realmente murieron en la habitación, pero la dirección del hotel consiguió mover los cuerpos y "quitarse el muerto de encima".

Se eliminaron las listas de espera aludiendo a un problema de humedades irreparable y tóxico, por lo que en pocos meses cesó la fiebre de la 616 y todo volvió a la calma. Bueno, hasta el 29.

La habitación estuvo casi veinte años cerrada después del nefasto comienzo de la lista de espera La dirección no quería complicarse  la existencia por un plus, y decidieron esperar a que la mala suerte se durmieses, agazapados a la espera de  ocasión propicia.

Y un jueves cualquiera del 1929 Wall Street se derrumbó, muchos millonarios cayeron en la miseria, muchos negocios quebraron y el suicidio se puso de moda. Una pintada en la mismísima puerta de Wall Street apareció a la mañana siguiente "LA 616 DEL BLACKBRIDGE, UN ÚLTIMO LUJO".

Se desconoce quién lo escribió, pero realmente fue una campaña publicitaria magistral, en el momento y el lugar adecuados, con una clientela preparada.

Fue una campaña que transformó a la 616 en la Suite de los Suicidas desde ese 1929, y así seguía siendo en el Diciembre de 1973.">>

<<El profesor consiguió el permiso del director del hotel, el Sr. Gaunt, quién negó hasta la extenuación el negocio subterráneo de la 616 como última estación para suicidas con medios. Achacaba esa historia a los medios sensacionalistas de los 30 y a la tendencia norteamericana a fabricar monumentos a la tradición con un simple pedrusco.

El Sr. Gaunt se reconoció lector de los trabajos del profesor, si bien quiso apostillar que era justo decir que era mayor el interés de su esposa por "esos temas suyos", que él los leía como ficción. Sea gracias a su esposa o a él, el caso es que el profesor obtuvo permiso para pasar la noche del 22 al 23 de diciembre de forma gratuita a cambio simplemente de una discreción absoluta hasta la publicación del trabajo resultante, en el que se subrayaría el trato profesional y encomiable del personal del hotel empezando por el Sr. Gaunt.

El profesor quería pasar la madrugada en la 616 porque siempre había defendido que todo era una campaña de publicidad iniciada a raíz de la muerte del vendedor de seguros en 1883. Desde entonces los sucesivos propietarios del negocio alimentaron la hoguera echando sus propios troncos, pues un fantasma puede hacer mucho por un hotel, de ahí que todo hotel de alto standing tiene su propio fantasma, como signo de distinción.

Que en una misma habitación se hubieran certificado santísimas muertes sin despertar el interés de la policía era poco menos que impensable, a no ser, claro, que supieran que realmente no había muertos ni nada parecido.

El profesor defendió su postura en muchas tertulias y se enfrentó en sus artículos con varios investigadores que ponían sobre la mesa la extensa documentación sobre el asunto: fotografías, actas de la policía, certificados de defunción, declaraciones de personas implicadas directa e indirectamente a  medios públicos y privados…pero el profesor no se achicaba ante las torres de papel y argumentaba que eso no eran pruebas, que era papel y letras, y cualquiera podía crearlas.

En la última tertulia en la que surgió el tema de la 616, en el café "Old Atwa" de Washington, el profesor se hartó de las mismas argumentaciones de siempre y, dando un puñetazo sobre la mesa, entre el tintineo de las cucharillas en las tazas y los ojos desorbitados de sus compañeros, clamo "No, no y no. No creeré lo que mis ojos no vean, y si para callar sus monótonas frasecillas tengo que pasar una noche en esa habitación, lo haré".

Dicho y hecho, una semana después el profesor había obtenido el permiso del Sr. Gaunt y había acordado su llegada en la noche del 22 de Diciembre. Salió del despacho con la promesa de que ningún empleado del hotel se le acercaría para intentar persuadir con historias de fantasmas y apariciones, ya que él era lo bastante maduro como para valorar lo que veía o escuchaba, y no quería hacerlo con prejuicios innecesarios.

El profesor abandonó la cafetería a las once en punto, después de releer sus papeles, saludó al Sr. Torrance, recogió su bolsa de mano en la recepción y subió al ascensor. El ascensorista era un chico joven, lo que le tranquilizó, ya que si le hubiera tocado alguno de los veteranos podría haberle intentado convencer en el último momento de que lo que estaba a punto de hacer era una verdadera locura.

Si bien era joven estaba claro que el chico conocía algo de la historia y sabía quién era el profesor, porque al llegar a la sexta planta y abrirse las compuertas musitó un "Suerte, señor" al que el profesor respondió con un "Sí" que dijo sin darse cuenta, lo que le hizo enfadarse consigo mismo por pensar que la necesitaría y con el chico por insinuarlo. Cuando el ascensor comenzó a bajar el profesor seguía inmóvil, de perfil, con la bolsa en una mano y la llave en la otra.

No lo reconoció en el momento, pero poco después el profesor estaba  seguro de que cuando el ascensor abandonó la planta y él comenzó a andar hacía el final del pasillo sintió una urgente necesidad de bajar las escaleras a saltos y abandonar ese edificio. Fue como cuando algo se encendía en el interior para recordar que se habían olvidado las llaves o un grifo, una certeza tan sobrenatural como segura. Incluso se le despertó un dolor en estómago; se paró frente a la habitación 628, inspiró y expiró ruidosamente unas cuantas veces y se regañó por el patetismo de la escena.

El malestar decreció en intensidad, pero quedó ahí, como un murmullo de algo peligroso pero lejano. El profesor lo achacó al café que había tomado y a la estúpida lectura que le había acompañado, miró el reloj y se detuvo frente a la puerta, una puerta normal, como las demás que interrumpían las paredes de ese pasillo, de madera oscura, una mirilla enmarcada en un anillo plateado y una plaquita también plateada justo encima: 616 o,  como decía el teatral Profesor Del Oso "seeeis y uno y seeeis…trece", como si eso significará algo, ya que en esa misma planta la 634 y la 627, entre otras, sumaban 13 y no pasaba nada anormal.

El profesor sonrió mientras sujetaba  la llave con los dedos índice y pulgar, y ahí empezaron los problemas.

La puerta no estaba.

Era una silueta en la pared, un trozo de papel más claro que el resto, como si se hubiera retirado un armario o algo similar, pero no era así, ahí había una puerta que daba paso a una habitación, y eso no se puede retirar como un mueble.

El profesor dio tres pasos hacia atrás, miro hacia la izquierda, al fondo del pasillo, donde estaba el ascensor, con un botón que le haría subir para poder salir de ahí. Estiró la mano para tocar el papel limpio y tocó la madera.

La puerta estaba en su sitio.

Y siempre había estado ahí, obviamente, por mucho que un atontado se hubiera dejado impresionar por los documentos que había leído, por mucho miedo que tuviera la puerta estaba donde se puso en 1880, y si una simple alucinación le hacía abandonar realmente era un cobarde bravucón.

No dejó de tocar la puerta mientras introducía la llave en la cerradura, y entonces escuchó un gemido sensual, un "uuuh" femenino y decididamente estimulante justo al llegar al fondo de la cerradura, y había salido de la misma cerradura.

"Que aproveche" dijo en voz alta al pasillo, a la habitación que fuera, giró la llave y empujó la puerta sin sacarla. El débil chirrido de las bisagras era realmente parecido al gemido ahogado de una mujer, una mujer excitada gimiendo debajo de una almohada.

El profesor sacó la llave y cerró la puerta a sus espaldas.

Ahí la tenia, la vieja 616, toda para él.

Cerró la puerta a su espalda cuando encendió la luz de la entrada, no tenía nada que ver con la habitación, solía hacerlo siempre <<Si, claro>>, era una manía. No le gustaba entrar en una habitación y cerrar la puerta a oscuras.

La habitación sería de unos 30 m2, al entrar había un pequeño pasillo de unos 2 metros y medio, en cuya parte derecha estaba la puerta que daba acceso al cuarto de baño. El profesor abrió la puerta en cuestión, accionó el interruptor de la luz sin abandonar el pasillo y entró, dejó su bolsa encima de un pequeño mueble de baño sobre ruedas que había a la derecha del lavabo; en el mueble había una cesta con artículos de baño y en las bandejas inferiores las toallas, aparentemente limpias y suaves, si bien la idea de comprobarlo no le pareció afortunada al profesor, sin saber bien porqué. Sobre el lavabo un espejo grande cubierto con una fina capa de polvo, el director le había advertido de que la limpieza en esa habitación era superficial, y obedecía al mero instinto pulcro que se supone a todo buen director de hotel.

La bañera era más bien pequeña y de un tono amarillo pálido que claramente no era su color natural, en un estante en una esquina de la bañera había un perro de porcelana, un perro gris con las orejas en punta que enseñaba los colmillos; el profesor se acercó poniéndose de puntillas evitando tocar el borde de la bañera, le llamó la atención el detallismo de la figura, tanto que se habían moldeado varios insectos blancos que poblaban las patas del perro, la técnica empleada era tal que si miraba fijamente los insectos parecían moverse.

Dirigió una última mirada de asco a la figura, pasó la mirada rápidamente por el retrete y el bidet y salió. Abandonó el pasillo y encendió las luces de la habitación, tres bombillas de vela en la lámpara del techo y una lamparilla en cada mesa de noche. La cama era algo grande para ser individual y algo escasa para dos personas, estaba cubierta por una colcha rojo oscuro y el bulto de la almohada le hizo pensar en un niño muerto que descansaba ahí debajo con los brazos pegados al tronco, probablemente con los ojos abiertos.

Rió en voz alta ante ese pensamiento tan fuera de lugar y su propia risa le resultó amenazante, como si hubiera reído el niño muerto bajo la colcha y no él.

El espacio entre el pie de la cama y la pared era escaso porque ahí se encontraba el mueble sobre el que reposaba la televisión y tras cuya portezuela podía haber algo de alcohol…o una mujer amordazada y desnuda, o quizás ahí estaba su hermano y realmente no había muerto de leucemia con 12 años, a lo mejor estaba ahí escondido y si abría la puerta le miraría con ojos de 12 años, con su cabeza desnuda e hinchada, le miraría y le diría <<eres un desgraciado, te alegró que me fuera>> y el profesor no diría nada porque en parte era cierto, y cerrará el mueble para no verle pero seguiría oyendo la respiración ahogada de su hermano la noche que murió ahogado en la cama, aunque él dijo a sus padres que no había escuchado nada.

El profesor soltó una carcajada y empezó a toser sin dejar de reír, y entonces la idea de que su hermano vivía en esa habitación le pareció real. La certeza que le invadió se le agarró al pecho y se sentó en el borde de la cama para respirar profundamente e intentar centrarse.

Un hombre con su preparación, con su reconocimiento, no podía comportarse así, no podía dejarse llevar por historias de fantasmas, no podía salir de esa habitación siendo víctima de sí mismo mientras la habitación se limitaba a eso, a ser una habitación. Rebuscó en los bolsillos de la chaqueta, sacó un caramelo de eucalipto y se lo metió en la boca…el frescor repentino le animó y volvió a ponerse en pie.

En la pared del fondo tal como se entraba en la habitación estaba el armario de una sola puerta y a su izquierda la ventana por la que tanta gente se había tirado. No la abrió porque realmente era una noche gélida y no quería perder el calor de la calefacción. Se quitó la chaqueta y se descalzó, le gustaba el tacto de la moqueta azul oscuro de la habitación, una moqueta demasiado limpia y suave como para pertenecer a una habitación que se limpiaba tan poco. Una moqueta que en cuestión de un par de minutos estaba enfriándose muy rápido, el profesor cogió el mando de la televisión y saltó a la cama, se recostó con la espalda en la pared y encendió el aparato mientras se frotaba los pies, tan fríos de repente.

La imagen apareció en la pantalla con un zumbido de estática y el profesor soltó el mando sin darse cuenta, sus dedos se aflojaron y quedaron así, como la mano de un muñeco, a medio abrir o a medio cerrar. El profesor se inclinó hacía delante y su imagen hizo lo mismo.

En la pantalla se mostraba una panorámica de la habitación tomada desde un punto que correspondía a la posición de la ventana, si bien en las cortinas no se apreciaba nada extraño, menos aún una cámara. A la derecha de la imagen la cama con el profesor observándose absorto, el brillo del televisor reflejado en su rostro, a la izquierda, tras el televisor, el pasillo a oscuras en el que no se vislumbraba la entrada al cuarto de baño. Era como un agujero alargado y totalmente negro.

<<Vaya, vaya, se han tomado en serio esto de controlarme, porque si yo me veo ellos me ven, pueden apostar. Me gustaría ver la cara del genio que ha montado esto…>>y dirigió su puño hacia la cámara invisible y estiró su dedo corazón  mientras soltaba risotadas infantiles. Obvio es que el profesor ignoraba que  no había cámara, no había mando…es más, donde él veía la televisión había una vieja radio de válvulas que probablemente no funcionaba. La dirección del hotel no quería gastar dinero en un televisor para una habitación que no se usaba. No era rentable.

En ese televisor que no existía el profesor vio algo nuevo.

El pasillo ya no era un agujero negro, ahora estaba bañado  por la luz del cuarto de baño. Un llanto crepitó en los altavoces del televisor, saturados, y a los tres segundos sonó en el baño, era un llanto de niño, un niño acatarrado porque sonaba como una vieja locomotora cuando tomaba aire.

En el televisor un niño se asomó desde la puerta del cuarto de baño, la pantalla se fundió.

En la habitación el niño se acercó arrastrando los pies.

En ese momento el profesor asegura que garabateó una nota en papel del hotel, absolutamente aterrorizado ante la inminente aparición del niño. Sintió con frialdad la evidencia de que iba a morir y tanteó en una mesilla de noche, en la que había visto una libreta de notas y una pluma, ambas con el escudo del Blackbridge. Asegura que escribió "Perdona mi soberbia, oh Dios mío, acógeme en tu seno" y arrugó la hoja dentro de un puño para no soltarla.

El niño apareció por la esquina del pasillo pero el profesor apenas pudo mirarle porque el pequeño levantó un brazo en su dirección, ante ese gesto el profesor fue levantado en el aire por una fuerza invisible para a continuación ser estrellado contra la cama. Quedó inmóvil mirando hacia el techo, pudiendo observar cómo en la lámpara bailoteaban las llamas de tres velas que habían sustituido a las bombillas.

Si bien no podía mover la cabeza el profesor era consciente de que ya no estaba acompañado solamente por el niño, sino que era evidente la presencia de varios entes rodeando la cama, agarrándole piernas y brazos, susurrando, llorando, riendo. El resultado era un ronroneo metálico, una especie de mantra incómodo y blasfemo. A baja intensidad distinguía los ladridos de un perro, le vino a la cabeza la figurita del cuarto de baño, los insectos albinos correteando por las patas.

Una mano áspero le abofeteó el lado izquierdo de la cara y quedó mirando hacia la ventana, que se abrió dejando entrar el aire gélido del exterior.

Unos dedos aparecieron en el marco inferior de la ventana y tras ellos unas manos, unos brazo y finalmente un hombre que entró en la habitación resollando y sin dejar de mirar al profesor con sus ojos en blanco; era el vendedor de seguros, la primera víctima de la habitación, y las carnes caídas y ondeantes eran el recuerdo de su exceso de peso. Sin dejar de mirarle se arrodilló y acarició al perro, que efectivamente era una réplica viva de la figura de porcelana; el perro arrancó un colgajo de piel del cuello del hombre, que no dejó de acariciarle.

Entraron al menos una veintena de personas más por la ventana, todos clavando su mirada en el profesor desde que aparecían al otro lado, todos arrodillándose un momento a acariciar al perro.

El profesor comenzó a gritar cuando sintió los colmillos del perro en su muslo derecho, primero rascando y luego hundiéndose; los gritos eran interrumpidos por bofetones propinados por diferentes manos, distintas en tamaño y textura, más todas  poseedoras de una fuerza sobrehumana, a cada golpe el cuello del profesor restallaba como una cuerda de violín desgarrada.

Sentía cómo el perro desgarraba carne, músculos y tendones en sus piernas pero el dolor era lejano, ante todo sentía los tirones, la sensación de  sus propias piernas como seres inertes.

Llegó un momento en que sus propios gritos eran ya monótonos, se sentía como un niño que no deja de llorar aunque ya se haya olvidado del porqué de su llanto. Cuando miró a su izquierda y vio a su hermano jadeando sobre su cara despertó de esa monotonía, sumergiéndose de golpe en el dolor lacerante de sus piernas desgarradas.

Se tiró de la cama y comenzó a reptar hacia la puerta ayudado de las pocas fuerzas que quedaban en sus brazos. Pudo ver de refilón cómo el perro mordisqueaba sus piernas bajo la ventana. Su hermano le seguía jadeando y escupiéndole, caminando lentamente, con la tranquilidad del cazador tras la presa agonizante.

Por mucho que quiso erguirse sobre sus muñones el profesor no alcanzó la manilla de la puerta. No dejó de golpear con los puños mientras veía acercarse al fantasma de su hermano, podía oler el odio de su hermano muerto. La idea de lo que iba a hacerle dejaba el dolor de sus muslos como algo ajeno, el lamento de un compañero de celda.

Su hermano se agachó y, sonriendo, le dijo:

-Profesor, profesor…oh, mierda…>>

Eso es lo que parece ser que exclamó el botones que consiguió abrir la puerta de la habitación tras probar varias llaves. Caí a sus pies balbuceando incoherencias, empapado en sudor y, sí, sin piernas.

Es curioso que nunca se encontraron mis piernas, por increíble que pueda parecer, si bien el perro de porcelana desde aquella noche tuvo unos adornos más, unas manchas rojas en el hocico.

Igualmente inexplicable es que al subirme a la camilla los enfermeros me administraron un sedante que relajó mi cuerpo, incluidos los dedos que seguían sujetado la supuesta nota que yo garabateé en un momento de terror. La nota en cuestión resultó ser el certificado original de defunción de mi hermano y en el dorso, en una letra parecida a la mía, se puede leer <<Jadeo, jadeo, hermano, siempre jadearé".  Cómo llegó ese documento a mi puño sigue siendo un misterio.

Realmente no soy capaz de recordar nada desde el momento en que cerré la puerta de la habitación a mis espaldas hasta que el botones me arrastró fuera profiriendo gritos a diestro y siniestro. Después de ese recuerdo caí en la inconsciencia y solamente recuerdo fugaces despertares en los meses siguientes.

Estuve ingresado 10 meses en los que me fui recuperando de varias roturas, contusiones y demás lesiones. El Doctor House apuntó pacientemente mis relatos afiebrados y, junto con lo que pudo averiguar en el hotel, confeccionó el escrito que les he mostrado y que suelo usar cuando así se me solicita.

Muchas personas no entienden cómo puedo contar una y otra vez lo que ocurrió aquella noche y mi respuesta es siempre la misma. Aunque en el fondo más primitivo de mi ser creo que me pasó todo lo que han leído y más pienso que si soy capaz de seguir contándolo y recordándolo es porque realmente no estoy seguro de que todo eso pasara, y prefiero pensar que es producto de interminable noches de fiebres altas y, justo es decirlo, la fina narrativa de mi estimado Gregory.

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Escamas y asco en Las Vegas

Por Tankian - 11 de Enero, 2007, 23:09, Categoría: Paranoids

Muchas veces me paro a pensar qué tendría que pasarme para querer quitarme de en medio. Es un incesante goteo de nuevas situaciones para mi lista negra, y hoy he encontrado otra viendo una foto que me tiene asqueado y lleno de picores.

Se pueden ver las piernas y los brazos de un chino de 18 años que padece una enfermedad que le hace tener todo el cuerpo cubierto de escamas rojizas y marrones…joder, y solamente se ve lo que se ve. Imagínate el cuerpo entero, el desnudo que tiene que tener el pobre chaval, sobre todo si tiene la cola igual, que no podrá ni masturbarse porque parece ser que la piel se le cuartea y rompe con cierta facilidad.

Nadie quiere estar con él, por eso el gobierno le paga una pensión, para que pueda subsistir sin necesidad de acudir a un trabajo. Qué vida tendrá ese chico metido en casa, notando como se le levantan las escamas cuando dobla un codo o mueve un pie, y con el picor que da sólo verlo y si se rascas se deshacen las escamas en polvillo blanco y se le cuela por debajo de las uñas.

Cómo será ese cuerpo lleno de costras al ducharse, todo reblandecido como cuando te bañabas de niño y apretabas las costras mojadas y pensabas que te ibas a quedar sin pierna. Y se tendrá que limpiar el culo después de plantar un pino…y tendrá escamas a lo largo de la raja del culo y al limpiarse hará trizas el papel higiénico…y sentirá ese picor en el que no puedes dejar de rascarte aunque te duela y es tan profundo el picor que te pones nervioso y empieza a picarte todo, cada vez que te rasca algo salta al otro lado, y tú te quieres morir.

No me imagino cómo debe ser saber que no vas a follar jamás, que no la vas a meter en caliente y tú viendo en la tele  en las revistas a tías buenorras mirándote con la puntita de la lengua rosada al aire, esa lengua que te gustaría que humedeciera tus escamas podridas y te despiertas por la mañana empalmado, con los bordes de las escamas del rabo blancos y estirados. Y empiezas  a pensar en cosas horribles para que se baje y entonces, como cada día, te levantas y te quedas plantado delante del espejo y se te baja todo, absolutamente todo.

Yo así prefiero morirme, la verdad, a lo mejor es que soy un insensible y un ignorante, quizás si eres así de nacimiento lo ves con otros ojos…pero a mí me llega esa enfermedad y se me llena el cuerpo de escamas y me pego un tiro, sin dudarlo. Si a mí cuando tenía unos 11 años se me llenó la espalda de granos (un huevo de médicos y ninguno supo qué era) y andaba depresivo perdido con el tema, y eso que es la espalda, que es una zona no muy visible. Hoy día conservo un huevo de marcas y si alguna me salen granos parece que esa zona tiene preferencia…pero bueno, a estas alturas no me preocupa, no es para tanto y hace ya unos años que descubrí que la apariencia no me quita el sueño.

También querría morirme si me quedo tetrapléjico, si fuera parapléjico podría sobrellevarlo, creo, aunque deber ser un putadón estar siempre sentado, no poder depender 100% de ti mismo, que me parece básico para poder disfrutar de ser humano.

No sé si llegaría a querer morirme, pero uno de mis más angustiantes terrores es quedarme ciego. Recuerdo un telefilme de un chaval que un día se levanta y se ha quedado para la Once, de repente…bufff, es  que veo a una persona invidente, sobre todo si es joven, y se me hace una bola en el estómago. Había una escena en la peli que él esta en la universidad y se pasa una noche entera para escribir un trabajo y cuando se levanta el compañero de habitación ve que al rato de empezar se le había terminado la tinta de la máquina…te cagas, yo mando la puta máquina a Cuenca, mínimo.

Aunque suene mal, por muy mal que te veas siempre encontrarás a alguien que se ve mucho peor, que eso te quite un peso de encima o, mejor dicho, no me seas gilipollas y quéjate cuando el tema lo merezca. Que vale que puedes tener barriga, puedes ser muy feo, puedes tener las tetas caídas, celulitis, las orejas despegadas, la nariz inmensa y además doblada…puedes tener una o varias de esas características de serie y hasta que no llegue el día que te des cuenta de que eso importa lo justo, cuando importa, no podrás disfrutar del coche, que será feo, pero rinde de la hostia y, ante todo, es fiable.

 La foto del chino con escamas no la tengo a mano ahora mismo, a ver si mañana la escaneo y al pongo. Como ejemplo dejo esta, aunque a este por lo menos le quedan algunos trozos de piel sana, porque el otro ni un cm.

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